Desayuno en Tiffany's - Truman Capote
Desayuno en Tiffany's
[Cuento largo - Texto completo.]
Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas
y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de
las Setenta Este donde, durante los primeros años de la guerra, tuve mi primer
apartamento neoyorquino. Era una sola habitación atestada de muebles de
trastero, un sofá y unas obesas butacas tapizadas de ese especial y rasposo
terciopelo rojo que solemos asociar a los trenes en día caluroso. Tenía las
paredes estucadas, de un color tirando a esputo de tabaco mascado. Por todas
partes, incluso en el baño, había grabados de ruinas romanas que el tiempo
había salpicado de pardas manchas. La única ventana daba a la escalera de
incendios. A pesar de estos inconvenientes, me embargaba una tremenda
alegría cada vez que notaba en el bolsillo la llave de este apartamento; por
muy sombrío que fuese, era, de todos modos, mi casa, mía y de nadie más, y la
primera, y tenía allí mis libros, y botes llenos de lápices por afilar, todo cuanto
necesitaba, o eso me parecía, para convertirme en el escritor que quería ser.
Holly Golightly era una de las inquilinas del viejo edificio de piedra
arenisca; ocupaba el apartamento que estaba debajo del mío. Por lo que se
refiere a Joe Bell, tenía un bar en la esquina de Lexington Avenue; todavía lo
tiene. Holly y yo bajábamos allí seis o siete veces al día, aunque no para tomar
una copa, o no siempre, sino para llamar por teléfono: durante la guerra era
muy difícil conseguir que te lo instalaran. Además, Joe Bell tomaba los
recados mejor que nadie, cosa que en el caso de Holly Golightly era un favor
importante, porque recibía muchísimos.
Todo esto pasó, naturalmente, hace un montón de tiempo, y, hasta la
semana pasada, hacía años que no veía a Joe Bell. Alguna que otra vez nos
habíamos puesto en contacto, y en ocasiones me había dejado caer por su bar
cuando pasaba por el barrio; pero nunca habíamos sido en realidad grandes
amigos, excepto en el sentido de que ambos éramos amigos de Holly
Golightly. Joe Bell no tiene un carácter precisamente afable, tal como él
mismo reconoce, aunque dice que es por culpa de su soltería y de las malas
pasadas que le gasta su estómago. Todos los que le conocen bien saben que no
es fácil conversar con él. Y que resulta hasta imposible si no tienes sus mismas
obsesiones, entre las cuales se cuenta Holly. De las otras mencionaré el hockey
sobre hielo, los perros de raza Weimaraner, Our Gal Sunday (un serial
radiofónico de baja estofa que lleva oyendo desde hace quince años), y Gilbert
y Sullivan: afirma estar emparentado con uno de los dos, no recuerdo cuál.
De modo que cuando, el pasado martes por la tarde, sonó el teléfono y oí
«Soy Joe Bell», supe que tenía que ser por algo referente a Holly. No lo dijo,
sólo:
–¿Puedes venir a toda mecha? Es importante.
Y su voz afónica temblaba de excitación.
Tomé un taxi bajo un chaparrón otoñal, y por el camino llegué incluso a
pensar que quizá Holly hubiera regresado, que quizá volvería a verla.
Pero en el local no había nadie más que el dueño. El bar de Joe Bell es un
sitio tranquilo en comparación con la mayor parte de los que hay en Lexington
Avenue. No ostenta neones ni televisor. Dos viejos espejos reflejan el tiempo
que hace en la calle; y detrás de la barra, en un nicho rodeado de fotos de
estrellas del hockey sobre hielo, siempre hay un gran jarrón de flores frescas
que el propio Joe Bell arregla con maternal cuidado. Eso es lo que estaba
haciendo cuando entré.
–Desde luego -dijo, hundiendo un gladiolo en el jarrón-, desde luego que
no te hubiese hecho venir si no fuera porque quería oír tu opinión. Es muy
raro. Ha pasado una cosa rarísima.
–¿Has tenido noticias de Holly?
Palpó una hoja, como si no estuviera seguro de cómo contestarme. Es un
hombre bajito con una magnífica melena de áspero pelo blanco, y una cara
huesuda y en declive que le sentaría mejor a una persona más alta; su tez suele
estar siempre bronceada: en aquel momento se le enrojeció.
–No puedo decir exactamente que haya tenido noticias de ella. En fin, no
estoy seguro. Por eso quiero tu opinión. Espera, te prepararé un cóctel. Es
nuevo. Lo llaman White Angel -dijo, mezclando la mitad de vodka con la
mitad de ginebra, sin vermut.
Mientras yo me bebía el resultado, Joe Bell estuvo chupando una pastilla
para el estómago y dándole vueltas a lo que tenía que decirme.
–¿Te acuerdas -dijo por fin, de un tal Mr. I. Y. Yunioshi, aquel señor del
Japón?
–De California -dije, recordando perfectamente a Mr. Yunioshi. Es
fotógrafo de una revista ilustrada, y cuando le conocí vivía en el estudio del
último piso de la casa de piedra arenisca.
–No trates de liarme. Sólo te pregunto si sabes a quién me refiero. Bien.
Pues ayer noche se presenta aquí ni más ni menos que el mismísimo Mr. I. Y.
Yunioshi. No le había visto, bueno, desde hace más de dos años. ¿Y dónde
dirías que ha estado durante estos dos años?
–En África. Joe Bell dejó de machacar su pastilla, entrecerró los ojos:
–¿Y cómo lo sabes?
–Lo ha contado Winchell.
Y así era, de hecho.
Abrió, con acompañamiento de un tintineo, la registradora, y sacó un sobre
de papel manila.
