Desayuno en Tiffany's - Truman Capote

 Desayuno en Tiffany's

[Cuento largo - Texto completo.]

Truman Capote

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas

y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de

las Setenta Este donde, durante los primeros años de la guerra, tuve mi primer

apartamento neoyorquino. Era una sola habitación atestada de muebles de

trastero, un sofá y unas obesas butacas tapizadas de ese especial y rasposo

terciopelo rojo que solemos asociar a los trenes en día caluroso. Tenía las

paredes estucadas, de un color tirando a esputo de tabaco mascado. Por todas

partes, incluso en el baño, había grabados de ruinas romanas que el tiempo

había salpicado de pardas manchas. La única ventana daba a la escalera de

incendios. A pesar de estos inconvenientes, me embargaba una tremenda

alegría cada vez que notaba en el bolsillo la llave de este apartamento; por

muy sombrío que fuese, era, de todos modos, mi casa, mía y de nadie más, y la

primera, y tenía allí mis libros, y botes llenos de lápices por afilar, todo cuanto

necesitaba, o eso me parecía, para convertirme en el escritor que quería ser.

Holly Golightly era una de las inquilinas del viejo edificio de piedra

arenisca; ocupaba el apartamento que estaba debajo del mío. Por lo que se

refiere a Joe Bell, tenía un bar en la esquina de Lexington Avenue; todavía lo

tiene. Holly y yo bajábamos allí seis o siete veces al día, aunque no para tomar

una copa, o no siempre, sino para llamar por teléfono: durante la guerra era

muy difícil conseguir que te lo instalaran. Además, Joe Bell tomaba los

recados mejor que nadie, cosa que en el caso de Holly Golightly era un favor

importante, porque recibía muchísimos.

Todo esto pasó, naturalmente, hace un montón de tiempo, y, hasta la

semana pasada, hacía años que no veía a Joe Bell. Alguna que otra vez nos

habíamos puesto en contacto, y en ocasiones me había dejado caer por su bar

cuando pasaba por el barrio; pero nunca habíamos sido en realidad grandes

amigos, excepto en el sentido de que ambos éramos amigos de Holly

Golightly. Joe Bell no tiene un carácter precisamente afable, tal como él

mismo reconoce, aunque dice que es por culpa de su soltería y de las malas

pasadas que le gasta su estómago. Todos los que le conocen bien saben que no

es fácil conversar con él. Y que resulta hasta imposible si no tienes sus mismas

obsesiones, entre las cuales se cuenta Holly. De las otras mencionaré el hockey

sobre hielo, los perros de raza Weimaraner, Our Gal Sunday (un serial

radiofónico de baja estofa que lleva oyendo desde hace quince años), y Gilbert

y Sullivan: afirma estar emparentado con uno de los dos, no recuerdo cuál.

De modo que cuando, el pasado martes por la tarde, sonó el teléfono y oí

«Soy Joe Bell», supe que tenía que ser por algo referente a Holly. No lo dijo,

sólo:

–¿Puedes venir a toda mecha? Es importante.

Y su voz afónica temblaba de excitación.

Tomé un taxi bajo un chaparrón otoñal, y por el camino llegué incluso a

pensar que quizá Holly hubiera regresado, que quizá volvería a verla.

Pero en el local no había nadie más que el dueño. El bar de Joe Bell es un

sitio tranquilo en comparación con la mayor parte de los que hay en Lexington

Avenue. No ostenta neones ni televisor. Dos viejos espejos reflejan el tiempo

que hace en la calle; y detrás de la barra, en un nicho rodeado de fotos de

estrellas del hockey sobre hielo, siempre hay un gran jarrón de flores frescas

que el propio Joe Bell arregla con maternal cuidado. Eso es lo que estaba

haciendo cuando entré.

–Desde luego -dijo, hundiendo un gladiolo en el jarrón-, desde luego que

no te hubiese hecho venir si no fuera porque quería oír tu opinión. Es muy

raro. Ha pasado una cosa rarísima.

–¿Has tenido noticias de Holly?

Palpó una hoja, como si no estuviera seguro de cómo contestarme. Es un

hombre bajito con una magnífica melena de áspero pelo blanco, y una cara

huesuda y en declive que le sentaría mejor a una persona más alta; su tez suele

estar siempre bronceada: en aquel momento se le enrojeció.

–No puedo decir exactamente que haya tenido noticias de ella. En fin, no

estoy seguro. Por eso quiero tu opinión. Espera, te prepararé un cóctel. Es

nuevo. Lo llaman White Angel -dijo, mezclando la mitad de vodka con la

mitad de ginebra, sin vermut.

Mientras yo me bebía el resultado, Joe Bell estuvo chupando una pastilla

para el estómago y dándole vueltas a lo que tenía que decirme.

–¿Te acuerdas -dijo por fin, de un tal Mr. I. Y. Yunioshi, aquel señor del

Japón?

–De California -dije, recordando perfectamente a Mr. Yunioshi. Es

fotógrafo de una revista ilustrada, y cuando le conocí vivía en el estudio del

último piso de la casa de piedra arenisca.

–No trates de liarme. Sólo te pregunto si sabes a quién me refiero. Bien.

Pues ayer noche se presenta aquí ni más ni menos que el mismísimo Mr. I. Y.

Yunioshi. No le había visto, bueno, desde hace más de dos años. ¿Y dónde

dirías que ha estado durante estos dos años?

–En África. Joe Bell dejó de machacar su pastilla, entrecerró los ojos:

–¿Y cómo lo sabes?

–Lo ha contado Winchell.

Y así era, de hecho.

Abrió, con acompañamiento de un tintineo, la registradora, y sacó un sobre

de papel manila.

–Muy bien, pues a ver si Winchell también ha contado esto.

En el sobre había tres fotos más o menos iguales, pero tomadas desde

distintos ángulos: un negro alto y delicado, con falda de calicó y una sonrisa

tímida pero vanidosa, mostraba en sus manos una extraña escultura de madera,

una talla alargada que representaba una cabeza, la de una chica de pelo liso y

tan corto como el de un hombre, con sus lustrosos ojos de madera

desproporcionadamente grandes y sesgados en el ahusado rostro, y los labios

gruesos, excesivamente marcados, casi como los de un payaso. A primera vista

parecía una talla muy primitiva; pero luego no, porque aquello era la viva

imagen de Holly Golightly, todo lo parecido a ella que podía esperarse de

aquel objeto negro y quieto.

–¿Qué me dices de esto? – dijo Joe Bell, satisfecho de mi sorpresa.

–Se le parece.

–Mira, chico -y descargó una palmada sobre la barra-, es ella. Como que

me llamo Joe. Ese enano japonés supo que lo era en cuanto la vio.

–¿La vio? ¿En África?

–Bueno. Sólo esta estatua. Pero es lo mismo. Lee tú mismo lo que dice

aquí -dijo, dándole la vuelta a una de las fotografías. En el reverso decía: Talla

de Madera. Tribu S, Tococul, East Anglia, Navidad, 1956.

–Esto es lo que dice el nipón -dijo Joe, y la historia era la siguiente: el día

de Navidad, Mr. Yunioshi pasó con su cámara por Tococul, una aldea perdida

en el laberinto del quinto infierno, y que aquí no nos interesa, un simple

montón de chozas de barro con monos en la puerta y buitres en el techo.

Cuando ya había decidido seguir su camino, Mr. Yunioshi se fijó de repente en

un negro sentado en cuclillas junto a su choza. Estaba tallando monos en un

bastón. A Mr. Yunioshi le llamó la atención su trabajo, y le rogó que le

permitiera ver otras muestras. Tras lo cual le enseñaron la talla de la cabeza de

una joven: y tuvo la sensación, o así al menos me lo contó Joe Bell, de estar

sumergiéndose en un sueño. Pero cuando dijo que quería comprarla, el negro

se cogió las partes con la mano (un ademán al parecer amable, algo así como

llevarse la palma al corazón) y se negó a vender. Ni un medio kilo de sal más

diez dólares, ni tampoco un reloj de pulsera más un kilo de sal más veinte

dólares, bastaron para convencerle. Mr. Yunioshi estaba decidido a averiguar

de la forma que fuese cómo había llegado a realizar aquella talla. Y le costó su

sal y su reloj, pero al final le contaron la anécdota en una mezcla de africano,

afroinglés y señas. Le pareció entender que la anterior primavera había

aparecido de entre la maleza un grupo de tres blancos montados a caballo. Una

joven y dos hombres. Los hombres, con los ojos enrojecidos por la fiebre, se

vieron obligados a permanecer varios días temblando en una choza aislada,

mientras que la joven, que se encaprichó del escultor, compartió su jergón con

él.

–Esta parte de la historia no me la creo -dijo el mojigato Joe Bell-. Sé que

Holly era como era, pero no creo que pudiese llegar ni de lejos a una cosa así.

–¿Y luego?

–Luego, nada -se encogió de hombros-. Al cabo de un tiempo se fue tal

como había llegado, montada a lomos de un caballo.

–¿Sola, o con los dos hombres?

–Supongo que con los dos hombres -parpadeó Joe Bell-. Pues bien, el

nipón estuvo preguntando por ella a lo largo y ancho de todo el país. Pero

nadie más la había visto. – Luego ocurrió como si Joe notara que se le filtraba

mi propia decepción, y no quisiera contagiarse-. Tendrás que admitir al menos

una cosa: es la primera noticia concreta que nos llega desde hace no sé cuántos

-contó con los dedos, pero no le bastaron- años. Espero al menos que se haya

hecho rica. Tiene que serio. Hay que ser rico para andar perdiendo el tiempo

por África.

–Probablemente jamás haya pisado África -dije, muy convencido; y, sin

embargo, podía imaginármela allí, era un sitio al que podía haber ido. Y la

cabeza tallada: volví a mirar las fotos.

–Ya que tanto sabes, ¿dónde está?

–Habrá muerto. O estará en un manicomio. O se habrá casado.

Joe reflexionó un momento.

–No -dijo, sacudiendo negativamente la cabeza-. Y te diré por qué. Si

estuviera aquí, yo la habría visto. Si una persona a la que le gusta caminar, una

persona como yo, alguien que lleva diez o doce años caminando por estas

calles, y que durante todos estos años ha estado buscándola, no la ha visto ni

una sola vez, ¿no es para pensar que no está aquí? Veo partes de ella

constantemente, un culito plano, una chica flaca que anda tiesa y a buen

paso… -Hizo una pausa, como si le azotase la fijeza con que le estaba

mirando-. ¿Crees que estoy majara?

–Sólo que no me había enterado de que estuvieses enamorado de ella.

Hasta ese punto.

Lamenté haberlo dicho; le desconcertó. Recogió las fotos y volvió a

meterlas en el sobre. Miré la hora en mi reloj. No tenía que ir a ningún lado,

pero me pareció que lo mejor sería largarme.

–Espera -dijo, agarrándome de la muñeca-. La quería, claro. Pero nunca se

me ocurrió tocarla. -Y, sin sonreír, añadió-: Tampoco creas que no pienso en

esas cosas. Incluso a mi edad, y el diez de enero cumpliré los sesenta y siete.

Es curioso, pero, cuanto más viejo me hago, más pienso en esas cosas. No

recuerdo haber pensado tanto en ellas cuando era joven, y ahora en cambio me

ocurre a cada momento. Quizá sea porque cuanto más viejo te haces, menos

fácil es llevar esos pensamientos a la práctica, quizá por que se te queda todo

encerrado en la cabeza y se te convierte en una carga. Pero -se sirvió una

medida de whisky y se la bebió de un trago- jamás haré nada deshonroso. Y te

juro que jamás me cruzó siquiera la imaginación la idea de hacerle algo a

Holly. Se puede querer a una persona sin que pasen esas cosas. Se puede tratar

a esa persona como a una desconocida, una desconocida que es tu amiga.

Entraron dos hombres en el bar, y pareció el momento oportuno para irse.

Joe Bell me siguió hasta la puerta. Volvió a atraparme por la muñeca.

–¿Lo crees?

–¿Que jamás quisiste ni tocarla?

–No, me refiero a lo de África.

En aquel momento era como si no pudiese recordar la anécdota, sólo la

imagen de Holly alejándose, a caballo.

–De todos modos, ha desaparecido.

–Sí -dijo él, abriendo la puerta-. Ha desaparecido.

Afuera había dejado de llover, no quedaba más que un resto de niebla en el

aire, de modo que volví la esquina y anduve por la calle en donde se encuentra

el edificio de piedra arenisca. Es una calle con árboles que durante el verano

forman frescos dibujos en la acera; pero las hojas estaban ahora amarilleadas,

habían caído en su mayor parte, y la lluvia las había dejado resbaladizas,

patinaban bajo mis suelas. La casa está a mitad de la manzana, junto a una

iglesia en cuya torre azulada da las horas el reloj. La casa ha sido remozada

después de que yo me fuera; una elegante puerta negra reemplaza el viejo

cristal deslustrado, y unas bonitas contraventanas grises enmarcan las

ventanas. Ahora no vive allí ningún vecino del que yo guarde algún recuerdo,

con la sola excepción de Madame Sapphia Spanella, una ronca soprano que

cada tarde se iba a patinar a Central Park. Sé que sigue viviendo allí porque

subí los peldaños y miré los buzones. Fue uno de estos buzones lo primero que

me condujo a enterarme de la existencia de Holly Golightly.

Llevaba más o menos una semana viviendo en esa casa cuando me fijé en

la curiosa tarjeta colocada en el buzón del apartamento 2. Las letras impresas,

tan elegantes como si fuese una tarjeta de Cartier, decían: Miss Holiday

Golightly, y, debajo, en una esquina, Viajera. Sonaba tan fastidioso como una

canción. Miss Holiday Golihgtly, Viajera.

Una noche, bastante más tarde de las doce, me despertó la voz de Mr.

Yunioshi, que gritaba por el hueco de la escalera. Como él vivía en el último

piso, su voz bajaba por toda la casa, exasperada y severa.

–¡Miss Golightly! ¡Tengo que presentarle mis quejas!

La voz que regresó, emergiendo desde el fondo de la escalera, era juvenil y

guasona.

–¡Ay, chico, no sabe cuánto lo siento! He vuelto a perder la maldita llave.

–No debe seguir llamando a mi timbre. Por favor, se lo pido por favor,

encargue una llave nueva.

–Es que las pierdo todas.

–Yo trabajo. Tengo que dormir -gritó Mr. Yunioshi-. Y usted siempre está

llamando a mi timbre… "

–Oh, pero no se enfade, buen hombre, que no volveré a hacerlo. Y, si me

promete que no se va a enfadar -su voz se iba acercando a medida que subía la

escalera-, dejaré que me haga esas fotos de las que hablamos.

En ese momento ya me había levantado de la cama y abierto la puerta un

centímetro. Pude oír el silencio de Mr. Yunioshi: oírlo porque estaba

acompañado por un audible cambio de respiración.

–¿Cuándo? – dijo por fin.

La chica se puso a reír.

–Algún día -contestó la chica, arrastrando las palabras.

Salí al rellano y me asomé a la barandilla, lo suficiente como para ver sin

ser visto. Ella seguía subiendo la escalera, llegó a su piso, y la luz del rellano

iluminó la mezcolanza de colores de su pelo cortado a lo chico, con franjas

leonadas, mechas de rubio albino y rubio amarillo. Era una noche calurosa,

casi de verano, y Holly llevaba un fresco vestido negro, sandalias negras,

collar de perlas. Pese a su distinguida delgadez, tenía un aspecto casi tan

saludable como un anuncio de cereales para el desayuno, una pulcritud de

jabón al limón, una pueblerina intensificación del rosa en las mejillas. Tenía la

boca grande, la nariz respingosa. Unas gafas oscuras le ocultaban los ojos. Era

una cara que ya había dejado atrás la infancia, pero que aún no era de mujer.

Pensé que podía tener entre dieciséis y treinta años; resultó finalmente que le

faltaban dos tímidos meses para cumplir los diecinueve.

No estaba sola. Un hombre la seguía. El modo en que su rolliza mano le

rodeaba la cadera parecía en cierto modo indecoroso; no moral, sino

estéticamente. Era bajo y ancho, de pelo abrillantinado y moreno artificial, un

tipo encorsetado por su traje a rayas, y con un marchito clavel rojo en el ojal.

Cuando llegaron a la puerta ella se puso a revolver el bolso en busca de la

llave, y ni se dio por enterada de que los gruesos labios de aquel tipo le

estaban hociqueando la nuca. Por fin, sin embargo, tras encontrar la llave y

abrir la puerta, Holly se volvió cordialmente hacia él:

–Gracias, chato… Has sido muy amable acompañándome hasta aquí.

–¡Eh, nena! – dijo él, porque estaban cerrándole la puerta en las narices.

–Dime, Harry.

–Harry era el otro. Yo soy Sid. Sid Arbuck. Sé que te gusto.

–Te adoro, Arbuck. Pero buenas noches, Arbuck.

Mr. Arbuck se quedó mirando con incredulidad la puerta, que se cerró

firmemente.

–Eh, nena, déjame entrar, anda. Sé que te gusto. Les gusto a todas. ¿No me

he hecho cargo yo de la cuenta, cinco personas, amigos tuyos, gente a la que

jamás había visto hasta hoy? ¿No me da eso derecho a gustarte? Sé que te

gusto, nena.

Dio unos golpes suaves a la puerta, y luego otros más fuertes; al final

retrocedió unos cuantos pasos, con el cuerpo encorvado y agachado, como si

tuviera intención de cargar contra ella. Pero en lugar de eso se lanzó escaleras

abajo, no sin descargar un puñetazo contra la pared. Justo cuando llegó a la

planta baja, se abrió la puerta del apartamento de la chica, que asomó la

cabeza.

–Oh, Arbuck…

Él se volvió, con el rostro lubrificado por una sonrisa de alivio: la chica

estaba de guasa, eso era todo.

–La próxima vez que una chica te pida suelto para ir al tocador -gritó, en

absoluto de guasa-, sigue mi consejo, chico: ¡no le des veinte centavos!

Holly cumplió lo que le había prometido a Mr. Yunioshi; o no volvió a

llamar a su timbre, supongo, porque durante los días siguientes comenzó a

llamar al mío, a veces a las dos, o a las tres y las cuatro de la madrugada: no

tenía escrúpulos por lo que respecta a la hora en que pudiera sacarme de la

cama para que pulsara el botón que abría el portal de la calle. Como ninguno

de mis amigos era de los que se te presentan en casa a esas horas, siempre

sabía que era ella. Pero las primeras veces que llamó todavía me dirigía a la

puerta, medio convencido de que había malas noticias, algún telegrama, para

mí. Pero siempre era Miss Golightly, que gritaba desde abajo:

–Lo siento, chico. Me he olvidado la llave.

Naturalmente, no llegamos a trabar relación. Aunque de hecho nos

cruzábamos con frecuencia en la escalera o en la calle; sin embargo, ella hacía

como si no me viese. Nunca se quitaba las gafas de sol, iba siempre muy bien

vestida, con un buen gusto casi pomposo pese a la sencillez de su ropa, de los

azules y los grises escasamente llamativos que hacían que fuese ella, su

persona, la que brillaba. Hubiera podido deducirse que era modelo de

fotógrafo, o una actriz principiante, aunque, por sus horarios, era obvio que no

tenía tiempo para dedicarse a ninguna de las dos cosas.

De vez en cuando la veía lejos de nuestro barrio. En una ocasión, un

pariente que vino a visitarme me invitó al «21», y allí, en una mesa de

primera, rodeada de cuatro hombres, ninguno de los cuales era Mr. Arbuck,

aunque todos ellos fueran intercambiables con él, se encontraba Miss

Golightly, peinándose de forma ociosa, pública; y su expresión, un bostezo

contenido, sirvió, por ejemplo, para asordinar la excitación que me producía

cenar en un lugar tan de postín. Otra noche, en pleno verano, el calor que hacía

en mi habitación me hizo salir a la calle. Bajé por la Tercera Avenida hasta la

calle Cincuenta y uno, en donde había un anticuario en cuyo escaparate

destacaba un objeto que yo admiraba: una jaula que era todo un palacio, una

auténtica mezquita con minaretes y habitaciones de bambú que anhelaban la

presencia de loros parlanchines. Pero costaba trescientos cincuenta dólares. De

vuelta a casa me fijé en un grupo de taxistas que formaba un corro frente al bar

de P.J. Clark, aparentemente atraído por un alegre grupo de oficiales del

ejército australiano que, con ojos achispados de whisky, entonaban Waltzing

Matilda con sus voces de barítono. Sin dejar de cantar, bailaban por turnos con

una chica a la que hacían girar como una peonza por el adoquinado bajo el

paso elevado del metro; y la chica, Miss Golightly, por supuesto, flotaba en

sus brazos ligera como un pañuelo.

Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi

calidad de práctico portero, a lo largo de aquel verano yo acabé

convirtiéndome en toda una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la

papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa

popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos

esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía a base de requesón y

tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma

fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del

frente. Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me

llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lecturas. Recuerdo y te

echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las

palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; éstas, y soledad

y te quiero.

Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de mucho sol se

lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo macho atigrado, se sentaba en la

escalera de incendios y rasgaba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada

vez que oía la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Tocaba

muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acento afónico y

quebrado de un muchacho. Se sabía todas las canciones de los musicales de

éxito, de Cole Porter y Kurt Weill; le gustaban sobre todo las canciones de

Oklahoma, recién estrenada aquel verano. Pero en algunos momentos tocaba

melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, de

dónde podía haber salido aquella chica. Canciones nómadas, agridulces, con

letras que sabían a pinar o pradera. Una de ellas decía: No quiero dormir, no

quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo; y parecía

que ésta fuese la que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola

mucho después de que se le hubiera secado el pelo, cuando el sol ya se había

puesto y se veían ventanas iluminadas en el anochecer.

Pero nuestra relación personal no empezó hasta septiembre, una noche

atravesada por los primeros y fríos estremecimientos del otoño. Yo había ido

al cine, regresado a casa, y estaba acostado con un bourbon y el último

Simenon: lo cual constituía hasta tal punto mi ideal de comodidad que no

conseguí entender cierta sensación de inquietud que fue creciendo poco a

poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era una sensación acerca de la

cual había leído y hasta escrito, pero que jamás había experimentado. La

sensación de estar siendo vigilado. De una presencia invisible. Luego: un

repentino golpeteo en la ventana, el vislumbre de un gris fantasmal: derramé el

bourbon. Transcurrieron unos momentos antes de que tuviera arrestos para

abrir la ventana, y preguntarle a Miss Golightly qué quería.