–Muy bien, pues a ver si Winchell también ha contado esto.
En el sobre había tres fotos más o menos iguales, pero tomadas desde
distintos ángulos: un negro alto y delicado, con falda de calicó y una sonrisa
tímida pero vanidosa, mostraba en sus manos una extraña escultura de madera,
una talla alargada que representaba una cabeza, la de una chica de pelo liso y
tan corto como el de un hombre, con sus lustrosos ojos de madera
desproporcionadamente grandes y sesgados en el ahusado rostro, y los labios
gruesos, excesivamente marcados, casi como los de un payaso. A primera vista
parecía una talla muy primitiva; pero luego no, porque aquello era la viva
imagen de Holly Golightly, todo lo parecido a ella que podía esperarse de
aquel objeto negro y quieto.
–¿Qué me dices de esto? – dijo Joe Bell, satisfecho de mi sorpresa.
–Se le parece.
–Mira, chico -y descargó una palmada sobre la barra-, es ella. Como que
me llamo Joe. Ese enano japonés supo que lo era en cuanto la vio.
–¿La vio? ¿En África?
–Bueno. Sólo esta estatua. Pero es lo mismo. Lee tú mismo lo que dice
aquí -dijo, dándole la vuelta a una de las fotografías. En el reverso decía: Talla
de Madera. Tribu S, Tococul, East Anglia, Navidad, 1956.
–Esto es lo que dice el nipón -dijo Joe, y la historia era la siguiente: el día
de Navidad, Mr. Yunioshi pasó con su cámara por Tococul, una aldea perdida
en el laberinto del quinto infierno, y que aquí no nos interesa, un simple
montón de chozas de barro con monos en la puerta y buitres en el techo.
Cuando ya había decidido seguir su camino, Mr. Yunioshi se fijó de repente en
un negro sentado en cuclillas junto a su choza. Estaba tallando monos en un
bastón. A Mr. Yunioshi le llamó la atención su trabajo, y le rogó que le
permitiera ver otras muestras. Tras lo cual le enseñaron la talla de la cabeza de
una joven: y tuvo la sensación, o así al menos me lo contó Joe Bell, de estar
sumergiéndose en un sueño. Pero cuando dijo que quería comprarla, el negro
se cogió las partes con la mano (un ademán al parecer amable, algo así como
llevarse la palma al corazón) y se negó a vender. Ni un medio kilo de sal más
diez dólares, ni tampoco un reloj de pulsera más un kilo de sal más veinte
dólares, bastaron para convencerle. Mr. Yunioshi estaba decidido a averiguar
de la forma que fuese cómo había llegado a realizar aquella talla. Y le costó su
sal y su reloj, pero al final le contaron la anécdota en una mezcla de africano,
afroinglés y señas. Le pareció entender que la anterior primavera había
aparecido de entre la maleza un grupo de tres blancos montados a caballo. Una
joven y dos hombres. Los hombres, con los ojos enrojecidos por la fiebre, se
vieron obligados a permanecer varios días temblando en una choza aislada,
mientras que la joven, que se encaprichó del escultor, compartió su jergón con
él.
–Esta parte de la historia no me la creo -dijo el mojigato Joe Bell-. Sé que
Holly era como era, pero no creo que pudiese llegar ni de lejos a una cosa así.
–¿Y luego?
–Luego, nada -se encogió de hombros-. Al cabo de un tiempo se fue tal
como había llegado, montada a lomos de un caballo.
–¿Sola, o con los dos hombres?
–Supongo que con los dos hombres -parpadeó Joe Bell-. Pues bien, el
nipón estuvo preguntando por ella a lo largo y ancho de todo el país. Pero
nadie más la había visto. – Luego ocurrió como si Joe notara que se le filtraba
mi propia decepción, y no quisiera contagiarse-. Tendrás que admitir al menos
una cosa: es la primera noticia concreta que nos llega desde hace no sé cuántos
-contó con los dedos, pero no le bastaron- años. Espero al menos que se haya
hecho rica. Tiene que serio. Hay que ser rico para andar perdiendo el tiempo
por África.
–Probablemente jamás haya pisado África -dije, muy convencido; y, sin
embargo, podía imaginármela allí, era un sitio al que podía haber ido. Y la
cabeza tallada: volví a mirar las fotos.
–Ya que tanto sabes, ¿dónde está?
–Habrá muerto. O estará en un manicomio. O se habrá casado.
Joe reflexionó un momento.
–No -dijo, sacudiendo negativamente la cabeza-. Y te diré por qué. Si
estuviera aquí, yo la habría visto. Si una persona a la que le gusta caminar, una
persona como yo, alguien que lleva diez o doce años caminando por estas
calles, y que durante todos estos años ha estado buscándola, no la ha visto ni
una sola vez, ¿no es para pensar que no está aquí? Veo partes de ella
constantemente, un culito plano, una chica flaca que anda tiesa y a buen
paso… -Hizo una pausa, como si le azotase la fijeza con que le estaba
mirando-. ¿Crees que estoy majara?
–Sólo que no me había enterado de que estuvieses enamorado de ella.
Hasta ese punto.
Lamenté haberlo dicho; le desconcertó. Recogió las fotos y volvió a
meterlas en el sobre. Miré la hora en mi reloj. No tenía que ir a ningún lado,
pero me pareció que lo mejor sería largarme.
–Espera -dijo, agarrándome de la muñeca-. La quería, claro. Pero nunca se
me ocurrió tocarla. -Y, sin sonreír, añadió-: Tampoco creas que no pienso en
esas cosas. Incluso a mi edad, y el diez de enero cumpliré los sesenta y siete.