–Tengo abajo a un hombre horripilante -dijo, saltando de la escalera de

incendios al interior de la habitación-. Bueno, cuando no está bebido es

encantador, pero tan pronto prueba el vino, ¡Santo Dios, qué animal! No hay

nada en el mundo que deteste tanto como los hombres que te dan mordiscos. –

Se abrió un poco el albornoz gris para mostrarme las pruebas de lo que ocurre

cuando un hombre da un mordisco. No llevaba más que el albornoz-. Siento

haberte pegado un susto. Pero cuando ese animal se ha puesto imposible, he

salido por la ventana. Me parece que cree que estoy en el baño, y me importa

un cuerno lo que piense, que se vaya al infierno, se cansará, se dormirá, Dios

mío, tiene que dormirse, se ha tomado ocho martinis antes de cenar y

suficiente vino como para que se bañe un elefante. Oye, si quieres echarme,

me echas. Ya sé que es mucha jeta eso de entrometerme aquí de esta forma.

Pero ahí afuera hace un frío que pela. Y parecía que aquí se estuviera tan bien.

Me has recordado a mi hermano Fred. Dormíamos cuatro en la misma cama, y

él era el único que me dejaba abrazarle las noches más frías. Por cierto, ¿te

importa que te llame Fred?

Ya se había colado del todo en la habitación, y se detuvo un momento para

mirarme. Era la primera vez que la veía sin las gafas de sol, y en ese momento

resultaba obvio que eran, además, gafas de aumento, porque sin ellas sus ojos

me escrutaban bizqueando, como los de un joyero. Eran unos ojos grandes, un

poco azules, otro poco verdes, salpicados de motas pardas: multicolores, como

su pelo; y, como su pelo, proyectaban una luminosidad cálida y viva.

–Supongo que estarás pensando que soy una descarada. O très fou, o yo

qué sé.

–En absoluto. Pareció decepcionada.

–Desde luego que sí. Como todo el mundo. Me da igual. Es muy práctico.

Se sentó en uno de los desvencijados sillones de terciopelo rojo, dobló las

piernas debajo de ella, e inspeccionó el resto de la habitación, haciendo visajes

incluso más pronunciados con los ojos.

–¿Cómo lo soportas? Parece la cámara de los horrores.

–Uno se acostumbra a todo -dije, molesto conmigo mismo, pues, en

realidad, estaba orgulloso de mi casa.

–Yo no. Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar

muerto. – Sus ojos censuradores volvieron a inspeccionar la habitación-. ¿Y

qué haces metido aquí todo el día?

Señalé una mesa con altos montones de libros y papeles.

–Escribo.

–Yo creía que los escritores eran muy viejos. Aunque, claro, Saroyan no es

viejo. Le conocí en una fiesta, y en realidad no es nada viejo. De hecho -

murmuró-, si se apurase más el afeitado… Por cierto, ¿Y Hemingway, es

viejo?

–Yo diría que anda por los cuarenta y tantos.

–No está mal. Para que un hombre me excite tiene que haber cumplido los

cuarenta y dos. Una amiga mía que es una idiota anda siempre diciéndome que

tendría que ir a un comecocos; dice que tengo complejo paterno. Lo cual me

parece una merde. Lo único que pasa es que yo misma me predispuse a que

me gustaran los hombres maduros, y ésa fue la decisión más inteligente de mi

vida. ¿Cuántos años tiene W. Somerset Maugham?

–No estoy seguro. Sesenta y pico.

–No está mal. Nunca me he acostado con un escritor. Aunque, espera,

¿conoces a Benny Shacklett? – Al verme decir que no con la cabeza, puso un

gesto ceñudo-. Qué raro. Ha escrito montones de cosas para la radio. Pero quel

rata. Dime, ¿eres un verdadero escritor?

–Depende de lo que entiendas por verdadero.

–Pues mira, ¿hay alguien que compre lo que escribes?

–Todavía no.

–Yo te ayudaré -dijo-. Puedo hacerlo, no creas. Imagina cuantísima gente

conozco que conoce a otra gente. Te ayudaré porque eres como mi hermano

Fred. Un poco más bajo, solamente. No he vuelto a verle desde que yo tenía

catorce años, que es cuando me fui de casa, y entonces ya medía más de metro

ochenta. Mis otros hermanos eran más de tu talla, enanos. Fue la mantequilla

de cacahuete lo que hizo que Fred creciera tanto. Todo el mundo pensaba que

era una chifladura eso de atiborrarse de mantequilla de cacahuete; las únicas

cosas que le gustaban eran los caballos y la mantequilla de cacahuete. Pero no

estaba chiflado, sólo que era tierno y despistado y muy lento; cuando me fui

estaba repitiendo octavo por tercera vez. Pobre Fred. Me gustaría saber si el

ejército escatima la mantequilla de cacahuete. Lo cual me recuerda una cosa:

estoy muriéndome de hambre.

Señalé una fuente con manzanas, y al mismo tiempo le pregunté los

motivos por los que se había ido tan joven de su casa. Me dirigió una mirada

inexpresiva, y se frotó la nariz, como si le picara: un ademán que, viéndolo

luego repetido muchas veces, acabé por interpretar como señal de que alguien

empezaba a meterse en donde no le llamaban. Como les ocurre a muchas

personas que demuestran una osada afición a proporcionarte informaciones

que no les has solicitado, se ponía en guardia ante cualquier cosa que se

pareciese remotamente a una pregunta directa, a un intento de hacerle precisar

cualquier detalle. Le dio un mordisco a una manzana, y me dijo:

–Dime algo que hayas escrito. Cuéntame el argumento.

–Ese es uno de los problemas. No son historias que se puedan contar de

viva voz.

–¿Por guarras?

–Quizá algún día te pase un relato para que lo leas.

–El whisky y las manzanas casan muy bien. Prepárame un trago, y luego

puedes leerme tú mismo una historia.

Son muy pocos los autores, especialmente entre los inéditos, capaces de

resistirse a la invitación de leer su obra en voz alta. Preparé una copa para cada

uno y, sentándome en el otro sillón, comencé a leer, con la voz algo

temblorosa debido a una mezcla de miedo escénico y entusiasmo: era un

cuento nuevo, terminado el día anterior, y aún no había transcurrido el tiempo

suficiente para que surgiese la inevitable sensación de fracaso. Trataba de dos

mujeres, maestras, que comparten una casa, y una de ellas, cuando la otra se

promete en matrimonio, provoca por medio de notas anónimas un escándalo

que acabará impidiendo que se celebre la boda. Mientras iba leyendo, cada vez

que miraba de reojo a Holly se me encogía el corazón. Estaba como azogada.

Cogía de una en una las colillas del cenicero, se observaba abstraída las uñas,

como si lamentara no tener una lima a mano; y, lo que es peor, cuando me

parecía haber atrapado su interés, sus ojos estaban velados por una capa de

escarcha, como si en realidad estuviera preguntándose si comprar o no los

zapatos que había visto en algún escaparate.

–¿Esto es el final? – me preguntó, despertando. Trató vanamente de

encontrar algo más que decir-. Las tortilleras me caen bien, claro. No me

asustan en lo más mínimo.

Pero los cuentos de tortilleras me matan de aburrimiento. Soy incapaz de

meterme en su piel. Bueno, chico -dijo, porque yo estaba verdaderamente

desconcertado-, si no trata de un par de bolleras, ya me explicarás de qué

diablos va. Pero yo no estaba de humor para complicar la equivocación que

suponía el haberle leído el cuento con el no menos embarazoso intento de

explicárselo. La misma vanidad que me había conducido a exponerme de

aquel modo, me obligó en ese momento a tacharla de petulante ser insensible,

por completo desprovisto de inteligencia.

–Por cierto -dijo-, ¿no conoces por casualidad alguna lesbiana que sea

buena chica? Estoy buscando una compañera de apartamento. Oye, no te rías.

Soy desorganizadísima, y no me llega para una asistenta; y, la verdad, las

tortilleras son unas amas de casa fantásticas, les encanta encargarse de todo,

no tienes que preocuparte jamás por las escobas ni por descongelar la nevera o

mandar la ropa a la lavandería. Como aquella compañera de habitación que

tuve en Hollywood, hacía westerns, la llamaban la Llanero Solitario; es mucho

mejor que tener a un hombre en casa. Claro, la gente pensaba que yo también

debía de ser un poco tortillera. Y lo soy, claro. Todo el mundo lo es, un poco.

¿Y qué? Ningún hombre se ha echado para atrás por eso hasta ahora; hasta

parece que les excita. La misma Llanero Solitario, sin ir más lejos, estuvo

casada dos veces. Las tortilleras sólo suelen casarse una vez, por la reputación.

Luego da mucho cachet que te llamen señora de tal o de cual. ¡No puede ser

verdad! – Miraba fijamente el despertador de la mesilla de noche-, ¡No pueden

ser las cuatro y media!

La ventana comenzaba a virar al azul. La brisa del amanecer agitaba las

cortinas.

–¿Qué día es hoy?

–Jueves.

–Jueves. – Se levantó-. Dios mío -dijo, y volvió a sentarse, gimiendo-. Es

espantoso.

Yo me encontraba lo suficientemente cansado como para no sentir

curiosidad. Me tendí en la cama y cerré los ojos. Pero era irresistible:

–¿Qué tiene de espantoso que sea jueves?

–Nada. Sólo que nunca consigo acordarme de que ya está cerca. Verás, los

jueves tengo que tomar el de las ocho cuarenta y cinco. Son quisquillosísimos

con lo de las horas de visita, y si te plantas allí alrededor de las diez, te queda

sólo una hora hasta que mandan a comer a esos pobres. Imagínatelo, comen a

las once. También puedes ir a las dos, y yo lo preferiría, pero a él le gusta que

vaya por la mañana, dice que así aguanta mejor el resto del día. Tendré que

mantenerme despierta -dijo, pellizcándose las mejillas hasta hacer que

floreciesen las rosas-, no tengo tiempo de dormir, se me pondría cara de

tuberculosa, me desmoronaría como un edificio viejo, y no sería justo. No está

bien que una chica vaya a Sing Sing con la cara verde.

–Supongo que no.

La furia que sentía contra ella por lo de mi cuento comenzaba a menguar;

volvía a imantarme.

–Todas las visitas hacen lo posible por tener un buen aspecto, y es muy

emocionante, precioso, ver a las mujeres que se ponen lo mejor que tienen,

quiero decir que incluso las viejas y las que son muy pobres también hacen

todo cuanto está en su mano por ir bien vestidas y oler bien, y están adorables.

También me encantan los críos, sobre todo los negros.

Me refiero a los que llevan las esposas. Puede parecer triste eso de ver a

unos niños en un lugar así, pero no lo es, llevan cintas en el pelo y los zapatos

relucientes de betún, casi parece que vayan a celebrar algo: y a veces el

locutorio parece precisamente eso, una fiesta. En fin, que no es como en las

películas, nada de sombríos murmullos a través de una reja. No hay rejas, sólo

un mostrador que te separa de ellos, y dejan que las mujeres suban a los críos

encima, para que ellos puedan darles un abrazo. Si quieres besar a alguien,

basta con inclinarte hacia adelante. Lo que más me gusta es lo felices que son

cuando vuelven a verse, tienen tantísimas cosas guardadas de las que hablar,

no hay modo de aburrirse, se pasan el rato riendo y cogiéndose de las manos.

Después es diferente -dijo-. Las veo en el tren. Se quedan sentadas, en

silencio, viendo pasar el río. – Se estiró un mechón de pelo hasta metérselo en

la boca, y empezó a mordisquearlo meditativamente-. No te dejo dormir.

Anda, duérmete.

–Sigue, me interesa.

–Ya lo sé. Por eso quiero que te duermas. Porque si sigo hablando te

contaré lo de Sally. Y no estoy segura de que eso sea juego limpio. – Masticó

silenciosamente su pelo-. Nunca me han dicho que no se lo cuente a nadie. No

lo han dicho explícitamente. Y es muy gracioso. Quizá tú podrías captarlo en

un cuento, cambiando los nombres y todo lo demás. Oye, Fred -dijo, mientras

cogía otra manzana-, tienes que hacer la señal de la cruz sobre el corazón, y

besarte el codo…

Es posible que los contorsionistas alcancen a besarse el codo; tuvo que

conformarse con una aproximación.

–Pues bien -dijo, con la boca llena de manzana-, quizá hayas leído algo

sobre él en la prensa. Se llama Sally Tomato, y habla un inglés peor que mi

yiddish; pero es un viejecito encantador, muy religioso. Parecería un fraile si

no tuviera los dientes de oro; dice que reza cada noche por mí. Jamás ha sido

amante mío, desde luego; por lo que se refiere a eso, le conocí cuando él ya

estaba en la cárcel. Pero ahora, con todo lo que me está costando ir a verle

cada jueves desde hace siete meses, le adoro, y creo que iría aunque no me

pagase. Esta es muy harinosa -dijo, y disparó el resto de la manzana por la

ventana-. Por cierto, sí conocía a Sally de vista. Venía al bar de Joe Bell, ese

que está a la vuelta de la esquina: no hablaba nunca con nadie, se quedaba en

pie, junto a la barra, como uno de esos hombres que viven en hoteles. Pero me

hace gracia recordarlo, pensar en cómo se fijaba en mí, porque tan pronto

como le encerraron (Joe Bell me enseñó su foto en el periódico. La Mano

Negra. La Mafia. Todo ese jaleo: pero le echaron cinco años) llegó el

telegrama del abogado. Decía que me pusiera inmediatamente en contacto con

él para proporcionarme una información que iba a resultarme muy provechosa.

–¿Pensaste que alguien te había dejado una herencia de un millón?

–Qué va. Creí que algún acreedor quería cobrar a la fuerza. Pero acepté el

riesgo y fui a ver a ese abogado (suponiendo que sea abogado, cosa que dudo,

pues no parece tener bufete, sólo un servicio de contestador automático, y

siempre me cita en el Hamburg Heaven: por eso está tan gordo, es capaz de

comerse diez hamburguesas y dos platos de entremeses y un pastel de limón

entero). Me preguntó si me gustaría alegrarle la vida a un viejo solitario, y al

mismo tiempo ganarme cien dólares a la semana. Yo le dije mire, guapo, se ha

confundido usted de Miss Golightly, no soy una enfermera de las que hacen

servicio completo, con numeritos y todo. Tampoco me impresionaron los

honorarios; se puede ganar lo mismo haciendo expediciones al tocador: todo

caballero que sea un poco chic te da cincuenta dólares para ir al lavabo, y

siempre pido además para el taxi, que son otros cincuenta. Pero entonces me

dijo que su cliente era Sally Tomato. Dijo que su viejo amigo Sally me había

admirado à la distance desde hacía mucho tiempo, y que si no sería una buena

obra ir a visitarle una vez a la semana. En fin, que no podía decir que no. Era

superromántico.

–No sé qué decir. Suena poco limpio.

–¿Crees que miento? – sonrió.

–En primer lugar, no permiten que cualquier persona vaya a visitar a un

preso.

–Cierto, no lo permiten. En realidad, han organizado no sé qué enredo para

hacerme pasar por su sobrina.

–¿Así de sencillo? ¿Te da cien dólares por charlar una hora con él?

–No me los da él. Me los da su abogado. Mr. O'Shaughnessy me pone un

giro en metálico en cuanto le paso la información meteorológica.

–Creo que puedes meterte en un lío de cuidado -dije, y apagué la

lamparita; ya no la necesitábamos, el amanecer se colaba en la habitación, y

las palomas hacían gárgaras en la escalera de incendios.

–¿De qué modo? – dijo ella muy en serio.

–Seguro que los libros de leyes tienen algo que decir sobre los

suplantadores de personalidad. Al fin y al cabo, no eres su sobrina. ¿Y qué es

eso del informe meteorológico?

Sofocó un bostezo con la palma de la mano.

–Pero si no tiene importancia. Sólo son recados que tengo que dejar en el

contestador automático, para que Mr. O'Shaughnessy compruebe que he ido.

Sally me dice lo que tengo que decir, cosas como, no sé, «hay un huracán en

Cuba», o «nieva en Palermo». No te preocupes, chico -dijo, acercándose a la

cama-, llevo mucho tiempo cuidando de mí misma.

La luz del amanecer parecía refractarse a través de ella: cuando me subía

las mantas hasta la barbilla, brillaba como una criatura transparente; después

se tendió a mi lado.

–¿Te importa? Sólo quiero descansar un momento. No digamos nada más.

Duérmete.

Fingí hacerlo, respiré pesada y regularmente. Las campanas de la vecina

torre de iglesia dieron la media y la hora. Eran las seis cuando apoyó su mano

en mi brazo, un tacto frágil que trataba de no despertarme.

–Pobre Fred -susurró, y parecía que estuviese hablando conmigo, pero no

era así-. ¿Dónde estás Fred? Porque hace frío. Se nota la nieve en el aire.

Su mejilla se apoyó sobre mi hombro, un peso cálido y húmedo.

–¿Por qué lloras? Se enderezó disparada como un muelle; se quedó

sentada.

–Por Dios -dijo, yéndose hacia la ventana para salir a la escalera de

incendios-, si hay una cosa que detesto en el mundo son los fisgones.

Al día siguiente, viernes, me encontré al llegar a casa con que me esperaba

en la puerta una enorme cesta de luxe de Charles Co, con su tarjeta: Miss

Holiday Golightly, Viajera; y detrás, garabateadas con una letra

monstruosamente torpe, de niña de jardín de infancia: Bendito seas, querido

Fred. Olvídate por favor de la otra noche. Te portaste como un ángel. Mille

Tendresses, Holly. P. S. No volveré a molestarte. Contesté: Hazlo, por favor, y

dejé esta nota en su puerta con lo máximo que podía permitirme, un ramo de

violetas de florista callejera. Pero Holly parecía haber hablado en serio; no

volví a verla ni a oír nada de ella, y supuse que había llegado al extremo de

conseguir una llave del portal. Fuera como fuese, dejó de llamar a mi timbre.

Lo eché de menos; y a medida que los días fueron disolviéndose comencé a

sentir por ella cierto desproporcionado resentimiento, como si mi mejor amigo

se hubiese olvidado de mí. Una inquietante soledad se filtró en mi vida, pero

no me produjo ningún deseo de buscar a mis amigos más antiguos, que ahora

me parecían una dieta sin sal ni azúcar. Cuando llegó el miércoles, el pensar en

Holly, en Sing Sing y Sally Tomato, en mundos en los que los hombres

sacaban con dos dedos un billete de cincuenta dólares para el tocador,

resultaba ya tan obsesivo que no pude trabajar. Por la noche dejé un recado en

su buzón: Mañana es jueves. La siguiente mañana me premió con una nueva

nota escrita con su juguetona letra infantil: Bendito seas por recordármelo.

¿Podrías pasarte a tomar una copa a eso de las seis de la tarde?

Esperé hasta las seis y diez, y entonces me obligué a retrasarme otros cinco

minutos.

Un bicho raro me abrió la puerta. Olía a habanos y a colonia Knize. Sus

zapatos eran de doble tacón; sin esos centímetros añadidos se le hubiera

podido confundir con un Enanito de cuento. Su calva cabeza pecosa era

desproporcionadamente grande, como la de los enanos; y llevaba pegadas un

par de orejas puntiagudas, exactamente iguales que las de los elfos. Tenía ojos

de pequinés, despiadados y ligeramente saltones. De las orejas, y de la nariz,

le brotaban matas de pelo; una barba de horas agrisaba sus maxilares, y su

apretón de mano era casi peludo.

–La niña está en la ducha -dijo, señalando con un puro hacia el ruido del

agua, en un cuarto contiguo. En la habitación dónde nos encontrábamos

(estábamos en pie porque no había donde sentarse) parecía como si alguien

acabara de mudarse; casi tenías la sensación de que olía a recién pintado. Los

únicos muebles eran unas maletas y unas cajas de embalaje sin abrir. Las cajas

servían de mesas. Una de ellas sostenía los ingredientes para preparar martinis;

otra, una lámpara, un tocadiscos portátil, el gato rojo de Holly, y un jarrón con

rosas amarillas. La librería, que cubría una pared, proclamaba medio estante

de literatura. Enseguida me sentí a gusto allí, disfruté de aquel aire de

provisionalidad.

El tipo carraspeó:

–¿Le habían citado? No acabó de salir de dudas tras mi gesto de

asentimiento. Sus ojos fríos me intervinieron quirúrgicamente, hicieron

limpias incisiones exploratorias.

–Viene por aquí mucha gentuza, sin tener cita previa. ¿Hace mucho que

conoce a la niña?

–No mucho.

–¿Así que no la conoce desde hace mucho?

–Vivo arriba.

La respuesta pareció dar una explicación suficiente como para

tranquilizarle.

–¿Su piso es como éste? – Mucho más pequeño.

Descargó una patada en el suelo.

–Esto es una porquería. Increíble. Pero esa niña no sabe vivir, ni cuando

tiene pasta. – Hablaba con un sincopado ritmo metálico, como un teletipo-.

Bien -dijo-, ¿qué opina? ¿Lo es o no lo es?

–¿Qué?

–Una farsante.

–Yo diría que no.

–Se equivoca. Lo es. Aunque, por otro lado, tiene usted razón. No es una

farsante porque es una farsante auténtica. Se cree toda esa mierda en la que

cree. No hay modo de convencerla de lo contrario. Lo he probado de todas las

maneras, hasta llorando. El mismo Benny Polan, una persona a la que todo el

mundo respeta, Benny Polan lo intentó. Benny estaba empeñado en casarse

con ella, pero a ella no le apetecía, y Benny debió de gastarse miles de dólares

mandándola a diversos comecocos. Y hasta ese tan famoso, el que sólo habla

alemán, acabó arrojando la toalla. No hay quien la convenza de lo falsas que

son esas -cerró el puño, como si tratase de estrujar lo intangible- ideas.

Pruébelo algún día. Pídale que le explique todas esas cosas en las que cree.

Aunque -dijo- esa niña me gusta. Le gusta a todo el mundo, pero hay mucha

gente que no la soporta. A mí me gusta. Esa niña me gusta, de verdad. Porque

soy una persona sensible. Hay que tener sensibilidad para poder apreciarla en

lo que vale, un ramalazo de poeta. Pero le diré la verdad. Por mucho que se

rompa la cabeza tratando de ayudarla, ella sólo le devolverá un chasco tras

otro. Le daré un ejemplo: viéndola hoy, ¿quién diría que es? Pues ni más ni

menos que una chica que saldrá en los periódicos cuando llegue al fondo de un

frasco de Seconal. No sería la primera vez que me encuentro con una cosa así,

ni la segunda. Y esas crías ni siquiera estaban chifladas. Mientras que ella lo

está.

–Pero es joven. Y aún le queda mucha juventud por delante.

–Si con eso quiere decir que tiene futuro, vuelve a equivocarse. Mire, hace

un par de años, cuando vivía en la Costa, hubo una época en la que todo

hubiese podido ser diferente. Un ángel la vigilaba, logró que la gente se

interesara por ella, le hubiesen podido rodar las cosas muy bien. Pero, en un

mundo como aquél, cuando alguien abandona ya no puede dar un paso atrás y

regresar. Pregúnteselo, si no, a Luise Rainer. Y la Rainer era una estrella.

Holly no lo era, por supuesto; apenas si llegaron a hacerle algunas fotos. Pero

eso fue antes de lo de The Story of Dr. Wassell. Entonces sí que hubieran

podido rodarle bien las cosas. Lo sé, sabe, porque el que le dio el empujón fui

yo. – Se señaló con el habano-. O. J. Berman.

Esperaba que el nombre me sonara, y no me importó fingir que así era,

aunque jamás había oído hablar de O. J. Berman. Resultó que era un agente

artístico de Hollywood.

–Fui el primero que la vio. En Santa Anita. Todos los días rondaba por el

hipódromo. Me interesó, profesionalmente. Averigüé que andaba con un

jockey, que vivía con ese escuchimizado. Hice que le dijeran al jockey:

Déjalo, o vendrán a verte los chicos de la patrulla contra el vicio; sólo tiene

quince años. Pero qué elegante, qué fotogénica; estaba seguro de que serviría.

Incluso cuando se ponía esas gafas tan gruesas; incluso cuando abría los labios

y no sabías si era una palurda, o si venía de Oklahoma, o qué. Sigo sin saberlo.

Apostaría algo a que nadie llegará jamás a saber de dónde salió. Es tan

embustera que quizá ni ella se acuerde ya. Pero nos costó un año entero

suavizarle el acento. ¿Sabe cómo lo hicimos al final? Le dimos clases de

francés: en cuanto logró imitar el acento francés, no le costó mucho imitar el

inglés. La arreglamos para que diera el tipo de Margaret Sullavan, pero ella

supo añadirle algún toque personal, la gente comenzó a interesarse por ella,

gente importante, y, para redondear la operación, Benny Polan, un tipo muy

respetado, Benny quería casarse con ella.

¿Qué más podía pedir un agente? Y entonces, ¡pam! The Story of Dr.

Wassell ¿Ha visto esa película? Cecil B. DeMille. Gary Cooper. La leche. Me

mato a trabajar, todo está listo: van a hacerle una prueba para el papel de

enfermera del doctor Wassell. Bueno, una de las enfermeras. Y entonces,

¡pam! Suena el teléfono. – Descolgó un teléfono que flotaba en el aire, y se lo

llevó a la oreja-. Soy Holly, me dice, hola cariño, le digo yo, estoy en Nueva

York, dice, ¿qué coño estás haciendo en Nueva York, le digo, si es domingo y

mañana mismo tienes la prueba? Estoy en Nueva York, dice ella, porque

nunca había estado en Nueva York. Ya puedes aposentar tu culo en un avión,

le digo, y volver ahora mismo. No quiero, dice ella. ¿Qué te pasa, niña?, le

digo yo. Y ella me dice, para que las cosas salgan bien tienes que querer

hacerlas, y yo no quiero. Bien, le digo, qué diablos quieres, y ella me dice,

serás el primero en saberlo en cuanto lo averigüe. ¿Me entiende? No te

devuelve más que un chasco tras otro.

El gato rojo bajó de un salto de la caja de embalaje, y fue a frotarse contra

su pierna. Berman levantó el gato sobre la puntera de su zapato, y lo alejó de

una patada, lo cual hubiera sido francamente detestable por su parte si no

hubiera sido porque estaba tan metido en su propia irritabilidad que ni se

enteró de la existencia del gato.

–¿Es esto lo que quiere? – dijo, abriendo desesperadamente los brazos-.

¿Una pandilla de tipos a los que no ha invitado? ¿Vivir de propinas? ¿Andar

por ahí con desarrapados? ¿Para poder quizá casarse con Rusty Trawler?

¿Cree ella que tendríamos que condecorarla por comportarse así?

Esperó, con la mirada llameante.

–Disculpe, pero no conozco a ese señor.

–Si no conoce a Rusty Trawler, difícilmente puede saber nada de la niña.

Lástima -dijo, haciendo chasquear la lengua dentro de su enorme cabezota-.

Yo esperaba que tuviese usted cierta influencia. Que pudiese hablarle

sinceramente antes de que sea demasiado tarde.

–Pero, por lo que dice, ya es demasiado tarde.

Exhaló un anillo de humo y dejó que se desvaneciera antes de sonreír; la

sonrisa le alteró el rostro, hizo que se le suavizara.

–Podría conseguir que todo volviese a rodar. Ya se lo he dicho -dijo, y

parecía sincero-, esa niña me gusta de verdad.

–¿Qué chismorreas, O. J.?

Holly entró chorreando en la habitación, con una toalla más o menos

envuelta en torno al cuerpo, y los pies goteantes dejando sus huellas en el

suelo.

–Lo de siempre. Que estás chiflada.

–Fred ya está enterado de eso.

–Pero tú no.

–Enciéndeme un pitillo, anda -dijo, arrancándose de la cabeza el gorro de

ducha y sacudiendo el pelo-. No te hablaba a ti, O. J. Eres un desgraciado.

Siempre hablas más de la cuenta.

Recogió el gato y se lo montó en el hombro. El gato se instaló allí, tan

buen equilibrista como un pájaro, con las uñas enredadas en el cabello de

Holly, como si fuese un ovillo de lana; sin embargo, pese a esta actitud

amistosa, era un gato sombrío con ca ra de pirata asesino; tenía un ojo ciego y

viscoso, y el otro moteado de malicia.

–O. J. es un desgraciado -me dijo Holly, cogiendo el pitillo que yo acababa

de encenderle-. Pero sabe una endiablada cantidad de teléfonos. ¿Cuál es el

número de David O. Selznick, O. J.?

–Anda por ahí.

–No es broma. Quiero que le llames y le digas que Fred es un genio. Ha

escrito montañas de historias maravillosas. No te sonrojes, Fred; no eres tú

quien ha dicho que eres un genio, he sido yo. Venga, O. J. ¿Qué vas a hacer

para que Fred gane una fortuna?

–Pongamos que dejas que yo mismo arregle ese asunto con Fred, ¿eh?

–No lo olvides -dijo Holly, dejándonos-. Yo soy su agente. Otra cosa, si

grito, ven a subirme la cremallera. Y si llama alguien, que pase.

Llamó una multitud. Durante el siguiente cuarto de hora el apartamento fue

asaltado por un montón de hombres con cara de ir a una despedida de soltero,

entre ellos varios tipos de uniforme. Conté dos oficiales de la Marina y un

coronel de las Fuerzas Aéreas; pero les superaban en número los tipos canosos

con la mili terminada hacía mucho tiempo. Aparte de la falta de juventud, no

había ningún tema común entre los invitados, parecían desconocidos entre

desconocidos; de hecho, cada uno de los rostros se había esforzado, en el

momento de entrar, por ocultar la decepción sentida al ver allí a los demás. Era

como si la anfitriona hubiese repartido las invitaciones mientras recorría en

zigzag varios bares; y seguramente había sido así. Tras los iniciales gestos

ceñudos, sin embargo, todos fueron mezclándose sin musitar ni una queja,

sobre todo O. J. Berman, que explotó ávidamente a los recién llegados para no

tener que hablar conmigo de mi futuro en Hollywood. Quedé abandonado

junto a la librería; de los libros que contenía, más de la mitad trataban de

caballos, y el resto de baseball. Mientras fingía interesarme por cómo

distinguir las razas equinas tuve amplias oportunidades para tomarles las

medidas a los amigos de Holly.

Al poco rato uno de ellos adquirió cierta notoriedad en medio del grupo.

Era un crío de mediana edad que nunca había llegado a desprenderse de sus

michelines infantiles, aunque algún ingenioso sastre se las había arreglado

para camuflar casi por entero aquel rollizo culo al que te daban ganas de

azotar. No había modo de sospechar siquiera la presencia de algún hueso en

todo su cuerpo; la cara, un cero relleno de bonitos rasgos en miniatura, poseía

un aire fresco, virginal: era como si, después de nacer, se hubiese hinchado

simplemente, y tenía la piel tan libre de arrugas como un globo, y en los

labios, aunque prestos a berrear y hacer rabietas, asomaba un mimado y dulce

puchero. Pero no era su aspecto lo que le hizo destacar: los niños crecidos no

son tan infrecuentes. Sino, más bien, su comportamiento; porque actuaba

como si fuese él quien daba la fiesta: a la manera de un pulpo rebosante de

energía, agitaba martinis, hacía presentaciones, se encargaba del tocadiscos.

Para ser justos con él, hay que añadir que sus actividades estaban siendo

dictadas por la anfitriona: Rusty, te importaría; Rusty, hazme el favor. Si

estaba enamorado de ella, era evidente que sostenía con firmeza las riendas de

sus celos. Un hombre celoso hubiese podido perder el control viéndola

deslizarse por la habitación, con el gato en una mano pero con la otra libre

para enderezar una corbata o sacudir la hilacha de una solapa; la medalla que

llevaba el coronel de las Fuerzas Aéreas se vio sometida a un concienzudo

lustrado.

El tipo se llamaba Rutherfurd («Rusty») Trawler. En 1908 había perdido a

sus progenitores; su padre, víctima de un anarquista, y su madre a

consecuencia de la conmoción, y esta doble desgracia convirtió a Rusty en

huérfano, en millonario y en personaje popular, y todo eso a los cinco años de

edad. Desde entonces había sido un socorrido recurso para los suplementos

dominicales, y esta circunstancia alcanzó su huracanada culminación el día en

que, siendo todavía un colegial, consiguió que su padrino y tutor fuese

detenido, acusado de sodomía. Posteriormente, las bodas y los divorcios le

permitieron conservar su lugar bajo el sol de los tabloides. Su primera esposa

se largó, con pensión incluida, a vivir con un rival de Father Divine.

La segunda esposa no parece haber dejado rastro, pero la tercera le puso

una demanda de divorcio en el estado de Nueva York, aportando un buen

montón de testimonios, de esos que resultan vinculantes. Fue él mismo quien

se divorció de la última Mrs. Trawler, y su principal queja consistió en decir

que ella se había amotinado a bordo de su yate, y que el susodicho motín

resultó en el abandono de Rusty en las Dry Tortugas. Aunque desde entonces

se había mantenido soltero, parece ser que antes de la guerra se había

declarado a Unity Mitford, o, como mínimo, se supone que le envió un

telegrama ofreciéndose a casarse con ella en caso de que Hitler no quisiera

hacerlo. Se dijo que éste fue el motivo por el que Winchell solía llamarle nazi;

por eso y porque asistió a varios mítines en Yorkville.

No me enteré de todo eso porque alguien me lo contara. Lo leí en la Guía

del baseball, otro selecto volumen del estante de Holly, y que ella utilizaba,

aparentemente, como álbum de recortes. Metidos entre sus páginas había

artículos de los dominicales, y frases entresacadas de las columnas de

chismorreos. Rusty Trawler y Holly Golightly acudieron juntos al estreno de

«One Touch of Venus». Holly se me acercó por la espalda y me pilló leyendo:

Miss Holiday Golightly, de los Golightly de Boston, hace que todos los días

sean fiesta para Rusty Trawler, el hombre de 24 quilates.

–¿Admiras mi publicidad, o eres aficionado al baseball? – dijo, poniéndose

bien las gafas de sol mientras miraba por encima de mi hombro.

–¿Cuál ha sido el informe meteorológico de esta semana? Me guiñó un ojo,

pero no fue en broma: era una advertencia.

–Me apasionan los caballos, pero detesto el baseball -me dijo, y el

submensaje que transmitía su tono me dijo que quería que me olvidase de que

una vez me había hablado de Sally Tomato-. Detesto escuchar las carreras por

radio, pero tengo que hacerlo, forma parte de mi preparación. Los hombres no

saben hablar de casi nada. A los que no les gusta el baseball, les gustan los

caballos, y si no les gusta ninguna de las dos cosas, bueno, seguro que de

todos modos me he metido en un lío: tampoco les gustan las chicas. ¿Qué tal

te llevas con O.J.?

–Nos hemos separado por mutuo acuerdo.

–Es una oportunidad, créeme.

–Ya me lo imagino. Pero no creo que nada de lo que yo hago pueda

parecerle una oportunidad a él.

–Vete hacia allá -insistió ella-, y convéncele de que no da risa de sólo

verle. Te puede ayudar de verdad, Fred.

–Según tengo entendido, tú no supiste valorar su ayuda. – Me miró algo

desconcertada, hasta que dije-: The Story of Dr. Wassell.

–¿Todavía insiste? – dijo, y dirigió una mirada cariñosa hacia Berman, al

otro lado de la habitación-. En una cosa tiene razón: debería sentirme culpable.

Y no porque hubiesen podido darme el papel ni porque yo hubiese podido ser

buena actriz; ni ellos querían, ni yo quería. Si me siento culpable es, supongo,

porque dejé que él siguiera soñando cuando yo ya había dejado de soñar.

Estuve engañándoles durante un tiempo porque quería pulirme un poco, pero

sabía muy bien que jamás llegaría a ser una estrella de cine. Es demasiado

esfuerzo; y, si eres inteligente, da demasiada vergüenza. Me falta el suficiente

grado de complejo de inferioridad: para ser una estrella de cine hay que ser,

según dice la gente, tremendamente narcisista; de hecho, lo esencial es no

serlo en absoluto. No quiero decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme.

Esas son cosas que ocupan un lugar importante en mis planes, y algún día

trataré de conseguirlas; pero, si las consigo, querría seguir gustándome a mí

misma. Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde

que tengo que desayunar en Tiffany's. Necesitas una copa -dijo, viendo mis

manos vacías-, ¡Rusty! ¿Querrías prepararle un trago a este amigo?

Seguía con el gato en sus brazos.

–Pobre desgraciado -dijo, haciéndole cosquillas en la cabeza-, pobre

desgraciado que ni siquiera tiene nombre. Es un poco fastidioso eso de que no

tenga nombre. Pero no tengo ningún derecho a ponérselo: tendrá que esperar a

ser el gato de alguien. Nos encontramos un día junto al río, pero ninguno de

los dos le pertenece al otro. Él es independiente, y yo también. No quiero

poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las

cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero

sé qué aspecto tiene. – Sonrió, y dejó caer el gato al suelo-. Es como Tiffany's

-dijo-. Y no creas que me muero por las joyas. Los diamantes sí. Pero llevar

diamantes sin haber cumplido los cuarenta es una horterada; y entonces

todavía resulta peligroso. Sólo quedan bien cuando los llevan mujeres

verdaderamente viejas. Maria Ouspenskaya. Arrugas y huesos, canas y

diamantes: me muero de ganas de que llegue ese momento. Pero no es eso lo

que me vuelve loca de Tiffany's. Oye, ¿sabes esos días en los que te viene la

malea?

–¿Algo así como cuando sientes morriña?

–No -dijo lentamente-. No, la morriña te viene porque has engordado o

porque llueve muchos días seguidos. Te quedas triste, pero nada más. Pero la

malea es horrible. Te entra miedo y te pones a sudar horrores, pero no sabes de

qué tienes miedo. Sólo que va a pasar alguna cosa mala, pero no sabes cuál.

¿Has tenido esa sensación?

–Muy a menudo. Hay quienes lo llaman angst.

–De acuerdo. Angst. Pero ¿cómo le pones remedio?

–No sé, a veces ayuda una copa.

–Ya lo he probado. También he probado con aspirinas. Rusty opina que

tendría que fumar marihuana, y lo hice, una temporada, pero sólo me entra la

risa tonta. He comprobado que lo que mejor me sienta es tomar un taxi e ir a

Tiffany's. Me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un

sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos

hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a

billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me

sintiera como me siento en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le

pondría nombre al gato. He pensado que, después de la guerra, Fred y yo… -

Alzó sus gafas de sol, y sus ojos, todos sus diversos colores, los grises y las

motas verdes y azules, habían adquirido una agudeza visionaria-. Una vez

estuve en México. Es un país magnífico para la cría de caballos. Vi un sitio

junto al mar. Fred entiende mucho de caballos.

Se acercó Rusty Trawler con un martini; me lo dio sin mirarme.

–Estoy hambriento -anunció, y su voz, tan aniñada como todo él, emitió un

enervante gemido de mocoso que parecía echarle las culpas a Holly-. Son las

siete y media y estoy hambriento. Ya sabes lo que dijo el médico.

–Sí, Rusty. Sé lo que dijo el médico.

–Pues, entonces, levanta la sesión. Vámonos.

–Me gustaría que te comportaras como es debido, Rusty.

Se lo dijo sin alzar la voz, pero su tono insinuaba esa amenaza de castigo

que pronuncia la institutriz, y provocó en el rostro de Rusty un peculiar

sonrojo de placer, de gratitud.

–No me quieres -se quejó él, como si estuvieran solos.

–Nadie quiere a los niños malos.

Era obvio que Holly había dicho lo que él quería oír; aquello, al parecer, le

excitó y relajó simultáneamente. Pero, como si se tratara de un ritual, Rusty

añadió:

–¿Me quieres?

–Vuelve a tus obligaciones, Rusty. – Le dio unas palmaditas-. Y, cuando yo

esté lista, iremos a cenar donde tú quieras.

–¿A Chinatown?

–Ya sabes que no puedes comer cerdo agridulce. Recuerda lo que dijo el

médico.

Mientras él regresaba con un satisfecho anadeo a sus ocupaciones, no pude

resistir la tentación de recordarle a Holly que no había contestado la pregunta

de Rusty.

–¿Le quieres? – Ya te lo dije: con buena voluntad, se puede querer a

cualquiera. Además, tuvo una infancia repugnante.

–Si tan repugnante fue, ¿por qué se aferra a ella?

–Utiliza los sesos. ¿No ves que Rusty se siente más seguro en pañales que

si tuviera que ponerse falda? Y ésa es en realidad la alternativa, sólo que es

muy susceptible al respecto. Una vez trató de clavarme el cuchillo de la

mantequilla porque le dije que ya era hora de que creciese y se enfrentara al

problema, que sentase la cabeza e hiciera de ama de casa junto a un camionero

amable y paternal. Entretanto, le tengo en mis manos; lo cual está muy bien, es

inofensivo, las chicas no son para él más que muñecas, literalmente.

–Gracias a Dios.

–La verdad, Si pudiera decirse lo mismo de la mayoría de los hombres, yo

al menos no le estaría en absoluto agradecida a Dios.

–Quería decir que gracias a Dios que no tengas intención de casarte con

Mr. Trawler.

Holly enarcó una ceja:

–Por cierto, no he dicho que no sepa lo rico que es. Incluso en México, un

terreno cuesta su dinero. Bien -dijo, empujándome-, vamos a por O. J.

Me resistí, tratando de idear alguna fórmula que me permitiese aplazar el

encuentro. Hasta que lo recordé:

–¿Y por qué eso de Viajera?

–¿Te refieres a mi tarjeta? – dijo ella, desconcertada-. ¿Te parece gracioso?

–Gracioso no. Sólo provocativo.

Holly se encogió de hombros.

–Al fin y al cabo, ¿cómo voy a adivinar dónde estaré viviendo mañana?

Por eso les dije que pusieran Viajera. En fin, lo de las tarjetas fue tirar el

dinero. Pero me parecía que estaba obligada a hacer allí algún gasto. Son de

Tiffany's. – Cogió mi martini, que yo ni siquiera había probado; lo vació de

dos tragos, y me agarró la mano-. Déjate de evasivas. Vas a hacerte amigo de

O. J.

Se produjo un incidente en la puerta. Era una joven, que entró como un

vendaval, una tempestad de foulards y tintineante oro.

–Ho-Holly -dijo, avanzando con un amenazador dedo en alto-, maldita

acaparadora, ¡Cómo se te ocurre coleccionar a toda esta panpandilla de

hombres arrearrebatadores!

Superaba holgadamente el metro ochenta, era más alta que la mayor parte

de los hombres presentes. Todos ellos enderezaron la espalda, encogieron el

estómago; hubo un generalizado concurso, a ver quién igualaba su

tambaleante estatura.

–¿Qué haces aquí? – dijo Holly, y los labios se le contrajeron como un

cordel tensado.

–Na-nada, cariño. He estado trabajando arriba, con Yunioshi. Fotos

navideñas para Ba-bazaar. ¿Te has enfadado, cariño? – Esparció una sonrisa

por entre los presentes-. Y vosotros, chicos, ¿también os ha-habéis enfadado

conmigo por haberme entrometido en vu-vuestra fiesta?

Rusty Trawler soltó una risilla disimulada. Le apretujó el brazo, como si

quisiera admirar su musculatura, y le preguntó si le apetecía una copa.

–Desde luego -dijo ella-. Un bourbon.

–No hay -le dijo Holly. Circunstancia que el coronel de las Fuerzas Aéreas

aprovechó para sugerir que estaba dispuesto a ir por una botella.

–No hace falta ar-armar ningún alboroto, os lo aseguro. Me conformaría

hasta con amoníaco. Holly, chata -dijo, empujándola un poquito-, no te

preocupes por mí. Yo misma me presentaré. – Se agachó hacia O. J. Berman,

cuyos ojos, como suele ocurrirles a los hombres bajos cuando están en

presencia de una mujer alta, se habían velado con un vaho de ambición-. Soy

Mag Wi-Wildwood, de Wild-woo-woo-wood, Arkansas. Una zona montañosa.