Es curioso, pero, cuanto más viejo me hago, más pienso en esas cosas. No
recuerdo haber pensado tanto en ellas cuando era joven, y ahora en cambio me
ocurre a cada momento. Quizá sea porque cuanto más viejo te haces, menos
fácil es llevar esos pensamientos a la práctica, quizá por que se te queda todo
encerrado en la cabeza y se te convierte en una carga. Pero -se sirvió una
medida de whisky y se la bebió de un trago- jamás haré nada deshonroso. Y te
juro que jamás me cruzó siquiera la imaginación la idea de hacerle algo a
Holly. Se puede querer a una persona sin que pasen esas cosas. Se puede tratar
a esa persona como a una desconocida, una desconocida que es tu amiga.
Entraron dos hombres en el bar, y pareció el momento oportuno para irse.
Joe Bell me siguió hasta la puerta. Volvió a atraparme por la muñeca.
–¿Lo crees?
–¿Que jamás quisiste ni tocarla?
–No, me refiero a lo de África.
En aquel momento era como si no pudiese recordar la anécdota, sólo la
imagen de Holly alejándose, a caballo.
–De todos modos, ha desaparecido.
–Sí -dijo él, abriendo la puerta-. Ha desaparecido.
Afuera había dejado de llover, no quedaba más que un resto de niebla en el
aire, de modo que volví la esquina y anduve por la calle en donde se encuentra
el edificio de piedra arenisca. Es una calle con árboles que durante el verano
forman frescos dibujos en la acera; pero las hojas estaban ahora amarilleadas,
habían caído en su mayor parte, y la lluvia las había dejado resbaladizas,
patinaban bajo mis suelas. La casa está a mitad de la manzana, junto a una
iglesia en cuya torre azulada da las horas el reloj. La casa ha sido remozada
después de que yo me fuera; una elegante puerta negra reemplaza el viejo
cristal deslustrado, y unas bonitas contraventanas grises enmarcan las
ventanas. Ahora no vive allí ningún vecino del que yo guarde algún recuerdo,
con la sola excepción de Madame Sapphia Spanella, una ronca soprano que
cada tarde se iba a patinar a Central Park. Sé que sigue viviendo allí porque
subí los peldaños y miré los buzones. Fue uno de estos buzones lo primero que
me condujo a enterarme de la existencia de Holly Golightly.
Llevaba más o menos una semana viviendo en esa casa cuando me fijé en
la curiosa tarjeta colocada en el buzón del apartamento 2. Las letras impresas,
tan elegantes como si fuese una tarjeta de Cartier, decían: Miss Holiday
Golightly, y, debajo, en una esquina, Viajera. Sonaba tan fastidioso como una
canción. Miss Holiday Golihgtly, Viajera.
Una noche, bastante más tarde de las doce, me despertó la voz de Mr.
Yunioshi, que gritaba por el hueco de la escalera. Como él vivía en el último
piso, su voz bajaba por toda la casa, exasperada y severa.
–¡Miss Golightly! ¡Tengo que presentarle mis quejas!
La voz que regresó, emergiendo desde el fondo de la escalera, era juvenil y
guasona.
–¡Ay, chico, no sabe cuánto lo siento! He vuelto a perder la maldita llave.
–No debe seguir llamando a mi timbre. Por favor, se lo pido por favor,
encargue una llave nueva.
–Es que las pierdo todas.
–Yo trabajo. Tengo que dormir -gritó Mr. Yunioshi-. Y usted siempre está
llamando a mi timbre… "
–Oh, pero no se enfade, buen hombre, que no volveré a hacerlo. Y, si me
promete que no se va a enfadar -su voz se iba acercando a medida que subía la
escalera-, dejaré que me haga esas fotos de las que hablamos.
En ese momento ya me había levantado de la cama y abierto la puerta un
centímetro. Pude oír el silencio de Mr. Yunioshi: oírlo porque estaba
acompañado por un audible cambio de respiración.
–¿Cuándo? – dijo por fin.
La chica se puso a reír.
–Algún día -contestó la chica, arrastrando las palabras.
Salí al rellano y me asomé a la barandilla, lo suficiente como para ver sin
ser visto. Ella seguía subiendo la escalera, llegó a su piso, y la luz del rellano
iluminó la mezcolanza de colores de su pelo cortado a lo chico, con franjas
leonadas, mechas de rubio albino y rubio amarillo. Era una noche calurosa,
casi de verano, y Holly llevaba un fresco vestido negro, sandalias negras,
collar de perlas. Pese a su distinguida delgadez, tenía un aspecto casi tan
saludable como un anuncio de cereales para el desayuno, una pulcritud de
jabón al limón, una pueblerina intensificación del rosa en las mejillas. Tenía la
boca grande, la nariz respingosa. Unas gafas oscuras le ocultaban los ojos. Era
una cara que ya había dejado atrás la infancia, pero que aún no era de mujer.
Pensé que podía tener entre dieciséis y treinta años; resultó finalmente que le
faltaban dos tímidos meses para cumplir los diecinueve.
No estaba sola. Un hombre la seguía. El modo en que su rolliza mano le
rodeaba la cadera parecía en cierto modo indecoroso; no moral, sino
estéticamente. Era bajo y ancho, de pelo abrillantinado y moreno artificial, un
tipo encorsetado por su traje a rayas, y con un marchito clavel rojo en el ojal.
Cuando llegaron a la puerta ella se puso a revolver el bolso en busca de la
llave, y ni se dio por enterada de que los gruesos labios de aquel tipo le
estaban hociqueando la nuca. Por fin, sin embargo, tras encontrar la llave y
abrir la puerta, Holly se volvió cordialmente hacia él:
–Gracias, chato… Has sido muy amable acompañándome hasta aquí.
–¡Eh, nena! – dijo él, porque estaban cerrándole la puerta en las narices.
–Dime, Harry.
–Harry era el otro. Yo soy Sid. Sid Arbuck. Sé que te gusto.
–Te adoro, Arbuck. Pero buenas noches, Arbuck.
Mr. Arbuck se quedó mirando con incredulidad la puerta, que se cerró
firmemente.
–Eh, nena, déjame entrar, anda. Sé que te gusto. Les gusto a todas. ¿No me
he hecho cargo yo de la cuenta, cinco personas, amigos tuyos, gente a la que
jamás había visto hasta hoy? ¿No me da eso derecho a gustarte? Sé que te
gusto, nena.
Dio unos golpes suaves a la puerta, y luego otros más fuertes; al final
retrocedió unos cuantos pasos, con el cuerpo encorvado y agachado, como si
tuviera intención de cargar contra ella. Pero en lugar de eso se lanzó escaleras
abajo, no sin descargar un puñetazo contra la pared. Justo cuando llegó a la
planta baja, se abrió la puerta del apartamento de la chica, que asomó la
cabeza.
–Oh, Arbuck…
Él se volvió, con el rostro lubrificado por una sonrisa de alivio: la chica
estaba de guasa, eso era todo.
–La próxima vez que una chica te pida suelto para ir al tocador -gritó, en
absoluto de guasa-, sigue mi consejo, chico: ¡no le des veinte centavos!
Holly cumplió lo que le había prometido a Mr. Yunioshi; o no volvió a
llamar a su timbre, supongo, porque durante los días siguientes comenzó a
llamar al mío, a veces a las dos, o a las tres y las cuatro de la madrugada: no
tenía escrúpulos por lo que respecta a la hora en que pudiera sacarme de la
cama para que pulsara el botón que abría el portal de la calle. Como ninguno
de mis amigos era de los que se te presentan en casa a esas horas, siempre
sabía que era ella. Pero las primeras veces que llamó todavía me dirigía a la
puerta, medio convencido de que había malas noticias, algún telegrama, para
mí. Pero siempre era Miss Golightly, que gritaba desde abajo:
–Lo siento, chico. Me he olvidado la llave.
Naturalmente, no llegamos a trabar relación. Aunque de hecho nos
cruzábamos con frecuencia en la escalera o en la calle; sin embargo, ella hacía
como si no me viese. Nunca se quitaba las gafas de sol, iba siempre muy bien
vestida, con un buen gusto casi pomposo pese a la sencillez de su ropa, de los
azules y los grises escasamente llamativos que hacían que fuese ella, su
persona, la que brillaba. Hubiera podido deducirse que era modelo de
fotógrafo, o una actriz principiante, aunque, por sus horarios, era obvio que no
tenía tiempo para dedicarse a ninguna de las dos cosas.
De vez en cuando la veía lejos de nuestro barrio. En una ocasión, un
pariente que vino a visitarme me invitó al «21», y allí, en una mesa de
primera, rodeada de cuatro hombres, ninguno de los cuales era Mr. Arbuck,
aunque todos ellos fueran intercambiables con él, se encontraba Miss
Golightly, peinándose de forma ociosa, pública; y su expresión, un bostezo
contenido, sirvió, por ejemplo, para asordinar la excitación que me producía
cenar en un lugar tan de postín. Otra noche, en pleno verano, el calor que hacía
en mi habitación me hizo salir a la calle. Bajé por la Tercera Avenida hasta la
calle Cincuenta y uno, en donde había un anticuario en cuyo escaparate
destacaba un objeto que yo admiraba: una jaula que era todo un palacio, una
auténtica mezquita con minaretes y habitaciones de bambú que anhelaban la
presencia de loros parlanchines. Pero costaba trescientos cincuenta dólares. De
vuelta a casa me fijé en un grupo de taxistas que formaba un corro frente al bar
de P.J. Clark, aparentemente atraído por un alegre grupo de oficiales del
ejército australiano que, con ojos achispados de whisky, entonaban Waltzing
Matilda con sus voces de barítono. Sin dejar de cantar, bailaban por turnos con
una chica a la que hacían girar como una peonza por el adoquinado bajo el
paso elevado del metro; y la chica, Miss Golightly, por supuesto, flotaba en
sus brazos ligera como un pañuelo.
Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi
calidad de práctico portero, a lo largo de aquel verano yo acabé
convirtiéndome en toda una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la
papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa
popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos
esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía a base de requesón y
tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma
fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del
frente. Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me
llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lecturas. Recuerdo y te
echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las
palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; éstas, y soledad
y te quiero.
Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de mucho sol se
lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo macho atigrado, se sentaba en la
escalera de incendios y rasgaba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada
vez que oía la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Tocaba
muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acento afónico y
quebrado de un muchacho. Se sabía todas las canciones de los musicales de
éxito, de Cole Porter y Kurt Weill; le gustaban sobre todo las canciones de
Oklahoma, recién estrenada aquel verano. Pero en algunos momentos tocaba
melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, de
dónde podía haber salido aquella chica. Canciones nómadas, agridulces, con
letras que sabían a pinar o pradera. Una de ellas decía: No quiero dormir, no
quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo; y parecía
que ésta fuese la que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola
mucho después de que se le hubiera secado el pelo, cuando el sol ya se había
puesto y se veían ventanas iluminadas en el anochecer.