Parecía una danza, en la que Berman ejecutaba unos complicados pasos a

fin de impedir que sus rivales pudieran interponerse en su camino. Pero Mag

se le escapó, arrastrada por una cuadrilla de bailarines que comenzaron a

engullir los tartajeantes chistes de la chica como palomas precipitándose sobre

un puñado de maíz tostado. Su éxito era muy comprensible. Era la fealdad

derrotada, que suele ser mucho más cautivadora que la verdadera belleza,

aunque sólo sea por la paradoja que lleva consigo. A diferencia de ese otro

método que consiste en el simple buen gusto acompañado de cuidados

científicos, en este caso el éxito era consecuencia de la exageración de los

defectos; Mag había logrado transformarlos en adornos por el procedimiento

de exagerarlos con la mayor osadía. Unos tacones que realzaban su estatura,

tan altos que le temblaban los tobillos; un corpiño ajustado y plano que

indicaba que hubiera podido ir a la playa vestida sólo con pantalón de baño; el

cabello peinado muy tirante hacia atrás, para acentuar los rasgos enjutos y

magros de su cara de modelo. Incluso el tartamudeo, auténtico, sin duda, pero

también un poco forzado, había sido transformado en virtud. Ese tartamudeo

era el toque maestro; porque gracias a él se las arreglaba para que sus

trivialidades pareciesen de algún modo originales, y, en segundo lugar, porque

servía, a pesar de su estatura, de su aplomo, para inspirar en sus oyentes

masculinos un sentimiento protector. A modo de ilustración: hubo que pegarle

unos cuantos golpes en la espalda a Berman, simplemente porque le oyó decir,

«¿Quién pu-puede decirme dónde está el la-lavabo?»; y después, completando

el ciclo, él mismo le ofreció el brazo para guiarla hasta allí.

–No hace ninguna falta -dijo Holly-. No será la primera vez que lo visite.

Ya sabe dónde está.

Estaba vaciando ceniceros, y después de que Mag Wildwood saliera de la

habitación, vació otro y dijo, o, más bien, gimió:

–En realidad es muy triste. – Hizo una pausa, la prolongó a fin de darse

tiempo para calcular la cantidad de expresiones interrogativas, eran

suficientes-. Y misterioso. Lo raro es que no se le note más. Pero bien sabe

Dios que su aspecto es saludable. Y muy, no sé, sano. Eso es lo más

extraordinario. ¿No dirías -preguntó preocupada, pero sin dirigirse a nadie en

particular-, no dirías que parece estar sana?

Alguien tosió, varios tragaron saliva. Un oficial de la Marina, que sostenía

la copa de Mag Wildwood, la dejó.

–Aunque, claro -dijo Holly-, he oído decir que son muchas las chicas del

sur que tienen el mismo problema.

Se estremeció delicadamente, y se fue a buscar más hielo a la cocina.

Mag Wildwood fue incapaz de comprender, a su regreso, la repentina

frialdad; las conversaciones que ella iniciaba tenían el mismo efecto que la

leña verde, humeaban pero no llegaban a prender. Y, lo que resultaba más

imperdonable incluso, la gente empezaba a irse sin haberle pedido antes su

número de teléfono. El coronel de las Fuerzas Aéreas aprovechó para levantar

el campamento un momento en que ella le daba la espalda, y esto fue la gota

que colmó el vaso: el militar la había invitado a cenar con él esa noche. De

repente, Mag se cegó. Y como la ginebra guarda la misma relación con el

artificio que las lágrimas con el rímel, su atractivo se descompuso de forma

instantánea. Comenzó a meterse con todo el mundo. Tachó a su anfitriona de

degenerada hollywoodiense. Retó a un cincuentón a pelear con ella. Le dijo a

Berman que Hitler tenía razón. Y hasta logró reanimar a Rusty Trawler

acorralándole en un rincón.

–¿Sabes lo que te espera? – le dijo, sin rastro de tartamudeo-. Te haré

correr hasta el zoo y te echaré al yak para que te coma.

El pareció dispuesto a seguir sus planes, pero Mag le decepcionó porque se

dejó caer al suelo y se quedó allí sentada, tarareando una canción.

–Me aburres. Levántate de ahí -le dijo Holly, acabando de ponerse unos

guantes. El resto de la concurrencia esperaba en la puerta, y al ver que Mag no

se levantaba, Holly me dirigió una mirada de disculpa:

–Pórtate como un buen chico, Fred. Métela en un taxi. Vive en Winslow.

–No, en Barbizon. Regent 4-5700. Pregunta por Mag Wildwood.

–Eres un buen chico, Fred.

Y se fueron. La perspectiva de tener que tirar de aquella amazona hasta un

taxi bastó para borrar todo resto de resentimiento que pudiera quedarme. Pero

ella misma resolvió el problema. Levantándose a impulsos de su propio

enfurecimiento, me miró desde su tremenda estatura con tambaleante altivez, y

me dijo:

–Vamos al Stork. Te ha tocado la rifa.

Y a continuación cayó cuan larga era, como un roble talado. Lo primero

que se me ocurrió fue ir por un médico. Pero al examinarla comprobé que su

pulso era normal y su respiración rítmica. Estaba simplemente dormida.

Después de meterle una almohada debajo de la cabeza, la dejé disfrutando de

su sueño.

Al día siguiente por la tarde choqué con Holly en la escalera.

–¡Serás…! – me dijo, sin detener su carrera, cargada con un paquete de la

farmacia-. Ahí está, al borde de la pulmonía. Una resaca de campeonato. Y,

encima, la malea.

Deduje de todo esto que Mag Wildwood seguía en el apartamento, pero

Holly no me dio pie para explorar la sorprendente simpatía que ahora

mostraba por ella. A lo largo del fin de semana el misterio fue oscureciéndose

más aún. En primer lugar, por el tipo de aspecto latino que llamó a mi puerta;

por error, pues preguntó por Miss Wildwood. Me costó un buen rato sacarle de

su engaño, ya que nuestros respectivos acentos parecían mutuamente

incompatibles, pero le bastó ese tiempo para dejarme fascinado. Era una

combinación meticulosamente perfecta, y tanto su oscura tez como su cuerpo

de torero poseían una exactitud, una perfección comparables a las de una

manzana, una naranja, una de esas cosas que la naturaleza hace

impecablemente. A lo cual había que añadir, en calidad de adornos, el traje

inglés, la colonia intensa y, cosa aún menos latina, su timidez. El segundo

acontecimiento del día le tuvo también como protagonista. Atardecía, y le vi

llegar en un taxi cuando salía a cenar. El taxista le ayudó a entrar en el portal

todo un cargamento de maletas. Lo cual me proporcionó un nuevo tema de

reflexión. Cuando llegó el domingo me dolía la cabeza.

A continuación la imagen se hizo simultáneamente más clara y más oscura.

El domingo hizo un día típico del veranillo de San Martín, brillaba el sol

con intensidad, tenía la ventana de mi cuarto abierta, y me llegaban voces

desde la escalera de incendios. Holly y Mag se habían despatarrado abajo

sobre una manta, con el gato entre las dos. Les colgaba el cabello mojado,

recién lavado. Estaban muy atareadas, Holly pintándose las uñas de los pies,

Mag tejiendo un jersey. Hablaba Mag.

–Si quieres saber mi opinión, eres una chica con su-suerte. Como mínimo,

Rusty es norteamericano.

–¡Habrá que felicitarle!

–Chata, que estamos en guerra.

–Pues, en cuanto termine, no volverás a verme el pelo.

–No pienso como tú. Estoy or-orgullosa de mi país. Los hombres de mi

familia siempre fueron grandes soldados. Hay una estatua del abuelo

Wildwood justo en el centro de Wildwood.

–Fred es soldado -dijo Holly-, pero dudo que alguna vez llegue a ser una

estatua. Podría serlo. Dicen que la gente, cuanto más estúpida, más valiente. Y

él es bastante estúpido.

–¿Fred es ese chico del piso de arriba? No me di cuenta de que fuese un

soldado. Pero sí parece estúpido.

–Un soñador, no un estúpido. Lo que más le gusta es estar encerrado en

donde sea, mirando afuera: cualquiera que tenga la nariz aplastada contra un

cristal tiene que parecer estúpido a la fuerza. De todos modos, ése es otro

Fred. Fred es mi hermano.

–¿Y llamas estúpido a alguien que lleva tu misma sangre?

–Si lo es, lo es.

–Quizá, pero es de mal gusto decirlo de un chico que está combatiendo por

ti y por mí y por todos nosotros.

–¿Qué es esto? ¿Un discurso para vender bonos de guerra?

–Simplemente, quiero que sepas lo que pienso. Puedo reírme de cualquier

chiste, pero por dentro soy una persona muy se-seria. Y estoy orgullosa de ser

norteamericana. Por eso me preocupa José.-Abandonó su labor-. ¿Verdad que

te parece guapísimo? – Holly dijo Hmn, y le pasó el pincel de uñas por los

bigotes al gato-. Ojalá consiguiera hacerme a la idea de que voy a casarme con

un brasileño. Y de que yo seré brasileña. Se me hace muy cuesta arriba. Nueve

mil kilómetros, y ni siquiera conozco su idioma…

–Vete a la Berlitz.

–¿Y cómo diablos quieres que den clases de po-portugués? Si casi parece

imposible que haya alguien que hable ese idioma. No, la única solución que se

me ocurre es conseguir que José se olvide de la política y se haga

norteamericano, ¡Cómo se le puede ocurrir a nadie querer ser pre-presidente

nada menos que del Brasil! – Suspiró y volvió a coger la labor-. Debo de estar

locamente enamorada. Tú nos has visto juntos. ¿Crees que estoy locamente

enamorada?

–Te diré… ¿Muerde?

A Mag se le escapó un punto.

–¿Que si muerde?

–Que si te muerde a ti. En la cama.

–Pues no, la verdad. ¿Te parece que debería hacerlo? – Luego añadió, en

tono de censura-. Pero se ríe.

–Bien. Eso me parece correcto. Me gustan los hombres con sentido del

humor, la mayoría no hacen más que jadear y soltar bufidos. Mag retiró su

queja; aceptó el comentario como un halago que se reflejaba en ella. – Sí. Yo

diría que sí. – Bien. No muerde. Ríe. ¿Qué más?

Mag volvió a contar los puntos hasta el que se había saltado, y reanudó

luego la labor. Estaba haciendo punto del revés.

–Te he dicho que qué más.

–Ya te he oído. Y no es que no te lo quiera contar. Pero me cuesta mucho

acordarme. No les doy vu-vueltas a esas cosas. No tanto como pareces hacerlo

tú. Se me olvidan, como los sueños. Estoy segura de que eso es lo cocorriente.

–Puede que sea corriente, pero yo prefiero ser rara. – Holly interrumpió un

momento su tarea, consistente en ir pintando de rojo el resto de los bigotes del

gato-. Mira, si no consigues acordarte, prueba a ver qué pasa si dejas la luz

encendida.

–Entiéndeme, por favor, Holly. Soy una persona super convencionalísima.

–Qué cojones, ¿te parece mal echarle una buena ojeada a un tipo que te

gusta? Los hombres son preciosos, hay muchos que lo son, José lo es, y si ni

siquiera te dignas mirarle, no sé, yo diría que le están sirviendo un plato de

macarrones bastante frío.

–No grites ta-tanto.

–Es imposible que estés enamorada de él. Y bien, ¿responde esto a tu

pregunta?

–No. Porque no soy un plato de macarrones frío. Tengo un corazón muy

cálido. Esa es la esencia misma de mi carácter.

–De acuerdo. Tienes un corazón muy cálido. Pero si yo fuese un hombre

que está yéndose a la cama, preferida llevarme una botella de agua caliente. Es

más tangible.

–José no es de los que chillan -dijo, muy satisfecha, mientras el sol

arrancaba destellos de sus agujas-. Además, estoy enamorada de él. ¿Te has

dado cuenta de que he tejido diez pares de calcetines a cuadros en menos de

tres meses? Y éste es el segundo suéter. – Estiró el suéter y lo echó a un lado-.

¿Para qué?, me pregunto. Sueters en Brasil. Tendría que estar haciendo cascos

para el sol.

Holly se tendió de espaldas y bostezó.

–También debe de haber invierno.

–Es cuando llueve, eso al menos sí lo sé. Calor. Lluvia. Se-selvas.

–Calor. Selvas. ¿Sabes que me gustaría?

–Mucho más que a mí.

–Sí -dijo Holly, en un tono adormilado que no era de sueño-. Mucho más

que a ti.

El lunes, cuando bajé por el correo de la mañana, la tarjeta del buzón de

Holly estaba cambiada: Miss Golightly y Miss Wildwood viajaban ahora

juntas. Esto hubiese podido retener mi interés un momento más, pero había

una carta en mi buzón. Era de una pequeña revista universitaria a la que había

remitido un cuento. Les había gustado; y, aunque me pedían que entendiese

que no podían permitirse el lujo de pagarme, tenían intención de publicarlo.

Publicarlo: lo cual equivalía a letra impresa. Borracho de excitación no es una

simple frase. Tenía que decírselo a alguien: y, subiendo las escaleras de dos en

dos, aporreé la puerta de Holly.

Supuse que mi voz no sería capaz de transmitir la noticia; en cuanto salió a

la puerta, bizqueando de sueño, arremetí con la carta contra ella. Para cuando

me la devolvió, tuve la sensación de que había tardado el tiempo suficiente

como para leer sesenta páginas.

–Yo no se lo autorizaría. Si no pagan, nada -dijo, bostezando. Es posible

que mi expresión bastara para hacerle entender que no lo había comprendido,

que no buscaba consejo sino una felicitación: sus labios pasaron del bostezo a

la sonrisa-. Oh, ya veo. Es maravilloso. Bueno, pasa -dijo-. Haremos café y lo

celebraremos. No. Me vestiré y te invitaré a comer.

Su dormitorio estaba en armonía con la sala: perpetuaba aquel mismo

ambiente de campamento a punto de ser levantado; cajas de embalaje y

maletas, todo cerrado y listo para la partida, como las pertenencias de un

delincuente que sabe que la ley anda pisándole los talones. En la sala no había

muebles propiamente dichos, pero la habitación contaba con una cama, de

matrimonio, por cierto, y espectacular: madera clara, satén con borlas.

Dejó abierta la puerta del baño y charló desde allí; entre chorros y

fregoteos, la mayor parte de lo que dijo resultó ininteligible, pero en esencia

era: me suponía al tanto de que Mag Wildwood se había instalado allí, lo cual

era muy práctico, porque, si necesitas una compañera de habitación, en el

supuesto de que no pueda ser bollera, no hay nada mejor que una chica que sea

absolutamente tonta, que es lo que Mag era en su opinión, porque entonces es

facilísimo dejar que pague ella el alquiler y que vaya ella a la lavandería.

Era evidente que Holly tenía problemas con la lavandería; la habitación,

como un gimnasio de chicas, estaba sembrada de ropa sucia.

–…y, sabes, es una modelo que tiene mucho éxito, ¿no es fantástico? Lo

cual me va muy bien -dijo, saliendo del baño a pata coja, porque al mismo

tiempo se estaba ajustando la faja-. Seguro que no tendré que aguantarla todo

el día. Y no creo que haya muchos problemas en el frente de los hombres.

Está prometida. Buen chico. Aunque hay una leve diferencia de estatura:

un palmo, yo diría, a favor de ella. Dónde diablos…Estaba de rodillas,

metiendo el brazo bajo la cama. Cuando encontró lo que buscaba, unos

zapatos de lagarto, tuvo que buscar una blusa, un cinturón, y me dio que

pensar largamente que, pese a todo aquel desbarajuste, consiguiese al final el

resultado apetecido: un aspecto de persona mimada por la vida, serenamente

inmaculado, como si la hubiesen estado cuidando las doncellas de Cleopatra.

–Escúchame -dijo, y tomó mi barbilla en su palma-. Me alegra lo del

cuento. De verdad.

Aquel lunes de octubre de 1943. Un día precioso, alegre como un pájaro.

Nos tomamos para empezar sendos manhattans en el bar de Joe Bell; y,

cuando éste se enteró de mi buena suerte, cócteles de champán por cuenta de

la casa. Después paseamos hasta la Quinta Avenida, en donde había un desfile.

Las banderas al viento, el retumbar de las bandas militares, no parecían tener

relación alguna con la guerra sino que más bien parecían una fanfarria

organizada exclusivamente en mi honor.

Comimos en la cafetería del parque. Luego, dando un rodeo para no pasar

por el zoológico (Holly dijo que no soportaba la visión de cosas enjauladas),

reímos, corrimos y cantamos por los senderos que conducen al viejo cobertizo

de madera que en aquel entonces albergaba los botes, y que ahora ya ha

desaparecido. En el lago flotaban hojas; un jardinero abanicaba en la orilla una

hoguera de hojarasca, y el humo, alzándose como las señales de los indios, era

la única mancha del aire estremecido. Nunca me han dicho nada los abriles, es

el otoño lo que me parece la estación inaugural, primaveral; y así me sentí

mientras permanecía sentado con Holly en la barandilla de la entrada del

cobertizo. Pensé en el futuro, y hablé del pasado. Porque Holly quiso saber

cosas de mi infancia. Ella habló también de la suya; pero fue un recital

esquivo, sin nombre ni lugar, impresionista, aunque la impresión que recibí era

opuesta a la que me había esperado, pues me hizo unas descripciones casi

voluptuosas de baños veraniegos, árboles navideños, guapos primos, festejos:

en pocas palabras, alegre en un sentido en que ella no lo era, y en modo

alguno, desde luego, el pasado de una chica que se ha fugado de su casa.

¿O, le pregunté, quizá no era cierto que se había largado a vivir por su

cuenta cuando sólo tenía catorce años? Se frotó la nariz.

–Eso es cierto. Lo otro no. Aunque, la verdad, tu descripción de tu infancia

ha sido tan trágica que me ha parecido inoportuno rivalizar contigo.

Bajó de la barandilla dando un salto.

–En fin, esto me recuerda que tendría que mandarle un poco de

mantequilla de cacahuete a Fred.

Nos pasamos el resto de la tarde caminando al este y al oeste,

arrancándoles con añagazas a diversos tenderos numerosas latas de

mantequilla de cacahuete, que iba muy escasa en los años de la guerra;

oscureció sin que hubiésemos obtenido más que media docena de tarros, el

último en una charcutería de la Tercera Avenida, cerca de la tienda de

antigüedades en cuyo escaparate se encontraba aquella palaciega jaula, de

manera que la llevé hasta allí para que la viese, y Holly supo apreciar su

encanto, su fantasía.

–De todos modos, es una jaula.

Cuando pasábamos delante de un Woolworth's, me agarró fuertemente el

brazo:

–Robemos algo -dijo, tirando de mí hacia el interior de la tienda, en donde,

de inmediato, me pareció sentir el acoso de las miradas, como si ya fuésemos

sospechosos-. Venga. No seas gallina.

Exploró un mostrador con montañas de calabazas de papel y máscaras para

la noche de Halloween. La dependienta estaba atareada con un grupo de

monjas que se probaban máscaras. Holly cogió una máscara y se la puso;

eligió otra, y me la puso a mí; luego me tomó de la mano y salimos. Así de

sencillo. Una vez en la calle, corrimos a lo largo de varias manzanas, creo que

sólo para añadirle emoción; pelo también porque, tal como descubrí entonces,

el ladrón se siente eufórico cuando un robo le sale bien. Le pregunté si robaba

a menudo.

–Antes sí -dijo-. No me quedaba otro remedio si quería algo, lo que fuese.

Pero todavía lo hago de vez en cuando, para no desentrenarme.

Aún llevábamos las máscaras puestas cuando llegamos a casa.

Guardo el recuerdo de otros muchos días de andar de acá para allá con

Holly; y es cierto, hubo épocas en las que salíamos mucho juntos; pero el

recuerdo, considerando las cosas en conjunto, es falso. Porque hacia finales de

mes encontré un empleo: ¿hace falta añadir algo más? Mejor cuanto menos

diga, aparte de mencionar que me resultaba imprescindible, y que duraba de

nueve a cinco. Lo cual hizo que nuestros horarios, el de Holly y el mío, fuesen

extremadamente distintos.

A no ser que fuera jueves, su día de Sing Sing, o que se hubiera ido al

parque para montar a caballo, cosa que hacía de vez en cuando, Holly nunca se

había levantado cuando yo regresaba a casa. En ocasiones, entraba en su piso

y compartía su café mientras ella se vestía para la velada. Siempre estaba a

punto de salir, no todas las veces con Rusty Trawler, pero casi todas, y

también casi todas en compañía de Mag Wildwood y su guapo brasileño, cuyo

nombre era José Ybarra-Jaegar: su madre era alemana. Como cuarteto, daban

una nota desafinada, sobre todo por culpa de Ybarra-Jaegar, que parecía tan

desplazado al lado de los otros como un violín en un grupo de jazz. Era un

hombre inteligente, y presentable, y parecía tomarse bastante en serio su

trabajo, que era oscuramente oficial, vagamente importante, y le obligaba a

estar en Washington varios días por semana. ¿Cómo pudo sobrevivir noche

tras noche en La Rue, El Morocco, escuchando el pa-parloteo de Mag

Wildwood y mirando aquella cara de culo desnudo de niño que tenía Rusty?

Es posible que, como la mayoría de la gente que se encuentra en un país

extranjero, fuese incapaz de situar a la gente, de elegir un marco adecuado

para su retrato, cosa que en Brasil le hubiese resultado de lo más sencillo; es

decir, tenía que enjuiciar a todos los norteamericanos bajo una luz

prácticamente uniforme, y desde este punto de vista sus acompañantes debían

de parecerle ejemplos soportables del color local, del carácter nacional. Esto

explicaría muchas cosas; la determinación de Holly explica las demás.

Una tarde, mientras estaba esperando un autobús en la Quinta Avenida, me

fijé en un taxi que aparcaba en la acera de enfrente. Se apeó una chica, que

luego subió corriendo la escalera de la biblioteca pública de la calle Cuarenta

y dos. Entró antes de que la reconociese, cosa disculpable dado que no era

fácil relacionar a Holly con las bibliotecas. Dejé que la curiosidad me

empujara a pasar entre los leones de la entrada, mientras discutía conmigo

mismo sobre qué era más conveniente, si reconocer ante ella que la había

seguido, o fingir que era una coincidencia. Al final no hice ni una cosa ni la

otra, sino que me escondía varias mesas de distancia en la sala de lectura, que

es donde ella se había instalado, parapetada detrás de sus gafas oscuras y una

fortaleza de libros que había amontonado en su pupitre. Pasó a toda velocidad

de un libro a otro, se detuvo intermitentemente en alguna que otra página,

siempre con el ceño fruncido, como si las letras estuvieran impresas del revés.

Tenía un lápiz apoyado en el papel: nada parecía llamar su atención aunque, de

vez en cuando, como si fuera de pura furia, garabateaba laboriosamente.

Cuando la miraba recordé a una compañera de la escuela, Mildred Grossman.

Mildred: su cabello húmedo y sus grasientas gafas, sus dedos manchados que

diseccionaban ranas y llevaban café a los piquetes de huelguistas, y sus ojos

deslustrados que sólo se alzaban hacia las estrellas para calcular su tonelaje

químico. La tierra y el aire no podían ser más opuestos que Mildred y Holly,

pero ambas adquirieron en mis pensamientos cierta semejanza siamesa, y la

idea que las había entrelazado era más o menos la siguiente: los caracteres

suelen ir evolucionando, y cada pocos años nuestros cuerpos experimentan

una remodelación completa; tanto si es deseable como si no lo es, nada más

natural que el que cambiemos. Pues bien, he aquí dos personas que no

cambiarían jamás. Era esto lo que Mildred Grossman y Holly Golightly tenían

en común. No cambiarían jamás porque su carácter se había formado antes de

hora; lo cual, de la misma manera que los enriquecimientos repentinos,

produce desproporciones: la una se había atribuido a sí misma el fachendoso

papel de persona seria y realista; la otra, el de desviacionista romántica. Me las

imaginé en un restaurante del futuro, Mildred dedicada todavía a estudiar la

carta desde el punto de vista del valor nutritivo, y Holly con la misma

glotonería de ahora por todos y cada uno de los platos. Nada cambiaría nunca.

Andarían por la vida, y la abandonarían, con el mismo paso decidido que

apenas toma en cuenta esos acantilados que quedan a la izquierda. Estas

profundas observaciones hicieron que me olvidase del lugar en donde me

encontraba; volví en mí, sobresaltado por la sombría luz de la biblioteca, y

totalmente sorprendido otra vez de encontrar allí a Holly. Eran más de las

siete, y estaba retocándose el carmín de los labios, y modificando, mediante la

adición de un foulard y unos pendientes, el atuendo que le había parecido más

adecuado para una biblioteca a fin de convertirlo en el adecuado para el

Colony. Una vez se hubo ido, me acerqué a la mesa en donde había dejado sus

libros, que eran lo que yo quería ver. El sur del pájaro del trueno. Rincones

desconocidos del Brasil. La mentalidad política latinoamericana. Y así

sucesivamente.

Holly y Mag dieron una fiesta por Nochebuena. Holly me pidió que fuese

temprano para que la ayudase a adornar el árbol. Todavía no entiendo cómo

lograron meter aquel árbol en el apartamento. Sus ramas superiores estaban

aplastadas contra el techo, y las bajas se extendían de pared a pared; en

conjunto era más o menos como el abeto gigante que suelen instalar en la

plaza Rockefeller. Es más, solamente todo un Rockefeller habría podido

adornarlo, pues engullía las bolas y las cintas doradas como si se tratase de

nieve derretida. Holly insinuó que podía ir a Woolworth's y robar allí unos

cuantos globos; así lo hizo: y con ellos el árbol quedó bastante decente.

Brindamos por nuestra labor, y Holly dijo:

–Mira en el dormitorio. Hay un regalo para ti.

También yo tenía un regalo para ella: un paquetito que llevaba en el

bolsillo, y que me pareció más pequeño incluso cuando vi, en medio de la

cama y envuelta con cinta roja, la maravillosa pajarera.

–Pero ¡Holly!!Es horrible!

–Estoy absolutamente de acuerdo contigo; pero me pareció que la querías.

–¡Me refiero al precio! ¡Trescientos cincuenta dólares!

Ella se encogió de hombros.

–Unos cuantos viajes de más al tocador. Pero me has de prometer una cosa.

Me has de prometer que jamás meterás ahí dentro a ningún ser vivo.

Comencé a darle besos, pero ella levantó la mano.

–Dame el mío -dijo, palpando el bulto de mi bolsillo.

–Me temo que no es gran cosa.

Y no lo era; una medalla de San Cristóbal. Pero, como mínimo, era de

Tiffany's.

Holly no era una chica capaz de conservar nada, y a estas alturas seguro

que ya ha perdido la medalla, que la ha abandonado en alguna maleta o en el

cajón de algún hotel. Pero yo sigo conservando la pajarera. La he transportado

a Nueva Orleans, a Nantucket, por toda Europa, Marruecos, el Caribe. Pero

casi nunca me acuerdo de que fue Holly quien me la regaló, porque hubo un

día en que decidí olvidarlo: tuvimos una tremenda pelea, y entre las diversas

cosas que se pusieron a dar vueltas en el ojo de nuestro huracán estuvieron la

pajarera y O.J. Berman y mi cuento, pues le di un ejemplar a Holly cuando

aquella revista universitaria lo publicó.

A mediados de febrero Holly se fue de viaje turístico invernal con Rusty,

Mag y José Ybarra-Jaegar. Nuestro altercado ocurrió poco después de su

regreso. Holly estaba más negra que si se hubiese untado con yodo, el sol le

había aclarado el cabello hasta dejárselo de un blanco fantasmagórico, y se lo

había pasado muy bien:

–Mira, primero estuvimos en Key West, y Rusty se enfureció con unos

marineros, o fue al revés, no sé, la cuestión es que tendrá que llevar una faja

para la espalda durante el resto de sus días. Mi queridísima Mag también

terminó en el hospital. Quemaduras de sol, de primer grado. Repugnante:

ampollas y aceite de citronella por todo el cuerpo. Así que José y yo les

dejamos en el hospital y nos fuimos a La Habana. Él dijo espera a ver Río;

pero, por lo que a mí respecta, me conformo con La Habana para gastarme allí

todo mi dinero. Tuvimos un guía de los que no se olvidan, negro en un ochenta

por ciento, y chino el resto, y aunque no me gusta mucho ni lo uno ni lo otro,

la combinación era francamente fascinante; así que le dejé que jugara a hacer

rodillitas por debajo de la mesa porque, para serte franca, no me pareció en

absoluto vulgar; pero una noche nos llevó a ver una película porno, y ¿qué te

imaginas que pasó? Pues que salía él en la pantalla. Naturalmente, cuando

regresamos a Key West Mag estaba segura de que me había pasado todos los

días acostándome con José. Y Rusty lo mismo: pero a él estas cosas le dan

igual, sólo quiere que se lo cuentes con todo detalle. De hecho, la situación fue

bastante tensa hasta que hablé con Mag de corazón a corazón.

Nos encontrábamos en la sala, en donde, aunque ya estábamos casi en

marzo, el enorme árbol de Navidad, pardo y desprovisto ya de olor, con sus

globos arrugados como las tetas de una vaca vieja, seguía ocupando la mayor

parte del espacio. Una pieza reconocible como mueble había sido añadida: un

camastro militar; y Holly, tratando de conservar su aspecto tropical, estaba

tendida en él bajo una lámpara solar.

–¿Lograste convencerla?

–¿De que no me había acostado con José? Santo Dios, sí. Simplemente le

dije, bueno, ya sabes: fingí que se trataba de una torturada confesión, le dije

que yo era bollera.

–Es imposible que se lo creyese.

–Y un cuerno que no se lo creyó. ¿Por qué crees que se fue a comprar este

catre de campaña? Déjalo en mis manos: cuando se trata de escandalizar a la

gente, no tengo rival. Sé bueno, dame un poco de aceite en la espalda. –

Mientras le hacía este servicio, ella prosiguió-: O. J. Berman ronda por aquí y,

sabes, le he dado tu cuento, el de la revista. Le ha impresionado bastante.

Ahora cree que quizá valga la pena echarte una mano. Pero dice que no vas

por el buen camino. Negros y niños, ¿a quién le importan?

–Deduzco que a Mr. Berman no le interesan.

–Ni a mí. He leído el cuento dos veces. Mocosos y negrazos. Hojas

temblorosas. Descripciones. No me dice nada.

Mi mano, que estaba extendiendo el aceite sobre su piel, pareció reaccionar

por su cuenta: tenía ganas de alzarse para caer sobre las nalgas de Holly.

–Dame un ejemplo -dije sin acalorarme-. Un ejemplo de una historia que,

en tu opinión, diga algo.

–Cumbres borrascosas -dijo ella, sin dudarlo.

Los deseos de mi mano comenzaban a escapar de mi control.

–Compararme con eso es una insensatez. Hablas de una obra genial.

–¿Verdad que lo es? Mi dulce y salvaje Cathy. Dios mío, lloré a mares. La

vi diez veces.

Dije «Ah» con palpable alivio, un «Ah» acompañado de una inflexión de

ignominiosa superioridad, «la película».

Sus músculos se endurecieron, era como tocar una piedra recalentada por

el sol.

–Todo el mundo tiene que sentirse superior a otros -dijo-, pero, antes de

demostrárselo a quien sea, es costumbre ofrecer alguna prueba.

–No estoy comparándome contigo. Ni con Berman. Por lo tanto, puedo

sentirme superior. No buscamos lo mismo.

–¿No quieres ganar dinero?

–Mis planes no llegan tan lejos.

–A eso justamente suenan tus historias. Como si estuvieras escribiéndolas

sin saber el final. Pues mira, te diré una cosa: mejor sería que ganases dinero.

Tienes una imaginación bastante cara. No encontrarás a mucha gente que

pueda comprarte pajareras.

–Lo siento.

–Lo sentirás de verdad como me pegues. Hace un minuto estabas a punto

de hacerlo: te lo he notado en la mano; y ahora también tienes ganas.

Y lo hice, brutalmente; aún me temblaba la mano, y el corazón, cuando

tapé el frasco de aceite solar.

–Pues no, no me arrepiento. Sólo siento que te hayas gastado tanto dinero

conmigo. Es muy duro tener que ganárselo con Rusty Trawler.

Se sentó en el catre, con la cara y los pechos desnudos fríamente azulados

a la luz de la lámpara solar.

–Necesitarás unos cuatro segundos para ir de aquí a la puerta. Te concedo

dos.

Subí directamente a mi piso, cogí la pajarera, la bajé y la dejé delante de su

puerta. Esta parte del asunto quedaba resuelta. O eso imaginé yo hasta la

mañana siguiente, cuando, camino del trabajo, encontré la jaula metida en un

cubo, esperando la llegada de los basureros. No sin vergüenza, la rescaté y

volví a subirla a mi casa, pero esta capitulación no debilitó mi resolución de

apartar totalmente a Holly de mi vida. Decidí que era una «vulgar

exhibicionista», una «pérdida de tiempo», una «farsante»: alguien con quien

jamás volvería a hablar.

Y no lo hice. Durante bastante tiempo. Bajábamos la vista cuando nos

cruzábamos por la escalera. Si ella entraba en el bar de Joe Bell, yo me iba.

Hubo una ocasión en la que Sapphia Spanella, la soprano y aficionada al

patinaje que vivía en el primer piso, hizo circular entre los demás inquilinos de

la casa una demanda de desahucio contra Miss Golightly, que, decía Madame

Spanella, era una persona «moralmente censurable» que «perpetra reuniones

nocturnas que ponen en peligro la seguridad y la salud mental de sus vecinos».

Aunque me negué a firmarla, admití interiormente que las quejas de Madame

Spanella eran justificadas. Pero su demanda fracasó, y, cuando abril se

aproximaba a mayo, las cálidas noches primaverales de ventanas abiertas se

cargaron del espantoso estruendo de los ruidos de las fiestas, el tocadiscos a

todo volumen y las risas de martini que salían del apartamento 2.

No era una novedad, sino todo lo contrario, que hubiese tipos sospechosos

entre los invitados de Holly; pero un día de finales de esa primavera, al entrar

en la casa, me fijé en un hombre muy provocativo que estaba examinando el

buzón de Holly. Un tipo de cincuenta y pocos años, facciones duras y curtidas,

y ojos grises tristes. Llevaba un viejo sombrero gris con manchas de sudor, y

su barato traje de verano, azul pálido, le caía muy holgado sobre su

larguirucho esqueleto; sus zapatos marrones eran nuevos. No parecía tener

intención de llamar al timbre de Holly. Se limitaba a pasar, lentamente, como

si leyera Braille, un dedo por el relieve de las letras de su nombre.

Por la noche, cuando me iba a cenar, volví a verle. Estaba en la acera de

enfrente, apoyado en un árbol y mirando las ventanas de Holly. Por mi cabeza

circularon toda clase de siniestras especulaciones. ¿Podía tratarse de un

detective? ¿Algún enviado de los bajos fondos, relacionado con Sally Tomato,

su amigo de Sing Sing? La situación reavivó mis más tiernos sentimientos por

Holly; era justo que interrumpiese nuestro enfado el tiempo suficiente como

para advertirle que estaban vigilándola. Mientras me encaminaba a la esquina

y dirigía mis pasos hacia el Hamburg Heaven de la esquina de Madison con la

Setenta y nueve, noté que la atención de aquel hombre se centraba en mí. Al

poco rato, sin volver la cabeza, noté que me seguía. Porque le oí silbar. Y no

era una cancioncilla corriente, sino la quejumbrosa canción de las praderas que

Holly tocaba a veces con su guitarra: No quiero dormir, no quiero morir, sólo

quiero seguir viajando por los prados del cielo. Seguí oyendo el silbido por

Park Avenue y Madison arriba. Una vez, mientras esperaba a que el semáforo

cambiase, vi por el rabillo del ojo que se agachaba para acariciar a un sucio

pomeranio.

–Magnífico animal -le dijo al dueño, con una voz rural, afónica.

El Hamburg Heaven estaba vacío. Sin embargo, tomó asiento en el

mostrador, justo a mi lado. Olía a tabaco y sudor. Pidió un café, pero cuando

se lo sirvieron ni lo tocó. En lugar de tomárselo, estuvo mordisqueando un

palillo y estudiándome en el espejo que teníamos delante de nosotros.

–Disculpe -le dije, hablándole por el espejo-, ¿se puede saber qué quiere?

La pregunta no le azoró; pareció aliviado de que se la hubiese hecho.

–Muchacho, necesito un amigo -dijo.

Sacó una cartera. Estaba tan gastada como sus curtidas manos, casi rota; y

en el mismo estado se encontraba la instantánea agrietada, borrosa y frágil que

me tendió. Había siete personas en la foto, amontonadas bajo el hundido

porche de una espantosa casa de madera, y, aparte de él, que le pasaba el brazo

por la cintura a una chica gorda y rubia que se hacía sombra con la mano sobre

los ojos, todos eran niños.

–Ese soy yo -dijo, señalándose-. Esa es ella… -Dio un golpecito sobre la

chica rolliza-. Y ese de ahí -añadió, indicando a un chico alto como un chopo y

con pelo de estopa- es su hermano Fred.

Volví a mirarla a «ella»: y, en efecto, ahora pude encontrar cierto parecido

embriónico con Holly en la chica de gordas mejillas que bizqueaba bajo el sol.

Justo en ese momento comprendí quién debía de ser aquel hombre.

–Usted es el padre de Holly.

El hombre parpadeó, frunció el ceño.

–No se llama Holly. Antes se llamaba Lulamae Barnes. Antes -dijo,

cambiando de sitio el palillo que tenía aún en la boca- de casarse conmigo.

Soy su marido. Doctor Golightly. Soy médico de caballos, veterinario.

También trabajo un poco la tierra. Cerca de Tulip, en Texas. ¿De qué se ríe,

muchacho?

No era una verdadera risa: simple nerviosismo. Tomé un poco de agua, me

atraganté; él me golpeó la espalda.

–Esto no es cosa de risa, muchacho. Soy un hombre cansado. Hace cinco

años que busco a mi mujer. En cuanto recibí la carta de Fred en la que me

decía dónde estaba, compré un billete de la Greyhound. Lulamae debería estar

en casa, con su marido y sus hijos.

–¿Hijos?

–Son ésos -dijo, casi gritando. Se refería a los otros cuatro rostros jóvenes

de la foto, dos niñas descalzas y un par de chicos con mono. Bueno, era obvio:

aquel hombre era un demente.

–Es imposible que Holly sea la madre de esos chicos. Son mayores que

ella. Más altos.

–No he dicho, muchacho -dijo él, explicándomelo con calma-, que los haya

parido ella. La maravillosa madre de estos niños, aquella maravillosa mujer,

que Dios la tenga en su gloria, falleció el cuatro de julio, Día de la

Independencia, de 1936. El año de la sequía. Cuando me casé con Lulamae ya

era 1938, diciembre, ella estaba a punto de cumplir los catorce. Es posible que

una persona corriente, con sólo catorce años, no supiera lo que se hacía. Pero

Lulamae es otra cosa, una mujer excepcional. Sabía muy bien lo que estaba

haciendo cuando me prometió ser mi esposa y la madre de mis hijos. Y nos

rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella manera. – Sorbió un poco

de café ya enfriado, y me miró con interrogadora vehemencia-. Y ahora,

muchacho, ¿dudas de lo que te digo? ¿Crees que lo que te digo es cierto?

Le creí. Era demasiado implausible para no ser cierto; es más, encajaba

con la descripción que había hecho O. J. Berman de la Holly que conoció en

California. «No sabías si era una palurda, o si venía de Oklahoma o qué.» No

se le podían echar las culpas a Berman por no haber adivinado que era una

niña casada, de Tulip, estado de Texas.

–Nos rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella manera -repitió el

médico de caballos-. No tenía por qué. El trabajo de la casa lo hacían las niñas.

Lulamae podía darse la buena vida: revolotear ante los espejos y lavarse el

pelo. Teníamos vacas, teníamos huerto, gallinas, cerdos: muchacho, esa chica

se puso gorda de verdad. Y, mientras, su hermano crecía y crecía hasta

convertirse en un gigante. Todo un mundo de diferencia en comparación a

como estaban cuando se quedaron a vivir con nosotros. Fue Nellie, mi hija

mayor, fue Nellie la que los trajo a casa. Vino una mañana y me dijo: «Papá,

tengo a un par de pilletes encerrados en la cocina. Les he sorprendido afuera,

robando leche y huevos de pava.» Eran Lula mae y Fred. Bueno, pues en su

vida habrá visto dos críos que dieran tanta pena como ellos. Les asomaban las

costillas por todos lados, y tenían las piernas tan canijas que no les sostenían

en pie, y los dientes se les movían tanto que no les servían ni para masticar un

puré. Contaron que su madre había muerto de tuberculosis, lo mismo que su

papá; y que todos los hijos, un buen montón, fueron enviados a vivir con

diversas personas a cuál más mezquina. Pues bien, Lulamae y su hermano

habían estado en casa de algún mezquino don nadie, a ciento cincuenta

kilómetros al este de Tulip. Lulamae tuvo buenos motivos para escaparse de

aquella casa. Y ninguno para irse de la mía. Era su hogar. – Apoyó los codos

en el mostrador y, apretándose los ojos cerrados con los dedos, suspiró-.

Engordó tanto que acabó convirtiéndose en una mujer verdaderamente guapa.

Y muy animada. Locuaz como un arrendajo. Siempre tenía algún comentario

ingenioso sobre el tema que fuese: mejor que la radio. Y antes de que me diera

cuenta ya me había puesto a recoger flores. Domestiqué un cuervo para

regalárselo, y le enseñé a decir Lulamae. Y le di a ella lecciones de guitarra.

De sólo mirarla se me saltaban las lágrimas a los ojos. La noche de mi

declaración lloré como un crío. «¿Por qué lloras, Doc? – me dijo ella-. Pues

claro que podemos casarnos. Sera mi primera boda.» Me hizo reír, la verdad, y

la abracé y la besé: ¡Será mi primera boda! -Rio un poco, y durante un

momento volvió a morder el palillo-, ¡No me diga que no era una mujer feliz!

– dijo, en tono desafiante-. Todos la mimábamos. No tenía que levantar un

dedo, como no fuera para comerse algún pedazo de pastel. Como no fuera para

peinarse y mandar a alguien por todas las revistas. Debieron de entrar revistas

por valor de cien dólares en esa casa. Si quiere saber mi opinión, eso fue lo

que tuvo la culpa. Tanto mirar fotos de gente ostentosa. Tanto leer sueños. Eso

fue lo que la empujó a dar los primeros pasos por el camino. Cada día andaba

un poco más: un kilómetro, y volvía a casa. Dos kilómetros, y volvía a casa.

Un día, simplemente, siguió adelante. – Volvió a posar las manos sobre sus

ojos; su respiración producía un ruido ronco-. El cuervo que le di se volvió

loco y huyó. Seguimos oyéndole todo el verano. En la era. En el huerto. En los

bosques. El maldito pájaro se pasó todo el verano gritando: Lulamae,

Lulamae.

Se quedó encorvado y silencioso, como si estuviera escuchando la canción

de aquel antiguo verano. Llevé la cuenta de los dos a la caja. Mientras yo

pagaba, se me acercó. Salimos juntos y nos fuimos andando hacia Park

Avenue. Era una noche fría, ventosa; la brisa agitaba sonoramente los

fláccidos toldos. Seguimos andando en silencio hasta que yo le dije:

–¿Y su hermano? ¿No se fue?

–No -dijo, carraspeando-. Fred se quedó con nosotros hasta que se lo llevó

el ejército. Buen chico. Bueno para los caballos. Tampoco él entendió qué le

había pasado a Lulamae, cómo había podido abandonar a su hermano y su

marido y sus niños. Pero en cuanto estuvo en el ejército, Fred comenzó a tener

noticias de ella. El otro día me mandó una carta con sus señas. Por eso vine a

buscarla. Sé que lamenta haber hecho lo que hizo. Sé que quiere volver a casa.

Parecía estar pidiéndome que me mostrara de acuerdo con él. Yo le dije

que en mi opinión iba a encontrar bastante cambiada a Holly, o Lulamae.