Pero nuestra relación personal no empezó hasta septiembre, una noche
atravesada por los primeros y fríos estremecimientos del otoño. Yo había ido
al cine, regresado a casa, y estaba acostado con un bourbon y el último
Simenon: lo cual constituía hasta tal punto mi ideal de comodidad que no
conseguí entender cierta sensación de inquietud que fue creciendo poco a
poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era una sensación acerca de la
cual había leído y hasta escrito, pero que jamás había experimentado. La
sensación de estar siendo vigilado. De una presencia invisible. Luego: un
repentino golpeteo en la ventana, el vislumbre de un gris fantasmal: derramé el
bourbon. Transcurrieron unos momentos antes de que tuviera arrestos para
abrir la ventana, y preguntarle a Miss Golightly qué quería.
–Tengo abajo a un hombre horripilante -dijo, saltando de la escalera de
incendios al interior de la habitación-. Bueno, cuando no está bebido es
encantador, pero tan pronto prueba el vino, ¡Santo Dios, qué animal! No hay
nada en el mundo que deteste tanto como los hombres que te dan mordiscos. –
Se abrió un poco el albornoz gris para mostrarme las pruebas de lo que ocurre
cuando un hombre da un mordisco. No llevaba más que el albornoz-. Siento
haberte pegado un susto. Pero cuando ese animal se ha puesto imposible, he
salido por la ventana. Me parece que cree que estoy en el baño, y me importa
un cuerno lo que piense, que se vaya al infierno, se cansará, se dormirá, Dios
mío, tiene que dormirse, se ha tomado ocho martinis antes de cenar y
suficiente vino como para que se bañe un elefante. Oye, si quieres echarme,
me echas. Ya sé que es mucha jeta eso de entrometerme aquí de esta forma.
Pero ahí afuera hace un frío que pela. Y parecía que aquí se estuviera tan bien.
Me has recordado a mi hermano Fred. Dormíamos cuatro en la misma cama, y
él era el único que me dejaba abrazarle las noches más frías. Por cierto, ¿te
importa que te llame Fred?
Ya se había colado del todo en la habitación, y se detuvo un momento para
mirarme. Era la primera vez que la veía sin las gafas de sol, y en ese momento
resultaba obvio que eran, además, gafas de aumento, porque sin ellas sus ojos
me escrutaban bizqueando, como los de un joyero. Eran unos ojos grandes, un
poco azules, otro poco verdes, salpicados de motas pardas: multicolores, como
su pelo; y, como su pelo, proyectaban una luminosidad cálida y viva.
–Supongo que estarás pensando que soy una descarada. O très fou, o yo
qué sé.
–En absoluto. Pareció decepcionada.
–Desde luego que sí. Como todo el mundo. Me da igual. Es muy práctico.
Se sentó en uno de los desvencijados sillones de terciopelo rojo, dobló las
piernas debajo de ella, e inspeccionó el resto de la habitación, haciendo visajes
incluso más pronunciados con los ojos.
–¿Cómo lo soportas? Parece la cámara de los horrores.
–Uno se acostumbra a todo -dije, molesto conmigo mismo, pues, en
realidad, estaba orgulloso de mi casa.
–Yo no. Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar
muerto. – Sus ojos censuradores volvieron a inspeccionar la habitación-. ¿Y
qué haces metido aquí todo el día?
Señalé una mesa con altos montones de libros y papeles.
–Escribo.
–Yo creía que los escritores eran muy viejos. Aunque, claro, Saroyan no es
viejo. Le conocí en una fiesta, y en realidad no es nada viejo. De hecho -
murmuró-, si se apurase más el afeitado… Por cierto, ¿Y Hemingway, es
viejo?
–Yo diría que anda por los cuarenta y tantos.
–No está mal. Para que un hombre me excite tiene que haber cumplido los
cuarenta y dos. Una amiga mía que es una idiota anda siempre diciéndome que
tendría que ir a un comecocos; dice que tengo complejo paterno. Lo cual me
parece una merde. Lo único que pasa es que yo misma me predispuse a que
me gustaran los hombres maduros, y ésa fue la decisión más inteligente de mi
vida. ¿Cuántos años tiene W. Somerset Maugham?
–No estoy seguro. Sesenta y pico.
–No está mal. Nunca me he acostado con un escritor. Aunque, espera,
¿conoces a Benny Shacklett? – Al verme decir que no con la cabeza, puso un
gesto ceñudo-. Qué raro. Ha escrito montones de cosas para la radio. Pero quel
rata. Dime, ¿eres un verdadero escritor?
–Depende de lo que entiendas por verdadero.
–Pues mira, ¿hay alguien que compre lo que escribes?
–Todavía no.
–Yo te ayudaré -dijo-. Puedo hacerlo, no creas. Imagina cuantísima gente
conozco que conoce a otra gente. Te ayudaré porque eres como mi hermano
Fred. Un poco más bajo, solamente. No he vuelto a verle desde que yo tenía
catorce años, que es cuando me fui de casa, y entonces ya medía más de metro
ochenta. Mis otros hermanos eran más de tu talla, enanos. Fue la mantequilla
de cacahuete lo que hizo que Fred creciera tanto. Todo el mundo pensaba que
era una chifladura eso de atiborrarse de mantequilla de cacahuete; las únicas
cosas que le gustaban eran los caballos y la mantequilla de cacahuete. Pero no
estaba chiflado, sólo que era tierno y despistado y muy lento; cuando me fui
estaba repitiendo octavo por tercera vez. Pobre Fred. Me gustaría saber si el
ejército escatima la mantequilla de cacahuete. Lo cual me recuerda una cosa:
estoy muriéndome de hambre.