–Escúchame, muchacho -dijo, cuando llegamos a la escalera del portal-, ya

te he dicho que necesito un amigo. Porque no quiero darle una sorpresa. Nada

de sustos. Por eso he estado esperando. Pórtate como un amigo: dile que he

venido.

La idea de hacer las presentaciones entre Miss Golightly y su marido tenía

aspectos satisfactorios; y, alzando la vista hacia sus iluminadas ventanas,

confié en que estuvieran con ella sus amigos, pues la perspectiva de ver el

momento en que el tejano les estrechara la mano a Mag y Rusty y José, me

resultaba más satisfactoria incluso. Pero la grave y orgullosa mirada de Doc

Golightly, su sombrero sudado, hicieron que me avergonzase de mis

expectativas. Entró detrás de mí en el edificio, y se dispuso a esperar al pie de

la escalera.

–¿Tengo buen aspecto? – susurró, desempolvándose las mangas,

ajustándose el nudo de la corbata.

Holly estaba sola: Abrió enseguida; en realidad estaba a punto de salir: las

zapatillas de satén blanco y las grandes dosis de perfume anunciaban la

inminencia de una fiesta lujosa.

–Lo siento, idiota -me dijo, y, jugando, descargó el bolso contra mí-. Tengo

demasiada prisa para hacer las paces ahora. ¿Te parece que dejemos para

mañana lo de fumar la pipa?

–Claro, Lulamae. Suponiendo que mañana estés todavía por aquí.

Se sacó las gafas oscuras y me miró bizqueando. Era como si sus ojos

fuesen prismas fragmentados, y las notas azules y grises y verdes no fueran

más que pedazos fotos de su antiguo centelleo.

–Tiene que ser él quien te lo ha dicho -me dijo con una vocecilla

temblorosa-. Dímelo, por favor. ¿Dónde está? – Dejándome atrás, se precipitó

escaleras abajo-, ¡Fred! – gritó por el hueco-, ¡Fred! ¿Dónde estás, mi Fred?

Oí los pasos de Doc Golightly, que empezaba a subir los peldaños. Su

cabeza se asomó por la barandilla, y Holly retro- cedió, no tan asustada como

para refugiarse en una concha de desengaño. Hasta que él llegó a su altura,

avergonzado y tímido.

–Caray, Lulamae -comenzó a decir, pero tuvo un momento de vacilación

porque Holly le miraba con desconcierto, como si no consiguiera identificarle

del todo-. Vaya, cariño -añadió por fin-, ¿no te dan de comer por estos pagos?

Qué flaquísima estás. Como el día en que te conocí. Con ojos de loca.

Holly le tocó la cara; palpó con sus dedos la realidad de su mentón, de su

barba de dos días.

–Hola, Doc -dijo Holly con amabilidad, y le besó en la mejilla-. Hola, Doc

-repitió alegremente mientras él la levantaba del suelo con un abrazo capaz de

estrujarle las costillas.

–Caray, Lulamae -dijo él, estremecido por una risa de alivio-. La venida

del Reino.

Ninguno de los dos se fijó en mí cuando me colé por detrás de ellos para

subir a mi habitación. Tampoco parecieron darse cuenta de la presencia de

Madame Sapphia Spanella, que abrió su puerta y chilló:

–¡Callarse! Qué vergüenza. Lárgate a hacer de puta a otra parte.

–¿Divorciarme de él? No me he divorciado. Pero, por Dios, si yo tenía sólo

catorce años. No pudo ser legal. – Holly dio unos golpecitos en su vacía copa

de martini-. Otros dos, Mr. Bell.

Joe Bell, en cuyo bar estábamos sentados, aceptó el pedido de mala gana.

–Es muy temprano para agarrar una curda -se quejó, masticando una

pastilla digestiva. Según el negro reloj de caoba que había al otro lado de la

barra, aún no era mediodía, y ya nos había servido tres rondas.

–Pero si es domingo, Mr. Bell. Los relojes van más lentos los domingos.

Además, todavía no me he acostado -le dijo, y, más confidencialmente, me

confesó-: Al menos para dormir. – Se sonrojó, y desvió la mirada con aire

culpable. Por vez primera desde que la conocía, parecía sentir necesidad de

justificarse-: Mira, tenía que hacerlo. Doc me quiere de verdad, sabes. Y yo le

quiero a él. Es posible que a ti te haya parecido viejo y repulsivo. Pero no

sabes lo dulce que es, la confianza que puede inspirarles a los pájaros y a los

mocosos y a otras cosas frágiles. Cuando alguien te da su confianza, siempre

te quedas en deuda con él. Siempre me he acordado de Doc en mis oraciones.

¡Y deja de burlarte, por favor! – me pidió, aplastando una colilla-. Suelo rezar

mis oraciones.

–No me burlo. Sólo sonrío. Eres la persona más desconcertante del mundo.

–Supongo que sí -dijo, y su rostro, al que la luz de la mañana daba un

aspecto macilento, castigado, se iluminó; se alisó el despeinado cabello, y sus

variados colores brillaron como en un anuncio de champú-. Seguro que tengo

un aspecto terrible. Pero lo mismo le hubiese ocurrido a cualquiera. Nos

hemos pasado el resto de la noche caminando de un lado para otro en una

estación de autobuses. Hasta el último minuto, Doc estaba convencido de que

me iría con él. A pesar de que yo le estaba repitiendo todo el rato: Pero Doc,

ya no tengo catorce años, y no soy Lulamae. Pero lo más terrible, y lo

comprendí mientras estábamos esperando allí, es que lo soy. Todavía ando

robando huevos de pava y corriendo entre zarzales. Con la diferencia de que

ahora lo llamo tener la malea.

Joe Bell dejó desdeñosamente los nuevos martinis delante de nosotros.

–No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell -le aconsejó

Holly-. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a su casa seres

salvajes. Halcones con el ala rota. Otra vez trajo un lince rojo con una pata

fracturada. Pero no hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto

más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo

suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un

árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted, Mr.

Bell, si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el

cielo.

–Está borracha -me informó Joe Bell.

–Un poco -confesó Holly-. Pero Doc me entiende. Se lo he explicado con

todo detalle, y eran cosas que podía entender. Nos hemos dado la mano, nos

hemos abrazado, y me ha deseado buena suerte. – Echó una mirada al reloj-. A

esta hora ya debe de estar en los Montes Azules.

–¿De qué habla? – me preguntó Joe Bell.

Holly alzó su martini:

–Deseémosle suerte a Doc -dijo, haciendo chocar su copa contra la mía-.

Buena suerte, y créeme, queridísimo Doc, es mejor quedarse mirando al cielo

que vivir allí arriba. Es un sitio tremendamente vacío. No es más que el país

por donde corre el trueno y todo desaparece.

QUINTA BODA DE TRAWLER. Vi el titular cuando iba en metro por

Brooklyn. El periódico que lo desplegaba en bandera era de otro pasajero. El

único fragmento del texto que yo alcanzaba a leer decía:

Rutherfurd «Rusty» Trawler, el playboy millonario que ha sido acusado

frecuentemente de simpatizar con los nazis, se fugó ayer a Greenwich para

casarse con una guapa…

No sentía deseos de leer nada más. Así que Holly se había casado con él,

vaya, vaya. Sentí deseos de que me arrollara un tren. Pero ya había deseado

eso mismo antes de haber avistado el titular. Por un puñado de razones. No

había vuelto a ver a Holly, a hablar con ella, desde nuestro ebrio domingo en

el bar de Joe Bell. Las semanas transcurridas desde entonces me habían

provocado mi propia malea. En primer lugar, me habían despedido de mi

empleo: merecidamente, y por un divertido ejemplo de mala conducta, tan

complicado que no puedo referirlo aquí. Además, el centro de reclutamiento

que me correspondía estaba demostrando un fastidioso interés por mi persona;

y, tras haberme librado tan recientemente de la estricta normatividad de una

ciudad pequeña, la idea de someterme a otra forma de vida disciplinada me

desesperaba. Entre la incertidumbre respecto a mi presunta movilización, y mi

carencia de experiencias laborales concretas, no parecía haber modo de

encontrar otro trabajo. Eso era lo que estaba haciendo en aquel metro de

Brooklyn: regresar de una decepcionante entrevista con el director de un

periódico ya fallecido, el PM. Todo esto, combinado con el agobiante calor de

la ciudad en verano, me había dejado reducido a un estado de inercia nerviosa.

De modo que cuando deseaba que me arrollase un tren lo hacía bastante en

serio. El titular hizo que ese deseo se reafirmara. Si Holly era capaz de casarse

con aquel «absurdo feto», me daba igual que me atropellase todo el ejército de

injusticias que andaba rampante por el mundo. A no ser, y la pregunta era

evidente, que mi escandalizado enfurecimiento fuese en parte consecuencia de

que también yo estaba enamorado de Holly. En parte. Porque sí lo estaba. De

la misma manera que años atrás me había enamorado de la vieja cocinera

negra de mi madre, y de un cartero que me permitía acompañarle en su ronda,

y de toda una familia, los McKendrick. También esa clase de amor genera

celos.

Cuando llegué a mi parada compré el periódico; y, al leer el final de

aquella frase, descubrí que la novia de Rusty era una guapa modelo de las

colinas de Arkansas, Miss Margaret Thatcher Fitzhue Wildwood. ¡Mag! Tenía

las piernas tan flojas de alivio que tuve que tomar un taxi para que me llevase

el trecho que quedaba hasta mi casa.

Madame Sapphia Spanella me recibió en el portal, con mi- rada demente y

retorciéndose las manos.

–Corra -dijo-. Vaya por la policía, ¡Esa chica está matando a alguien!

¡Alguien está matándola a ella!

Sonaba verídico. Como si varios tigres anduvieran sueltos por el

apartamento de Holly. Un jaleo de cristales rotos, rasgaduras y caídas y

muebles volcados. Pero la ausencia de gritos en medio de todo aquel ruido le

daban al estruendo un aspecto antinatural.

–¡Corra! -chilló Madame Spanella, empujándome-, ¡Dígale a la policía que

ha habido un asesinato!

Corrí; pero hacia arriba, en dirección a la puerta de Holly. Aporreándola,

logré un resultado: el estruendo amenguó su intensidad. Paró del todo. Pero

nadie respondió a mis súplicas pidiendo que me dejara entrar, y mis esfuerzos

por derribar la puerta sólo culminaron en un buen cardenal en mi hombro.

Luego oí a Madame Spanella que, abajo, le ordenaba a otro recién llegado que

fuera por la policía.

–Cállese -le dijeron-. Y apártese de mi camino.

Era José Ybarra-Jaegar, cuyo aspecto no era en absoluto el del elegante

diplomático brasileño, sino el de una persona sudorosa y asustada. A mí

también me ordenó que le dejara el paso libre. Y, con su propia llave, abrió la

puerta.

–Por aquí, doctor Goldman -dijo, cediendo el paso al hombre que le

acompañaba.

Como nadie me lo impidió, les seguí al interior del apartamento, que

estaba terriblemente destrozado. Por fin había sido desmantelado, literalmente,

el árbol navideño: sus secas ramas pardas estaban esparcidas por entre una

confusión de libros con las páginas arrancadas, lámparas rotas, y discos de

gramófono. Hasta la nevera había sido vaciada, y su contenido desperdigado

por toda la habitación: por las paredes resbalaban huevos crudos, y, en medio

de los escombros, el gato sin nombre de Holly lameteaba tranquilamente un

charco de leche.

En el dormitorio sentí deseos de vomitar tan pronto como percibí el olor de

los rotos frascos de perfume. Pisé las gafas oscuras de Holly; estaban en el

suelo, con los cristales ya rotos y la montura partida por la mitad.

Quizá era ésta la razón por la cual Holly, aquella figura rígida de la cama,

miraba tan cegatamente a José, y no parecía haber visto al médico que,

mientras le tomaba el pulso, canturreaba:

–Jovencita, está usted muy cansada. Mucho. Ahora querrá dormir, ¿verdad

que sí? Ande, duérmase.

Holly se frotó la frente, y se dejó una mancha de sangre porque se había

cortado un dedo.

–Dormir -dijo, y sollozó como un crío exhausto, inquieto-. Sólo él me

dejaba dormir. Y abrazarle las noches frías. Vi una finca en México. Con

caballos. Junto al mar.

José desvió la mirada, la visión de la aguja hipodérmica le mareaba.

–¿Su enfermedad sólo es pesar? – preguntó, y su defectuoso conocimiento

del idioma dio un matiz de involuntaria ironía a la pregunta-. ¿Sólo es pena?

–¿Verdad que no le ha dolido? ¿Verdad que no? – preguntó el médico,

frotando el brazo de Holly con un poco de algodón.

Holly despertó lo suficiente como para enfocar la imagen del médico.

–Todo duele. ¿Dónde están mis gafas? Pero no las necesitaba. Estaban

cerrándosele los ojos por su propia cuenta.

–¿Sólo es pena? – insistió José. – por favor -el médico le trató secamente-,

déjeme solo con la paciente.

José se retiró a la otra habitación, en donde dio rienda suelta a su enfado

contra la presencia fisgona de Madame Spanella, que había entrado de

puntillas.

–¡No me toque, o llamaré a la policía! – gritó la mujer amenazadoramente

mientras él la expulsaba hacia la puerta con maldiciones en portugués.

También consideró la posibilidad de expulsarme a mí; o eso deduje de su

expresión. Pero me invitó a una copa. La única botella entera que logramos

encontrar era de vermut seco.

–Tengo una preocupación -dijo-. Tengo la preocupación de que esto cause

escándalo. Que lo haya roto todo. Que haya hecho locuras. No debo tener

escándalos públicos. Es muy delicado: mi nombre, mi trabajo.

Pareció reanimarse cuando supo que yo no veía motivo alguno de

«escándalo»; destruir las propias pertenencias era, presumiblemente, un asunto

particular de cada uno.

–Es sólo cuestión de pesar -declaró firmemente-. Cuando vino la tristeza,

primero tira la copa que bebe. La botella. Los libros. Una lámpara. Entonces

me asusto. Corro por un médico.

–Pero ¿por qué? – quise saber-. ¿Por qué ha tenido que darle este ataque

por Rusty? En su lugar, yo lo hubiera celebrado.

–¿Rusty?

Yo llevaba todavía el periódico. Le enseñé el titular.

–Ah, eso. – Soltó una sonrisa desdeñosa-. Rusty y Magnos han hecho un

gran favor. Nos hace reír mucho: que ellos crean romper nuestros corazones

cuando lo que nosotros queremos es que se vayan. Se lo aseguro, cuando llegó

la pena estábamos riendo. – Sus ojos recorrieron el estropicio esparcido por el

suelo; recogió un papel amarillo arrugado-. Esto -dijo.

Era un telegrama de Tulip, estado de Texas: Recibida noticia joven Fred

muerto en combate ultramar stop tu marido e hijos compartimos dolor mutua

pérdida stop sigue carta te quiero Doc.

Holly no habló nunca más de su hermano, con una sola excepción. Es más,

dejó de llamarme Fred. Durante junio, julio y los demás meses cálidos estuvo

hibernando como un animal que no se hubiese enterado de que la primavera

había llegado y hasta terminado. Se le oscureció el cabello, engordó. Comenzó

a vestir desaliñadamente: bajaba a la charcutería con el impermeable puesto

directamente encima de la piel. José se mudó a su apartamento, y su nombre

reemplazó al de Mag Wildwood en la tarjeta del buzón. De todos modos,

Holly se pasaba sola muchas horas, porque José se quedaba en Washington

tres días a la semana. Durante sus ausencias Holly no recibía visitas y apenas

salía del apartamento como no fuera los jueves, para su viaje semanal a

Ossining.

Lo cual no quiere decir que la vida hubiese dejado de interesarle; todo lo

contrario, parecía más contenta, muchísimo más alegre que desde que yo la

conocía. Aquel entusiasmo hogareño tan intenso e impropio de ella que de

repente la embargó produjo como resultado una serie de compras también

impropias de ella: en una subasta celebrada en Parke-Bernet adquirió un tapiz

que representaba a un ciervo acorralado, y, de entre las antiguas propiedades

de William Randolph Hearst, una sombría pareja de incómodos sillones

góticos; se compró la Modern Library entera, numerosos discos con los que

llenó varios anaqueles, innumerables reproducciones del Metropolitan

Museum (entre ellas, una escultura china que representaba un gato, y que su

propio gato detestaba y trataba de acobardar con bufidos, para finalmente

destruirla), una batidora, una olla a presión, y toda una biblioteca de libros de

cocina. Hizo de ama de casa durante tardes enteras que dedicó a ordenar de

forma en absoluto sistemática la sauna que era su cocina:

–Dice José que cocino mejor que el Colony. La verdad, ¿cómo hubiese

nadie podido adivinar que yo poseía ese talento natural? Hace un mes ni

siquiera era capaz de hacer unos huevos revueltos.

Y, si vamos a eso, seguía siendo incapaz de hacerlos. Los platos más

sencillos, un bisté, una ensalada como Dios manda, estaban fuera de su

alcance. En lugar de eso solía servirle a José, y también a mí algunas veces,

sopas outré (tortuga negra al brandy servida en cortezas de aguacate), fantasías

neronianas (faisán asado, relleno de granada y placaminero), y otras equívocas

innovaciones (pollo y arroz al azafrán servidos con salsa de chocolate: «Es un

clásico caribeño, cariño»). El racionamiento bélico del azúcar y la crema de

leche suponían un estorbo para su imaginación a la hora de preparar postres;

no obstante, una vez consiguió hacer una cosa llamada tapioca de tabaco;

mejor será no describirlo.

Ni describir tampoco sus intentos de aprender portugués, una ordalía tan

tediosa para ella como para mí, ya que siempre que iba a verla tenía girando en

el gramófono uno de los discos de la Linguaphone. En esa época, además, no

empleaba casi ninguna frase que no empezara por «Cuando ya estemos

casados…, o bien «Cuando vivamos en Río… Y eso a pesar de que José no

había hablado nunca de matrimonio. Cosa que ella reconocía.

Pero, al fin y al cabo, él sabe que estoy embarazada. Sí, guapo, lo estoy.

Seis semanas. No entiendo por qué tiene que sorprenderte una cosa así A mí

no me ha sorprendido. Ni un peu. Estoy encantada. Quiero tener nueve, como

mínimo. Estoy segura de que habrá unos cuantos que saldrán bastante

morenos, José tiene algo de le nègre, ya lo habrás adivinado, ¿no? Pero a mí

me está bien: ¿puede haber algo más bonito que Un recién nacido mulato y

con unos preciosos ojos verdes? Me hubiera gustado, por favor, no te rías, me

hubiera gustado haber sido virgen cuando él me conoció, haber sido virgen

para él. No es que me haya liado con auténticas multitudes, como dicen

algunos: y no culpo a esos bastardos por decirlo, siempre he vivido en plan

loco. Aunque, la verdad, la otra noche eché cuentas y sólo he tenido once

amantes, sin contar lo que pudiera haber ocurrido antes de cumplir los trece

años porque, al fin y al cabo, eso no cuenta. Once. ¿Basta eso para

convertirme en una puta? Fíjate en Mag Wildwood. O en Honey Tucker. O en

Rose Ellen Ward. Han tenido gonorrea tantas veces que ya han perdido la

cuenta. Desde luego, no tengo nada contra las putas. Menos una sola cosa: las

hay que no tienen mala lengua, pero no hay ninguna que tenga buen corazón.

Quiero decir que no puedes follarte a un tío y cobrar sus cheques sin al menos

intentar convencerte a ti misma de que le quieres. Yo lo he intentado siempre.

Incluso con Benny Shacklett y toda esa pandilla de roedores. Logré

hipnotizarme a mí misma hasta convencerme de que aun siendo absolutamente

ratoniles, no carecían de cierto encanto. En realidad, aparte de Doc,

suponiendo que quieras contar a Doc, José es mi primer amor no ratonil. Oh,

no vayas a creer que es mi tipo ideal. Dice mentirijillas y siempre anda

preocupado por lo que pueda pensar la gente, y se baña unas cincuenta veces

al día: los hombres deberían oler, un poco. Es demasiado mojigato, demasiado

prudente para ser mi hombre ideal; siempre se vuelve de espaldas para

desnudarse, y hace demasiado ruido al comer y no me gusta verle correr

porque corre de una forma un tanto ridícula. Si tuviese la libertad de elegir una

persona de entre todas las que hay en el mundo, chasquear los dedos y decir

eh, tú, ven para acá, no elegiría a José. Nehru se aproxima bastante más a lo

que yo pido. O Wendell Wilkie.

Me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que

poder casamos con hombres o mujeres o… Mira, si me dijeras que pensabas

liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en

serio. Habría que permitir toda clase de amor. Soy absolutamente partidaria de

eso. Sobre todo ahora que ya me he hecho una idea bastante aproximada de lo

que es. Porque sí, quiero a José; dejaría de fumar si me lo pidiese. Se porta

como un amigo, es capaz de provocarme la risa hasta incluso cuando tengo la

malea, aunque ahora ya no me viene casi nunca, sólo a veces, e incluso esas

veces no es tan espantosa como para que me dé por tragarme frascos de

Seconal o por ir a Tiffany's: llevo un traje a la tintorería, o preparo unas setas

rellenas, y ya me siento bien, en forma. Otra cosa, he tirado todos los

horóscopos. Debo de haberme gastado un dólar por cada una de las malditas

estrellas que hay en el maldito planetario. Es un fastidio, pero la solución

consiste en saber que sólo nos ocurren cosas buenas si somos buenos.

¿Buenos? Mas bien quería decir honestos. No me refiero a la honestidad en

cuanto a las leyes (podría robar una tumba, hasta le arrancaría los ojos a un

muerto si creyese que así me alegraría un día), sino a ser honesto con uno

mismo. Me da igual ser cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa en

cuestión de sentimientos, o puta: prefiero tener el cáncer que un corazón

deshonesto. Y esto no significa que sea una beata. Soy simple- mente una

persona práctica. De cáncer se muere a veces; de lo otro, siempre. Oh, a la

mierda con este asunto. Anda, pásame la guitarra, voy a cantarte un fado en un

portugués perfecto.

Aquellas últimas semanas, las del final del verano y el comienzo de otro

otoño, aparecen borrosas en mi memoria, quizá debido a que nuestra

comprensión mutua llegó a esos maravillosos extremos en los que llegas a

comunicarte más a menudo por medio del silencio que con palabras: cierta

afectuosa calma reemplaza las tensiones; el parloteo nervioso y la persecución

mutua que suelen producir los momentos más espectaculares, más

superficialmente aparentes de una amistad. Con frecuencia, cuando él no

estaba en Nueva York (acabé sintiendo hostilidad contra él, y raras veces

pronunciaba su nombre), nos pasábamos juntos veladas enteras durante las

cuales apenas si decíamos entre los dos más de cien palabras; en una ocasión

bajamos hasta Chinatown, tomamos una cena a base de chowmein,

compramos farolillos de papel y robamos una caja de incienso, y luego

cruzamos lentamente el Puente de Brooklyn, y desde el puente, mientras

veíamos a los buques que salían hacia alta mar deslizarse por entre acantilados

de incendiados rascacielos, ella me dijo:

–Dentro de unos cuantos años, de muchísimos años, uno de esos barcos me

traerá de regreso con mis mocosos brasileños. Porque, sí, tienen que ver esto,

estas luces, el río… Adoro Nueva York, aunque esta ciudad no sea tan mía

como pueden llegar a serlo algunas cosas, un árbol o una calle o una casa,

algo, en fin, que sea mío porque yo le pertenezco.

Y yo le dije: «Cierra el pico», porque me sentía enfurecedoramente

excluido, apenas un remolcador en el muelle seco mientras ella, deslumbrante

viajera de seguro destino, salía del puerto entre estruendosas sirenas y flotante

confeti.

De modo que los días, esos últimos, revolotean en mi memoria neblinosa,

otoñales, tan iguales los unos a los otros como hojas: hasta que llegó un día

completamente distinto de todos los que he vivido.

Fue por azar el treinta de septiembre, el día de mi cumpleaños, hecho que

no tuvo efecto alguno en los acontecimientos, aparte de que, como yo estaba

esperando la visita de alguna forma de recordatorio pecuniario por parte de mi

familia, me encontraba aguardando con impaciencia la llegada del cartero de

las mañanas. De hecho, bajé a esperarle en la calle. Si no me hubiese

encontrado haraganeando por allí, Holly no me habría pedido que fuese con

ella a montar a caballo; y, en consecuencia, no le hubiese dado aquella

oportunidad de salvarme la vida.

–Anda -me dijo cuando me encontró esperando al cartero-. Ven conmigo al

parque, alquilaremos un par de caballos. – Se había puesto un chaquetón,

tejanos y zapatillas de tenis; se dio una palmada en el estómago, para subrayar

lo plano que lo tenía-. No creas que voy a perder al heredero. Pero es que hay

una yegua, mi queridísima Mabel Minerva… No puedo irme sin haberme

despedido de Mabel Minerva.

–¿Despedido?

–El sábado de la semana próxima. José ya ha comprado los billetes. –

Completamente en trance, dejé que me arrastrara hasta la acera-. Haremos

transbordo de avión en Miami. Luego sobrevolaremos el mar. Y los Andes.

¡Taxi!

Sobrevolar los Andes. Mientras el taxi nos llevaba hacia Central Park tuve

la sensación de estar también yo volando, flotando desoladamente sobre picos

nevados, territorios peligrosos.

–Pero no deberías irte. Al fin y al cabo, para qué. Y bien, para qué. Mira,

no puedes largarte y abandonar a todo el mundo.

–No creo que nadie me eche de menos. No tengo amigos.

–Yo sí. Te echaré de menos. Y también Joe Bell. Y, oh, habrá millones de

personas que te echen de menos. Por ejemplo, Sally. El pobre Mr. Tomato.

–Cómo me gustaba el viejo Sally -dijo, y suspiró-. ¿Sabes que hace todo un

mes que no voy a verle? Cuando le dije que iba a irme se portó como un ángel.

De hecho -dijo, frunciendo el ceño-, pareció encantado de que me fuera al

extranjero. Dijo que mejor que mejor. Porque tarde o temprano habría líos. En

cuanto descubriesen que yo no era su sobrina. Ese abogado gordo,

O'Shaughnessy, me mandó quinientos dólares. Por si acaso. Es el regalo de

bodas de Sally.

Sentí deseos de mostrarme antipático:

–También tendrás un regalo mío. Cuando se celebre la boda, suponiendo

que os caséis.

Ella se rio.

–Pues claro que se casará conmigo. Por la Iglesia. Y con toda su familia

presente. Por eso esperamos a llegar a Río para la boda.

–¿Sabe él que ya estás casada?

–¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quieres echarme el día a perder? Es un día

precioso, no lo estropees.

–Pero sería perfectamente posible…

–No lo es. Ya te lo he dicho. Aquello no fue legal. Es imposible que lo

fuera. – Se frotó la nariz, y me miró de soslayo-. Como se lo cuentes a alguien

te colgaré de los pies, te aliñaré y te asaré como un cerdo.

Las cuadras -creo que ahora hay allí unos estudios de televisión- estaban

en la calle Sesenta y seis oeste. Holly eligió para mí una vieja yegua blanca y

negra de balanceante espinazo.

–No te preocupes, es más segura que la cuna de un bebé.

Lo cual, en mi caso, era una garantía imprescindible, pues mi experiencia

ecuestre no pasaba de los paseos de diez centavos en pony durante las fiestas

de mi infancia. Holly me ayudó a encaramarme sobre la silla, montó luego en

su propio caballo, un animal plateado que se adelantó al mío en cuanto

sorteamos el tráfico de Central Park West y entramos en el camino especial

para jinetes, moteado por las hojas que la brisa hacía bailar en el aire.

–¿Lo ves? – gritó ella-, ¡Es fantástico!

Y de repente lo fue. De repente, mientras miraba el centelleo del multicolor

cabello de Holly a la luz amarillo rojiza que filtraban las hojas, la amé tanto

como para olvidarme de mí mismo, de mis autocompasivas desesperaciones, y

contentarme pensando que iba a ocurrir una cosa que a ella la hacía feliz. Los

caballos adoptaron un trote suave, comenzaron a salpicamos, a fustigamos el

rostro olas de viento, fuimos sucesivamente zambulléndonos en charcos de sol

y de sombra, y cierto júbilo, cierta alegría de vivir intensísima se puso a

brincar en mi interior como si me hubiese tomado una copita de nitrógeno.

Esto duró un minuto; el siguiente dio paso a la farsa, macabramente

disfrazada.

Porque de súbito, como si se tratara de una emboscada de salvajes en la

selva, una pandilla de muchachos negros surgió de entre los matorrales y se

plantó en mitad del camino. Los chicos, soltando abucheos, maldiciones, se

pusieron a tirarles piedras a los caballos y a fustigar con palos sus grupas.

El mío, la yegua blanca y negra, se levantó sobre sus patas traseras,

gimoteó, se balanceó como un funámbulo en la cuerda, y luego salió disparado

como un rayo por el camino, dando tumbos que hicieron que se me salieran

los pies de los estribos, y dejándome así muy mal sujeto a él. Sus cascos

arrancaban chispas de la gravilla. Se inclinó el cielo. Los árboles, un estanque

con veleros de juguete, las estatuas, iban pasando como una exhalación. Las

niñeras corrían a rescatar a los críos para salvarles de nuestra terrible carrera;

los hombres, los vagabundos, y otras personas me gritaban: «¡Tire de las

riendas!» y «¡So, caballo, so!» y «¡Salte!». Sólo más tarde llegué a recordar

esas voces; en aquel momento sólo tenía conciencia de Holly, de su veloz

galopar de cowboy en pos de mí, sin jamás llegar a alcanzarme, repitiéndome

gritos de ánimo a cada momento. Sin parar: cruzamos el parque y salimos a la

Quinta Avenida: desbocada, la yegua se metió en medio del tránsito de

mediodía, por entre taxis y autobuses que giraban brusca, chirriantemente,

para esquivarme. Pasé delante de la mansión Duke, el museo Frick, el Pierre y

el Plaza. Pero Holly fue ganando terreno; es más, un policía a caballo también

andaba persiguiéndome: flanqueando, uno a cada lado, a mi desbocada yegua,

sus caballos llevaron a cabo un movimiento de pinza que la obligó, envuelta

en vapor, a detenerse. Fue entonces cuando, por fin, me caí de la silla. Me caí,

me levanté y me quedé allí plantado, sin saber muy bien en dónde estaba. Se

formó un gran corro. El policía resopló y tomó unos datos; luego se mostró

más amable, sonrió, y dijo que ya se encargaría él de que nuestros caballos

fuesen devueltos a su cuadra.

Holly paró un taxi.

–¿Cómo te encuentras? – Bien.

–Pero si no tienes pulso -dijo, palpándome la muñeca.

–Entonces, será que me he muerto.

–No seas idiota. Esto es grave. Mírame.

El problema era que no podía verla; veía, más bien, varias Hollys, un trío

de rostros sudorosos y tan empalidecidos de preocupación que me sentí a la

vez conmovido y azorado.

–De verdad. No me pasa nada. Sólo que me da vergüenza.

–¿Estás seguro? Por favor, dime la verdad. Podrías haberte matado.

–Pero no ha sido así. Y gracias. Por salvarme la vida. Eres maravillosa.

Unica. Te amo.

–Maldito imbécil.

Me besó en la mejilla. Luego vi cuatro Hollys, y caí desmayado.

Aquella tarde salieron fotos de Holly en la primera plana de la última

edición del Journal-American y en las primeras ediciones del Daily News y

del Daily Mirror. Tanta publicidad carecía por completo de relación con

caballos desbocados. Tenía que ver con un asunto muy diferente, tal como

revelaban los titulares: PLAYGIRL DETENIDA EN UN ESCANDALO POR

NARCOTRAFICO (Journal-American), ACTRIZ DETENIDA POR

CONTRABANDO DE DROGAS (Daily News), DESARTICULADA UNA

RED DE TRAFICANTES. LA POLICIA INTERROGA A UNA JOVEN DEL

GRAN MUNDO (Daily Mirror).

El News era el que publicaba la foto más impresionante: Holly, entre dos

musculosos policías, un hombre y una mujer, en el momento de entrar en la

comisaría. En aquel ambiente tan vil, incluso su forma de vestir (seguía

llevando la ropa de montar a caballo, el chaquetón y los tejanos) hacía pensar

que se trataba de la fulana de algún gángster: y las gafas oscuras, el pelo

revuelto, y el pitillo de marca Picayune que colgaba de sus malhumorados

labios no contribuían precisamente a borrar aquella impresión. El pie de foto

decía:

Holly Goligbtly, de veinte años, guapa starlet y conocida personalidad del

mundillo elegante, ha sido acusada por el fiscal del distrito de ser una de las

figuras clave de una banda dedicada al contrabando internacional de drogas

cuyo jefe parece ser el gángster Salvatore «Sally» Tomato. Los inspectores

Patrick Connor (izq.) y Sheilah Fezzonetti (der.) aparecen en la imagen

conduciéndola a la comisaría de la calle Sesenta y siete. Más información en la

pág. 3.

La información, acompañada por la foto de un hombre identificado como

Oliver «Father» O'Shaughnessy (que ocultaba el rostro bajo un sombrero

flexible), ocupaba tres columnas. Parcialmente condensados, éstos son los

párrafos pertinentes:

Los miembros de la sociedad elegante se quedaron hoy pasmados ante la

detención de la deslumbrante Holly Golightly, una starlet de Hollywood que

cuenta veinte años de edad y que es una de las más conocidas figuras del gran

mundo neoyorquino. A la misma hora, las dos de la tarde, la policía sorprendió

a Oliver O'Shaughnessy, de cincuenta y dos años, alojado en el Hotel Seabord

de la calle Cuarenta y nueve oeste, cuando salía del Hamburg Heaven de

Madison Avenue. Según el fiscal del distrito, Frank L. Donovan, ambos son

figuras destacadas de una red internacional de traficantes cuyo jefe es

Salvatore «Sally» Tomato, el famoso führer de la mafia, que actualmente

cumple en Sing una condena de cinco años por un delito de soborno político…

O'Shaughnessy, un sacerdote que colgó la sotana y que en los círculos de la

delincuencia es conocido por los motes de «Father» y «El Padre», tiene un

historial de detenciones que se remonta a 1934, fecha en la que cumplió dos

años de cárcel en su condición de director de un falso manicomio, El

Monasterio, instalado en Rhode Island. Miss Golightly, que no tiene

antecedentes penales, fue detenida en su magnífico apartamento, situado en un

barrio de lujo del East Side… Aunque la oficina del fiscal del distrito no ha

emitido aún ningún comunicado oficial, fuentes bien informadas aseguran que

la bella actriz rubia, hasta hace poco compañera permanente del

multimillonario Ruthetfurd Trawler, había sido el «enlace» entre Tomato y su

principal lugarteniente, O'Shaughnessy… Fingiendo ser pariente de Tomato,

Miss Golightly visitaba semanalmente, según esas fuentes, la cárcel de Sing

Sing, desde donde Tomato le facilitaba mensajes en clave que ella transmitía

luego a O'Shaughnessy. Gracias a este correo, Tomato, de quien se dice que

nació en Cefalú, Sicilia, en 1874, pudo controlar personalmente una mafia

mundial dedicada al contrabando de narcóticos, con agentes esparcidos por

México, Cuba, Sicilia, Tánger, Teherán y Dakar. Pero la oficina del fiscal del

distrito se ha negado no sólo a ampliar detalles sobre estas acusaciones sino

también a confirmarlas.,. Avisados con antelación, un gran número de

periodistas se encontraban en la comisaría de la calle Sesenta y siete este

cuando los dos acusados han llegado allí para prestar declaración.

O'Shaughnessy, un fornido pelirrojo, se ha negado a hablar con la prensa y le

ha propinado una patada en los riñones a uno de los fotógrafos. En cambio,

Miss Golightly, frágil y despampanante, aunque vestida como un muchacho,

con vaqueros y chaquetón de cuero, no parecía en absoluto preocupada. "A mí

no me pregunten de qué diablos va todo esto" les dijo a los periodistas. "Parce

que je ne sais pas, mes chers" (Porque yo no lo sé, amigos), añadió. «Es cierto,

he visitado a Sally Tomato. Iba a verle cada semana. ¿Acaso tiene eso algo de

malo? Sally cree en Dios, y yo también.»

Más adelante, bajo un ladillo que decía ADMITE SER DROGADICTA:

Miss Golightly sondó cuando uno de los periodistas le preguntó si ella

tomaba drogas. «He probado alguna vez la marihuana. No es ni la mitad de

perjudicial que el brandy. Y sale más barata. Por desgracia, yo prefiero el

brandy. No, Mr. Tomato no me ha hablado nunca de drogas. Me enfurece que

ande persiguiéndole todo ese atajo de desdichados. Es una persona sensible,

religiosa. Un anciano encantador.»

Hay un error especialmente grave en esta información: no la detuvieron en

su «magnífico apartamento». Fue en mi cuarto de baño. Yo estaba tratando de

aliviar mis dolores de jinete en una bañera llena de agua hirviendo con sales de

Epsom; Holly, como una buena enfermera, permanecía sentada en el borde de

la bañera, dispuesta a frotarme con linimento Sloan y meterme en la cama.

Llamaron a la puerta. Como no estaba cerrada, Holly gritó «Pase». Y entró

Madame Sapphia Spanella, seguida por un par de inspectores vestidos de

paisano, uno de los cuales era una mujer que llevaba un par de gruesas trenzas

rubias sujetas en lo alto de la cabeza.

–Ahí está. ¡Ella es la de la orden de busca y captura! – dijo con voz

atronadora Madame Spanella, invadiendo el baño y alzando un dedo acusador

primero contra Holly y luego contra mi propia desnudez-. Ya lo ven. La muy

puta.

El policía pareció azorarse, por culpa de Madame Spanella y de la

situación; pero un austero goce puso en tensión el rostro de su colega, que dejó

caer la mano sobre el hombro de Holly y, con una voz sorprendentemente

aniñada, dijo:

–Ven, chica. Tú y yo nos vamos de paseo.

A lo cual Holly le contestó, con la mayor frialdad:

–Ya puedes sacarme de encima esas manos de palurda, bollera repugnante,

marimacho ridículo.

Esto contribuyó a que la mujer se enfureciese todavía más: le dio a Holly

una tremenda bofetada. Tan tremenda que le hizo volver la cara hacia el otro

lado, y la botella de linimento, que salió despedida, se hizo añicos contra el

suelo, que fue donde yo, que había salido corriendo de la bañera dispuesto a

echar mi cuarto a espadas en la reyerta, la pisé, y a punto estuve de rebanarme

los dos pulgares. Desnudo, y dejando un rastro de huellas ensangrentadas,

seguí el desarrollo de los acontecimientos hasta el mismo portal de la calle.

–Y no te olvides -se las arregló Holly para pedirme mientras los

inspectores la empujaban escaleras abajo- de darle de comer al gato, por favor.

Creí, naturalmente, que Madame Spanella tenía toda la culpa: no era la

primera vez que reclamaba la presencia de las autoridades para quejarse de

Holly. No se me ocurrió que el asunto pudiera tener dimensiones mucho más

calamitosas hasta que, por la tarde, apareció Joe Bell blandiendo los

periódicos. Estaba demasiado nervioso para hablar con sensatez; mientras yo

leía las informaciones, estuvo armando jaleo en mi habitación, golpeándose un

puño contra el otro.

Hasta que por fin dijo:

–¿Crees que es verdad? ¿Es posible que estuviera mezclada en un asunto

tan repugnante?

–Pues sí.

Se metió una pastilla digestiva en la boca y, lanzándome una mirada

llameante, se puso a masticarla como si estuviera triturando mis huesos.

–¿No te da vergüenza? Y decías que eras amigo suyo. ¡Hijo de puta!

–Eh, espera un momento. No he dicho que estuviera mezclada en eso a

sabiendas. Ella no lo sabía. Pero es cierto que lo hacía. Transmitía mensajes y

qué se yo qué más…

–Así que te lo tomas con toda la calma del mundo, ¿eh? – dijo él-. Joder,

pero si podrían caerle diez años. O más. – Me arrancó los periódicos de las

manos-. Tú conoces a sus amigos. Los ricachones ésos. Baja conmigo al bar.

Empezaremos a telefonear. Nuestra amiga necesitará uno de esos abogados

tramposos de postín, y no creo que a mí me alcance para pagarle.

Me encontraba tan dolorido y tembloroso que no hubiera sido capaz de

vestirme solo; tuvo que ayudarme Joe Bell. Una vez en su bar, me empujó

hasta el teléfono, provisto de un martini triple y una copa de brandy repleta de

monedas. Pero no se me ocurría a quién recurrir. José estaba en Washington, y

yo no tenía ni la más remota idea de dónde localizarle allí. ¿Y Rusty Trawler?

¡Ni pensarlo, era un cabrón! Pero ¿qué otros amigos de Holly conocía? Quizá

ella había tenido razón al decir que no tenía ninguno, ningún amigo de verdad.

Puse una conferencia con Crestview 5-6958, de Beverly Hills, el número

en el que me había dicho que podría localizar a O. J. Berman. La persona que

contestó dijo que a Mr. Berman le estaban dando un masaje y que no se le

podía molestar, que lo sentía y que probara más tarde. Joe Bell se puso hecho

una furia, me dijo que tendría que haber dicho que era un asunto de vida o

muerte; y se empeñó en que llamara a Rusty. Hablé primero con el

mayordomo de Mr. Trawler: Mr. y Mrs. Trawler, me comunicó, estaban

cenando, ¿quería que les transmitiera algún recado? Joe Bell gritó en el

auricular:

–Esto es urgente, jefe. De vida o muerte.

El resultado fue que me encontré hablando con, o, mejor dicho,

escuchando a, la chica que de soltera se había llamado Mag Wildwood:

–¿Estás chiflado? – me preguntó-. Mi marido y yo demandaremos, y te lo

digo en serio, a cualquiera que trate de relacionar nuestros nombres con esa asasquerosa,

con esa de- degenerada. Siempre supe que era una drodrogota con

menos sentido ético que una perra en celo. Debería estar en la cárcel. Y mi

esposo está completamente de acuerdo conmigo. Demandaremos, te lo

aseguro, a cualquiera que…

Mientras colgaba, me acordé de Doc, allá en Tulip, estado de Texas. Pero

no, a Holly no le gustaría que le llamase, me mataría.

Volví a marcar el número de California; las líneas estaban ocupadas,

siguieron estándolo, y para cuando O. J. Berman se puso al teléfono, me había

tomado tantos martinis que tuvo que preguntarme por qué le llamaba:

–Es por lo de la niña, ¿no? Ya me he enterado. Ya he hablado con Iggy

Fitelstein. Iggy es el mejor picapleitos de Nueva York. Le he dicho que cuide

de ella, que me mande la minuta, pero que no mencione mi nombre, entiendes.

Bueno, estoy un poco en deuda con la niña. Aunque, si vamos a eso, tampoco

es que le deba nada. Está loca. Es una farsante. Pero una farsante auténtica, ¿lo

recuerdas? En fin, sólo pedían diez mil de fianza. No te preocupes, Iggy la

sacará esta noche. No me extrañaría que ya estuviese en casa.

Pero no lo estaba; tampoco había regresado a la mañana siguiente, cuando

bajé a darle de comer al gato. Como no tenía la llave de su apartamento, bajé

por la escalera de incendios y me colé por una ventana. El gato estaba en el

dormitorio, y no se encontraba solo: había también un hombre agachado junto

a una maleta. Pensando los dos que el otro era un ladrón, cruzamos sendas

miradas inquietas en el momento en que yo entraba por la ventana. Era un

joven de rostro agradado y pelo engominado que se parecía a José; es más, la

maleta que estaba preparando contenía la ropa que José solía tener en casa de

Holly, todos aquellos zapatos y trajes que solían provocar las protestas de ella,

pues siempre tenía que estar enviándolos a arreglar y limpiar. Convencido de

que así era, le pregunté:

–¿Le ha enviado Mr. Ybarra-Jaegar?

–Soy el primo -dijo, con una sonrisa cautelosa y un acento meramente

comprensible.

–¿Dónde está José?