Señalé una fuente con manzanas, y al mismo tiempo le pregunté los
motivos por los que se había ido tan joven de su casa. Me dirigió una mirada
inexpresiva, y se frotó la nariz, como si le picara: un ademán que, viéndolo
luego repetido muchas veces, acabé por interpretar como señal de que alguien
empezaba a meterse en donde no le llamaban. Como les ocurre a muchas
personas que demuestran una osada afición a proporcionarte informaciones
que no les has solicitado, se ponía en guardia ante cualquier cosa que se
pareciese remotamente a una pregunta directa, a un intento de hacerle precisar
cualquier detalle. Le dio un mordisco a una manzana, y me dijo:
–Dime algo que hayas escrito. Cuéntame el argumento.
–Ese es uno de los problemas. No son historias que se puedan contar de
viva voz.
–¿Por guarras?
–Quizá algún día te pase un relato para que lo leas.
–El whisky y las manzanas casan muy bien. Prepárame un trago, y luego
puedes leerme tú mismo una historia.
Son muy pocos los autores, especialmente entre los inéditos, capaces de
resistirse a la invitación de leer su obra en voz alta. Preparé una copa para cada
uno y, sentándome en el otro sillón, comencé a leer, con la voz algo
temblorosa debido a una mezcla de miedo escénico y entusiasmo: era un
cuento nuevo, terminado el día anterior, y aún no había transcurrido el tiempo
suficiente para que surgiese la inevitable sensación de fracaso. Trataba de dos
mujeres, maestras, que comparten una casa, y una de ellas, cuando la otra se
promete en matrimonio, provoca por medio de notas anónimas un escándalo
que acabará impidiendo que se celebre la boda. Mientras iba leyendo, cada vez
que miraba de reojo a Holly se me encogía el corazón. Estaba como azogada.
Cogía de una en una las colillas del cenicero, se observaba abstraída las uñas,
como si lamentara no tener una lima a mano; y, lo que es peor, cuando me
parecía haber atrapado su interés, sus ojos estaban velados por una capa de
escarcha, como si en realidad estuviera preguntándose si comprar o no los
zapatos que había visto en algún escaparate.
–¿Esto es el final? – me preguntó, despertando. Trató vanamente de
encontrar algo más que decir-. Las tortilleras me caen bien, claro. No me
asustan en lo más mínimo.
Pero los cuentos de tortilleras me matan de aburrimiento. Soy incapaz de
meterme en su piel. Bueno, chico -dijo, porque yo estaba verdaderamente
desconcertado-, si no trata de un par de bolleras, ya me explicarás de qué
diablos va. Pero yo no estaba de humor para complicar la equivocación que
suponía el haberle leído el cuento con el no menos embarazoso intento de
explicárselo. La misma vanidad que me había conducido a exponerme de
aquel modo, me obligó en ese momento a tacharla de petulante ser insensible,
por completo desprovisto de inteligencia.
–Por cierto -dijo-, ¿no conoces por casualidad alguna lesbiana que sea
buena chica? Estoy buscando una compañera de apartamento. Oye, no te rías.
Soy desorganizadísima, y no me llega para una asistenta; y, la verdad, las
tortilleras son unas amas de casa fantásticas, les encanta encargarse de todo,
no tienes que preocuparte jamás por las escobas ni por descongelar la nevera o
mandar la ropa a la lavandería. Como aquella compañera de habitación que
tuve en Hollywood, hacía westerns, la llamaban la Llanero Solitario; es mucho
mejor que tener a un hombre en casa. Claro, la gente pensaba que yo también
debía de ser un poco tortillera. Y lo soy, claro. Todo el mundo lo es, un poco.
¿Y qué? Ningún hombre se ha echado para atrás por eso hasta ahora; hasta
parece que les excita. La misma Llanero Solitario, sin ir más lejos, estuvo
casada dos veces. Las tortilleras sólo suelen casarse una vez, por la reputación.
Luego da mucho cachet que te llamen señora de tal o de cual. ¡No puede ser
verdad! – Miraba fijamente el despertador de la mesilla de noche-, ¡No pueden
ser las cuatro y media!
La ventana comenzaba a virar al azul. La brisa del amanecer agitaba las
cortinas.
–¿Qué día es hoy?
–Jueves.
–Jueves. – Se levantó-. Dios mío -dijo, y volvió a sentarse, gimiendo-. Es
espantoso.
Yo me encontraba lo suficientemente cansado como para no sentir
curiosidad. Me tendí en la cama y cerré los ojos. Pero era irresistible:
–¿Qué tiene de espantoso que sea jueves?
–Nada. Sólo que nunca consigo acordarme de que ya está cerca. Verás, los
jueves tengo que tomar el de las ocho cuarenta y cinco. Son quisquillosísimos
con lo de las horas de visita, y si te plantas allí alrededor de las diez, te queda
sólo una hora hasta que mandan a comer a esos pobres. Imagínatelo, comen a
las once. También puedes ir a las dos, y yo lo preferiría, pero a él le gusta que
vaya por la mañana, dice que así aguanta mejor el resto del día. Tendré que
mantenerme despierta -dijo, pellizcándose las mejillas hasta hacer que
floreciesen las rosas-, no tengo tiempo de dormir, se me pondría cara de
tuberculosa, me desmoronaría como un edificio viejo, y no sería justo. No está
bien que una chica vaya a Sing Sing con la cara verde.
–Supongo que no.
La furia que sentía contra ella por lo de mi cuento comenzaba a menguar;
volvía a imantarme.
–Todas las visitas hacen lo posible por tener un buen aspecto, y es muy
emocionante, precioso, ver a las mujeres que se ponen lo mejor que tienen,
quiero decir que incluso las viejas y las que son muy pobres también hacen
todo cuanto está en su mano por ir bien vestidas y oler bien, y están adorables.
También me encantan los críos, sobre todo los negros.
Me refiero a los que llevan las esposas. Puede parecer triste eso de ver a
unos niños en un lugar así, pero no lo es, llevan cintas en el pelo y los zapatos
relucientes de betún, casi parece que vayan a celebrar algo: y a veces el
locutorio parece precisamente eso, una fiesta. En fin, que no es como en las
películas, nada de sombríos murmullos a través de una reja. No hay rejas, sólo
un mostrador que te separa de ellos, y dejan que las mujeres suban a los críos
encima, para que ellos puedan darles un abrazo. Si quieres besar a alguien,
basta con inclinarte hacia adelante. Lo que más me gusta es lo felices que son
cuando vuelven a verse, tienen tantísimas cosas guardadas de las que hablar,
no hay modo de aburrirse, se pasan el rato riendo y cogiéndose de las manos.
Después es diferente -dijo-. Las veo en el tren. Se quedan sentadas, en
silencio, viendo pasar el río. – Se estiró un mechón de pelo hasta metérselo en
la boca, y empezó a mordisquearlo meditativamente-. No te dejo dormir.
Anda, duérmete.
–Sigue, me interesa.
–Ya lo sé. Por eso quiero que te duermas. Porque si sigo hablando te
contaré lo de Sally. Y no estoy segura de que eso sea juego limpio. – Masticó
silenciosamente su pelo-. Nunca me han dicho que no se lo cuente a nadie. No
lo han dicho explícitamente. Y es muy gracioso. Quizá tú podrías captarlo en
un cuento, cambiando los nombres y todo lo demás. Oye, Fred -dijo, mientras
cogía otra manzana-, tienes que hacer la señal de la cruz sobre el corazón, y
besarte el codo…
Es posible que los contorsionistas alcancen a besarse el codo; tuvo que
conformarse con una aproximación.
–Pues bien -dijo, con la boca llena de manzana-, quizá hayas leído algo
sobre él en la prensa. Se llama Sally Tomato, y habla un inglés peor que mi
yiddish; pero es un viejecito encantador, muy religioso. Parecería un fraile si
no tuviera los dientes de oro; dice que reza cada noche por mí. Jamás ha sido
amante mío, desde luego; por lo que se refiere a eso, le conocí cuando él ya
estaba en la cárcel. Pero ahora, con todo lo que me está costando ir a verle
cada jueves desde hace siete meses, le adoro, y creo que iría aunque no me
pagase. Esta es muy harinosa -dijo, y disparó el resto de la manzana por la
ventana-. Por cierto, sí conocía a Sally de vista. Venía al bar de Joe Bell, ese
que está a la vuelta de la esquina: no hablaba nunca con nadie, se quedaba en
pie, junto a la barra, como uno de esos hombres que viven en hoteles. Pero me
hace gracia recordarlo, pensar en cómo se fijaba en mí, porque tan pronto
como le encerraron (Joe Bell me enseñó su foto en el periódico. La Mano
Negra. La Mafia. Todo ese jaleo: pero le echaron cinco años) llegó el
telegrama del abogado. Decía que me pusiera inmediatamente en contacto con
él para proporcionarme una información que iba a resultarme muy provechosa.
–¿Pensaste que alguien te había dejado una herencia de un millón?
–Qué va. Creí que algún acreedor quería cobrar a la fuerza. Pero acepté el
riesgo y fui a ver a ese abogado (suponiendo que sea abogado, cosa que dudo,
pues no parece tener bufete, sólo un servicio de contestador automático, y
siempre me cita en el Hamburg Heaven: por eso está tan gordo, es capaz de
comerse diez hamburguesas y dos platos de entremeses y un pastel de limón
entero). Me preguntó si me gustaría alegrarle la vida a un viejo solitario, y al
mismo tiempo ganarme cien dólares a la semana. Yo le dije mire, guapo, se ha
confundido usted de Miss Golightly, no soy una enfermera de las que hacen
servicio completo, con numeritos y todo. Tampoco me impresionaron los
honorarios; se puede ganar lo mismo haciendo expediciones al tocador: todo
caballero que sea un poco chic te da cincuenta dólares para ir al lavabo, y
siempre pido además para el taxi, que son otros cincuenta. Pero entonces me
dijo que su cliente era Sally Tomato. Dijo que su viejo amigo Sally me había
admirado à la distance desde hacía mucho tiempo, y que si no sería una buena
obra ir a visitarle una vez a la semana. En fin, que no podía decir que no. Era
superromántico.
–No sé qué decir. Suena poco limpio.
–¿Crees que miento? – sonrió.
–En primer lugar, no permiten que cualquier persona vaya a visitar a un
preso.
–Cierto, no lo permiten. En realidad, han organizado no sé qué enredo para
hacerme pasar por su sobrina.
–¿Así de sencillo? ¿Te da cien dólares por charlar una hora con él?
–No me los da él. Me los da su abogado. Mr. O'Shaughnessy me pone un
giro en metálico en cuanto le paso la información meteorológica.
–Creo que puedes meterte en un lío de cuidado -dije, y apagué la
lamparita; ya no la necesitábamos, el amanecer se colaba en la habitación, y
las palomas hacían gárgaras en la escalera de incendios.
–¿De qué modo? – dijo ella muy en serio.
–Seguro que los libros de leyes tienen algo que decir sobre los
suplantadores de personalidad. Al fin y al cabo, no eres su sobrina. ¿Y qué es
eso del informe meteorológico?
Sofocó un bostezo con la palma de la mano.