El repitió la pregunta, como si la estuviera traduciendo a otro idioma.

–¡Ah! ¡Dónde está ella! Ella espera -dijo y, como si con esto me hubiera

despedido, reanudó sus actividades de ayuda de cámara.

De modo que el diplomático tenía intención de esfumarse. Bueno, no me

sorprendía; ni tampoco lo lamenté en lo más mínimo. Pero qué decepción.

–Merecería que le azotaran con una fusta.

El primo soltó una sonrisilla boba, estoy seguro de que me entendió. A

continuación cerró la maleta y se sacó una carta del bolsillo:

–Mi primo, ella me pide que deje esto para su amiga. ¿Hará usted el favor?

En el sobre había garabateado: Para Miss H. Golightly.

Me senté en la cama de Holly, abracé su gato contra mí, y sentí por ella

tanta, tantísima pena como la que ella podía estar sintiendo por sí misma.

–Sí, le haré el favor.

Y se lo hice: sin el menor deseo de hacérselo. Pero no tuve valor para

romper la carta; ni la fuerza de voluntad suficiente como para guardármela en

el bolsillo cuando Holly preguntó, en tono muy poco seguro, si, por

casualidad, me había llegado alguna noticia de José. Esto ocurrió al cabo de

dos días, por la mañana; yo estaba sentado junto a su cama en una habitación

que olía a yodo y bacinillas, una habitación de hospital. Se encontraba allí

desde la noche de su detención.

–Pues, chico -me saludó cuando me acerqué de puntillas, con un cartón de

Picayune y un ramito de violetas frescas de otoño-, me quedé sin mi heredero.

Con su pelo vainilla peinado hacia atrás y sus ojos, desprovistos por una

vez de las gafas oscuras, transparentes como agua de lluvia, parecía que no

tuviese ni doce años: no daba la sensación de que hubiese estado tan grave.

Pero era cierto:

–Señor, por poco la palmo. En serio, esa gorda casi me mata. Menudo

escándalo que armó. Me parece que no llegué a hablarte de la gorda. A1 fin y

al cabo, ni yo misma la conocí hasta después de que muriese mi hermano.

Estaba justo pensando dónde estaría Fred, qué significaba eso de que hubiese

muerto; y entonces la vi, estaba conmigo en la habitación, y tenía a Fred en

sus brazos, acunándole, la muy puta, la malea en persona meciéndose con Fred

en su regazo, y riendo como toda una banda de música, ¡Cómo se burlaba de

mí! Pero eso es lo que nos aguarda a todos, amigo mío: esa comediante que

espera para darnos la bronca. ¿Entiendes ahora por qué enloquecí y me puse a

romperlo todo?

Aparte del abogado que contrató O. J. Berman, yo era la única visita

autorizada. Holly compartía su habitación con otros pacientes, un trío de

mujeres que parecían trillizas y me examinaban con un interés que, sin ser

enemistoso, era absolutamente concentrado; estaban siempre susurrando entre

ellas en italiano.

–Creen que eres mi pervertidor. El tipo que me llevó por el mal camino -

me explicó Holly. Y cuando le sugerí que las sacara de su error, replicó-:

Imposible. No saben inglés. De todos modos, no me gustaría echarles a perder

su diversión.

Fue entonces cuando me preguntó por José.

En cuanto vio la carta se puso a bizquear, se le arquearon los labios en una

sonrisilla de entereza que la avejentó inconmensurablemente.

–¿Te importaría -me dijo- abrir ese cajón y darme mi bolso? Para leer esta

clase de cartas hay que llevar los labios pintados.

Guiándose con el espejito de la polvera, se empolvó y se pintó hasta borrar

todo vestigio de su rostro de niña de doce años. Usó un lápiz para los labios, y

otro para colorearse las mejillas. Se marcó los bordes de los ojos, sombreó de

azul sus párpados, se roció el cuello con 4711; se adornó las orejas con perlas

y se puso las gafas oscuras; provista de esta armadura, y tras un insatisfactorio

repaso al descuidado aspecto de su manicura, rasgó el sobre y leyó la carta de

un tirón. Su pétrea sonrisilla fue empequeñeciéndose y endureciéndose por

momentos. Al final me pidió un Picayune.

–Qué fuerte. Pero está divino -me dijo, después de dar una calada; y,

entregándome la carta, añadió-: Quizá te sirva, si alguna vez escribes alguna

historia de amores repugnantes. No seas avaricioso: léela en voz alta. Quiero

oírla.

Empezaba así:

«Queridísima pequeña…

Holly me interrumpió inmediatamente. Quería saber qué opinión me

merecía su letra. No me merecía ninguna; una letra apretada, muy legible, en

absoluto excéntrica.

–Es clavada a él. Abotonada hasta el cuello y restreñida -declaró Holly-.

Sigue.

«Queridísima pequeña:»

Te he amado a sabiendas de que no eres como las demás. Pero piensa en la

desesperación que habré sentido al descubrir de forma tan brutal y pública lo

diferente que eras de la clase de mujer que un hombre de mi religión y mi

carrera necesita como esposa. Lamento sincera y profundamente la desdicha

de las circunstancias en las que ahora te encuentras, y mi corazón no es capaz

de añadir mi propia condena a la condena que te rodea. Tengo que proteger mi

familia, y mi nombre, y cada vez que están en juego esas instituciones me

convierto en un cobarde. Olvídame, bella chiquilla. Ya no vivo aquí. Me he

vuelto a casa. Pero que Dios siga siempre contigo y con tu hijo. Que Dios no

se porte tan mal como José.»

–¿Y bien?

–En cierto modo parece una carta muy honesta. Y hasta conmovedora.

–¿Conmovedora? ¡Toda esa sarta de mentiras acojonadas!

–Pero al menos reconoce que es cobarde; y, desde su punto de vista,

tendrías que comprender…

Holly no quiso admitir que comprendía nada; su rostro, no obstante, a

pesar de su disfraz cosmético, lo confesaba.

–De acuerdo, tiene motivos para ser una rata. Una rata tamaño gigante, a lo

King Kong, igual que Rusty. O que Benny Schacklett. Pero, qué caray, maldita

sea -dijo, llevándose todo el puño a la boca como un crío con una rabieta-, yo

le quería. Quería a esa rata.

El trío de italianas imaginó que aquello era una crise amorosa y,

atribuyendo las quejas de Holly al motivo que según ellas la causaba, me

sacaron la lengua. Me sentí adulado: orgulloso de que alguien creyese que yo

le importaba tanto a Holly. Cuando le ofrecí otro pitillo se tranquilizó un poco.

Tragó el humo y me dijo:

–Bendito seas, chico. Y bendito seas por ser tan mal jinete. Si no hubiese

tenido que hacer de Calamity Jane, ahora estaría esperando que me trajesen la

comida en alguna residencia para madres solteras. Gracias al exceso de

ejercicio, eso se acabó. Pero he acojonado a todo el departamento de policía

porque les dije que fue por culpa de la bofetada que me pegó Miss Bollera. Sí,

señor, puedo demandarles por varios cargos, entre ellos el de detención

indebida.

Hasta ese momento habíamos evitado toda mención de sus más siniestras

tribulaciones, y esta alusión en tono humorístico me pareció descorazonadora,

patética, en la medida en que revelaba de forma definitiva su incapacidad para

hacerse cargo de la negra realidad que la aguardaba.

–Mira, Holly -dije, pensando: sé fuerte, maduro, como un tío suyo-. Mira,

Holly. No podemos hacer como si esto fuera un chiste. Hemos de idear algún

plan.

–Eres demasiado joven para adoptar esos aires de seriedad. Demasiado

bajito. Y, por cierto, y ¿a ti qué te importa lo que me pase a mí?

–Podría no importarme. Pero eres amiga mía, y estoy preocupado. Quiero

averiguar qué piensas hacer.

Ella se frotó la nariz, y concentró la mirada en el techo.

–Hoy es miércoles, ¿no? Pues supongo que dormiré hasta el sábado, pienso

concederme un buen schluffen. El sábado por la mañana pasaré un momento

por el banco. Luego iré a casa, recogeré un par de camisones y mi

Mainbocher.

Tras lo cual, pasaré por Idlewild. Como sabes, me espera allí una

magnífica reserva para un magnífico avión. Y, siendo como eres un buen

amigo, tú vendrás a despedirme. Deja de decir que no con la cabeza, por favor.

–Holly, Holly. No deberías hacer nada de eso.

–Et pourquoi pas? No voy a ir corriendo en pos de José, si es eso lo que

temes. De acuerdo con mi censo, José es un simple ciudadano del limbo. Pero

¿por qué desperdiciar un billete tan magnífico, y que ya está pagado? Además,

no he estado nunca en Brasil.

–¿Se puede saber qué clase de píldoras han estado suministrándote aquí?

¿No comprendes que estás pendiente de una grave acusación? Si te pillan

saltándote las normas de la fianza a la torera, te encerrarán y luego tirarán la

llave. Y aunque no te pillen, jamás podrás regresar a tu país.

–Bien, y qué, aguafiestas. De todas maneras, tu país es aquél en donde te

sientes a gusto. Y aún estoy buscándolo.

–No, Holly, es una estupidez. Eres inocente. Tienes que aguantar hasta que

esto acabe.

Me dijo «Ra, ra, ra», y me sopló el humo a la cara. No obstante, había

conseguido impresionarla; sus ojos estaban dilatados por visiones de desdicha,

al igual que los míos: celdas de hierro, pasillos de acero en los que iban

cerrándose sucesivas puertas.

–No te jode -dijo, y aplastó el pitillo con rabia-. Tengo bastantes

probabilidades de que no me pillen. Sobre todo si tú mantienes la bouche

fermée. Mira, guapo, no me subvalores. – Apoyó su mano en la mía y me la

apretó con repentina e inmensa sinceridad-. No tengo mucho en donde elegir.

Lo he hablado con el abogado; bueno, a él no le dije nada de lo de Río, sería

capaz de avisar él mismo a la bofia antes que perder sus honorarios, y toda la

pasta que O. J. Berman tuvo que poner para la fianza. Bendito sea O. J.; pero

una vez, en la costa del Pacífico, le ayudé con más de diez mil en una mano de

póquer: estamos empatados. No, en realidad el problema es éste: lo único que

la bofia quiere de mí es que les sirva gratis un par de presas, y que les preste

mis servicios como testigo de la acusación contra Sally. Nadie piensa

juzgarme a mí, no tienen ni la más mínima posibilidad de condenarme. Mira,

guapito, quizá esté podrida hasta el fondo mismo de mi, corazón, pero no

estoy dispuesta a dar testimonio contra un amigo. No pienso hacerlo, aunque

logren demostrar que Sally dopó a una monja. Trato a las personas como ellas

me tratan a mí, y el viejo Sally, de acuerdo, no fue del todo sincero conmigo,

digamos que se aprovechó un poco de mí, pero de todos modos sigue siendo

un buen tipo, y prefiero que esa policía gorda me secuestre antes que ayudar a

que esos leguleyos fastidien a Sally. – Alzando el espejo de la polvera frente a

su rostro, y arreglándose el carmín con un pañuelo arrugado, prosiguió-: Y,

para serte sincera, eso no es todo. Hay cierto tipo de focos que son muy

perjudiciales para la tez de una chica. Aunque el jurado me otorgara el título

del Corazón Más Generoso del Año, en este barrio no tendría futuro: me

cerrarían igualmente las puertas de todos los sitios, desde La Rue hasta el

Perona's Bar and Grill. Créeme, me recibirían tan bien como a la peste. Y si

tuvieras que vivir del tipo de talento que tengo yo, cariño, comprenderías muy

bien a qué clase de bancarrota estoy refiriéndome. En absoluto, no me hace

ninguna gracia una escena final en la que yo apareciese bailando un agarrado

en el Roseland con algún patán del West Side, mientras la elegante señora de

Trawler pasea su tartamudeo por Tiffany's. No lo soportaría. Prefiero

enfrentarme a la gorda.

Una enfermera, que se coló sigilosamente en la habitación, me dijo que la

hora de visita se había terminado. Holly comenzó a quejarse, pero no pudo

seguir porque le metieron un termómetro en la boca. Pero, cuando yo me

despedí, se lo quitó para decirme:

–Hazme un favor, anda. Llama al New York Times o adonde haya que

llamar, y consígueme una lista de los cincuenta hombres más ricos del Brasil:

da igual la raza o el color. Otro favor: busca en mi apartamento esa medalla

que me diste, y no pares hasta encontrarla. La de San Cristóbal. La necesitaré

para el viaje.

La noche del viernes el cielo estaba rojo, tronaba, y el sábado, fecha de la

partida, la ciudad entera zozobraba bajo una verdadera tempestad marina. No

hubiera sido de extrañar que apareciesen tiburones nadando por el cielo, pero

parecía improbable que ningún avión consiguiera atravesarlo.

Pero Holly, haciendo caso omiso de mi animado convencimiento de que el

vuelo no despegaría, siguió haciendo sus preparativos, aunque debo añadir que

la mayor parte de esa carga la hizo recaer sobre mis hombros. Porque había

decidido que no sería prudente de su parte acercarse siquiera al edificio de

piedra arenisca. Y tenía toda la razón: estaba vigilado, no se sabía si por

policías, reporteros u otros posibles interesados: había, simplemente, algún

hombre, a veces varios, rondando siempre por allí. De modo que Holly se fue

directamente del hospital a un banco, y luego al bar de Joe Bell.

–Cree que no la han seguido -me dijo Joe Bell cuando llegó con el recado

de que Holly quería que me reuniese allí con ella lo antes posible, al cabo de

media hora como máximo, cargado con-: Las joyas. La guitarra. Cepillo de

dientes y todo eso. Y una botella de un brandy de hace cien años, dice que la

encontrarás escondida en el fondo del cesto de la ropa sucia. Sí, ah, y el gato.

Quiere el gato. Aunque, diablos -dijo-, no estoy muy seguro de que esté bien

que la ayudemos. Habría que protegerla de sí misma. A mí me vienen ganas de

decírselo a la poli. Podría volver al bar y darle unas cuantas copas, a lo mejor

la emborracho lo suficiente como para que se quede.

A trompicones, subiendo y bajando a toda velocidad la escalera de

incendios entre su apartamento y el mío, azotado por el viento y calado hasta

los huesos (y también arañado hasta esos mismos huesos, porque al gato no le

gustó la idea de la evacuación, sobre todo con un tiempo tan inclemente) me

las arreglé para reunir con notable eficacia las pertenencias que Holly quería

llevarse. Incluso encontré la medalla de San Cristóbal. Lo amontoné todo en el

suelo de mi habitación hasta construir una conmovedora pirámide de

sujetadores y zapatillas y fruslerías, que luego metí en la única maleta que

Holly poseía. Introduje los montones de cosas que no cupieron allí en bolsas

de papel de las de la tienda de comestibles. No se me ocurría cómo llevar el

gato, hasta que decidí hundirlo en una funda de almohada.

No importa ahora el porqué, pero en una ocasión me recorrí a pie todo el

camino que va desde Nueva Orleans hasta Nancy's Landing (Mississippi), casi

ochocientos kilómetros. Pues bien, aquello fue una nadería en comparación

con el viaje hasta el bar de Joe Bell. La guitarra se llenó de lluvia, la lluvia

ablandó las bolsas de papel, las bolsas se rompieron y se derramó el perfume

por la acera y las perlas cayeron rodando en las alcantarillas, y todo eso

mientras el viento me empujaba y el gato lanzaba arañazos y maullidos; pero

lo peor de todo era que tenía muchísimo miedo: yo era tan cobarde como José;

me parecía que aquellas calles batidas por la tempestad se encontraban

infestadas de presencias invisibles que de un momento a otro me atraparían,

me encarcelarían por estar ayudando a una delincuente.

–Llegas tarde, chico -dijo la delincuente-. ¿Has traído el brandy?

Y el gato, una vez en libertad, saltó y se instaló sobre su hombro, desde

donde comenzó a balancear la cola como si se tratase de una batuta dirigiendo

alguna rapsodia. También Holly parecía habitada por cierta melodía, airoso

chumpachum-pachum de bon voyage. Abrió la botella de brandy y me dijo:

–Tenía que haber formado parte de mi ajuar de novia. Mi idea era pegarle

un trago en cada aniversario. Gracias a Dios, jamás llegué a comprarme el

baúl donde meterlo todo. Mr. Bell, tres copas.

–Sólo harán falta dos -le dijo él-. No pienso beber por el éxito de esta

locura.

Cuanto más trataba ella de camelarle («Ay, Mr. Bell. No todos los días

desaparece la dama. ¿Seguro que no quiere brindar por ella?»), de peor humor

iba poniéndose él:

–No pienso participar en nada de esto. Si piensa irse al infierno, tendrá que

hacerlo sin mi ayuda.

Una afirmación, por cierto, inexacta: pues al cabo de unos segundos de

haberla pronunciado frenó delante del bar una limousine con chófer, y Holly,

la primera que se fijó, dejó su copa en la barra y enarcó las cejas como si

creyese que iba a apearse el fiscal del distrito en persona. Lo mismo me

ocurrió a mí. Y cuando vi que Joe Bell se azoraba no tuve más remedio que

pensar, Santo Dios, de modo que sí ha llamado a la policía. Hasta que, con las

orejas al rojo, anunció:

–No os preocupéis. Sólo es uno de esos Cadillac de la Carey. Lo he

alquilado yo. Para que la lleve al aeropuerto.

Nos dio la espalda y se puso a manipular uno de sus ramos.

–Tenga la amabilidad, querido Mr. Bell -le dijo Holly-. Vuélvase a

mirarme.

Él se negó a hacerlo. Sacó las flores del jarrón y se las tiró a Holly; pero

falló el blanco, y se esparcieron por el suelo.

–Adiós -dijo Joe Bell; y, como si estuviera a punto de vomitar, se escabulló

en dirección al retrete de caballeros. Oímos correr el cerrojo.

El chófer de la Carey era un espécimen con mucho mundo que aceptó

nuestro chapucero equipaje de la forma más cortés, y que mantuvo su

expresión pétrea cuando, mientras la limousine se deslizaba hacia la parte alta

de la ciudad bajo una lluvia no tan torrencial como antes, Holly se desnudó de

la ropa de montar a caballo que aún no había tenido oportunidad de cambiarse,

y logró ponerse con no pocas contorsiones un ajustado vestido negro. No

dijimos nada: hablar nos habría conducido a discutir; y, por otro lado, Holly

parecía demasiado preocupada como para sostener una conversación. Tarareó

para sí, dio algunos tragos de brandy, estuvo acercándose una y otra vez a la

ventanilla para mirar afuera, como si buscara unas señas; o, según acabé

deduciendo, para llevarse una última impresión de unos escenarios que quería

recordar. Pero no lo hacía por ninguna de esas dos cosas. Sino por esta otra:

–Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una

calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las

guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría

los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el

viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el

cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la

cabeza y preguntó:

–¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro

como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que

formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como

él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal

vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly

dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

–¡Te digo que te largues por ahí a tomar por…! – gritó Holly, y entró en el

coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

–La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

–Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está.

Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada.

Nunca… -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida

hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en

rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había

nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba

meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que

cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas

mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría

de un lado para otro gritando:

–Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó

hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

–¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia

el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por

encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere

por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se

estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer. – Joder. Éramos el

uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

–Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de

alegría.

–Pero ¿y yo? – dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho

miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no

saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer

gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de

escupir aunque me fuera en ello la vida. – Subió al coche, se hundió en el

asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.

DESAPARECE LA CHICA DE TOMATO. Y: SE TEME QUE LA

ACTRIZ COMPLICADA EN EL CASO DE LOS TRAFICANTES HAYA

SIDO VICTIMA DE LA MAFIA. Sin embargo, pasado algún tiempo la prensa

informó: APARECE EN RIO LA PISTA DE LA ACTRIZ DESAPARECIDA.

Las autoridades norteamericanas no hicieron, al parecer, ningún esfuerzo por

recobrarla, y el caso fue perdiendo importancia hasta quedar reducido a alguna

que otra mención en las columnas de cotilleo; como gran noticia, sólo resucitó

una vez: por Navidad, pues Sally Tomato murió de un ataque cardíaco en Sing

Sing. Transcurrieron los meses, todo un invierno, sin que me llegara ni una

sola palabra de Holly. El propietario del edificio de piedra arenisca vendió las

pertenencias que ella había abandonado: la cama de satén blanco, el tapiz, sus

preciosos sillones góticos; un nuevo arrendatario alquiló el apartamento, se

llamaba Quaintance Smith y reunía en sus fiestas un número de caballeros

ruidosos tan elevado como Holly en sus mejores tiempos, pero en este caso

Madame Spanella no puso objeciones, es más, idolatraba al jovencito, y le

proporcionaba un filet mignon cada vez que aparecía con un ojo a la funerala.

Pero en primavera llegó una postal: «Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires

es aún mejor. No es Tiffany's, pero casi. Tengo pegado a la cadera a un

«Señor» divino. ¿Amor? Creo que sí. En fin, busco algún lugar adonde irme a

vivir (el Señor tiene esposa, y siete mocosos) y te daré la dirección en cuanto

la sepa. Mille tendresses.» Pero la dirección, suponiendo que llegase a haberla,

jamás me fue remitida, lo cual me entristeció, tenía muchísimas cosas que

decirle: vendí dos cuentos, leí que los Trawler habían presentado sendas

demandas de divorcio, estaba a punto de mudarme a otro lugar porque la casa

de piedra arenisca estaba embrujada. Pero, sobre todo, quería hablarle de su

gato. Había cumplido mi promesa; le había encontrado. Me costó semanas de

rondar, a la salida del trabajo, por todas aquellas calles del Harlem latino, y

hubo muchas falsas alarmas: destellos de pelaje atigrado que, una vez

inspeccionados detenidamente, no eran suyos. Pero un día, una fría tarde

soleada de invierno, apareció. Flanqueado de macetas con flores y enmarcado

por limpios visillos de encaje, le encontré sentado en la ventana de una

habitación de aspecto caldeado: me pregunté cuál era su nombre, porque

seguro que ahora ya lo tenía, seguro que había llegado a un sitio que podía

considerar como su casa. Y, sea lo que sea, tanto si se trata de una choza

africana como de cualquier otra cosa, confío en que también Holly la haya

encontrado.


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