–Pero si no tiene importancia. Sólo son recados que tengo que dejar en el
contestador automático, para que Mr. O'Shaughnessy compruebe que he ido.
Sally me dice lo que tengo que decir, cosas como, no sé, «hay un huracán en
Cuba», o «nieva en Palermo». No te preocupes, chico -dijo, acercándose a la
cama-, llevo mucho tiempo cuidando de mí misma.
La luz del amanecer parecía refractarse a través de ella: cuando me subía
las mantas hasta la barbilla, brillaba como una criatura transparente; después
se tendió a mi lado.
–¿Te importa? Sólo quiero descansar un momento. No digamos nada más.
Duérmete.
Fingí hacerlo, respiré pesada y regularmente. Las campanas de la vecina
torre de iglesia dieron la media y la hora. Eran las seis cuando apoyó su mano
en mi brazo, un tacto frágil que trataba de no despertarme.
–Pobre Fred -susurró, y parecía que estuviese hablando conmigo, pero no
era así-. ¿Dónde estás Fred? Porque hace frío. Se nota la nieve en el aire.
Su mejilla se apoyó sobre mi hombro, un peso cálido y húmedo.
–¿Por qué lloras? Se enderezó disparada como un muelle; se quedó
sentada.
–Por Dios -dijo, yéndose hacia la ventana para salir a la escalera de
incendios-, si hay una cosa que detesto en el mundo son los fisgones.
Al día siguiente, viernes, me encontré al llegar a casa con que me esperaba
en la puerta una enorme cesta de luxe de Charles Co, con su tarjeta: Miss
Holiday Golightly, Viajera; y detrás, garabateadas con una letra
monstruosamente torpe, de niña de jardín de infancia: Bendito seas, querido
Fred. Olvídate por favor de la otra noche. Te portaste como un ángel. Mille
Tendresses, Holly. P. S. No volveré a molestarte. Contesté: Hazlo, por favor, y
dejé esta nota en su puerta con lo máximo que podía permitirme, un ramo de
violetas de florista callejera. Pero Holly parecía haber hablado en serio; no
volví a verla ni a oír nada de ella, y supuse que había llegado al extremo de
conseguir una llave del portal. Fuera como fuese, dejó de llamar a mi timbre.
Lo eché de menos; y a medida que los días fueron disolviéndose comencé a
sentir por ella cierto desproporcionado resentimiento, como si mi mejor amigo
se hubiese olvidado de mí. Una inquietante soledad se filtró en mi vida, pero
no me produjo ningún deseo de buscar a mis amigos más antiguos, que ahora
me parecían una dieta sin sal ni azúcar. Cuando llegó el miércoles, el pensar en
Holly, en Sing Sing y Sally Tomato, en mundos en los que los hombres
sacaban con dos dedos un billete de cincuenta dólares para el tocador,
resultaba ya tan obsesivo que no pude trabajar. Por la noche dejé un recado en
su buzón: Mañana es jueves. La siguiente mañana me premió con una nueva
nota escrita con su juguetona letra infantil: Bendito seas por recordármelo.
¿Podrías pasarte a tomar una copa a eso de las seis de la tarde?
Esperé hasta las seis y diez, y entonces me obligué a retrasarme otros cinco
minutos.
Un bicho raro me abrió la puerta. Olía a habanos y a colonia Knize. Sus
zapatos eran de doble tacón; sin esos centímetros añadidos se le hubiera
podido confundir con un Enanito de cuento. Su calva cabeza pecosa era
desproporcionadamente grande, como la de los enanos; y llevaba pegadas un
par de orejas puntiagudas, exactamente iguales que las de los elfos. Tenía ojos
de pequinés, despiadados y ligeramente saltones. De las orejas, y de la nariz,
le brotaban matas de pelo; una barba de horas agrisaba sus maxilares, y su
apretón de mano era casi peludo.
–La niña está en la ducha -dijo, señalando con un puro hacia el ruido del
agua, en un cuarto contiguo. En la habitación dónde nos encontrábamos
(estábamos en pie porque no había donde sentarse) parecía como si alguien
acabara de mudarse; casi tenías la sensación de que olía a recién pintado. Los
únicos muebles eran unas maletas y unas cajas de embalaje sin abrir. Las cajas
servían de mesas. Una de ellas sostenía los ingredientes para preparar martinis;
otra, una lámpara, un tocadiscos portátil, el gato rojo de Holly, y un jarrón con
rosas amarillas. La librería, que cubría una pared, proclamaba medio estante
de literatura. Enseguida me sentí a gusto allí, disfruté de aquel aire de
provisionalidad.
El tipo carraspeó:
–¿Le habían citado? No acabó de salir de dudas tras mi gesto de
asentimiento. Sus ojos fríos me intervinieron quirúrgicamente, hicieron
limpias incisiones exploratorias.
–Viene por aquí mucha gentuza, sin tener cita previa. ¿Hace mucho que
conoce a la niña?
–No mucho.
–¿Así que no la conoce desde hace mucho?
–Vivo arriba.
La respuesta pareció dar una explicación suficiente como para
tranquilizarle.
–¿Su piso es como éste? – Mucho más pequeño.
Descargó una patada en el suelo.
–Esto es una porquería. Increíble. Pero esa niña no sabe vivir, ni cuando
tiene pasta. – Hablaba con un sincopado ritmo metálico, como un teletipo-.
Bien -dijo-, ¿qué opina? ¿Lo es o no lo es?
–¿Qué?
–Una farsante.
–Yo diría que no.
–Se equivoca. Lo es. Aunque, por otro lado, tiene usted razón. No es una
farsante porque es una farsante auténtica. Se cree toda esa mierda en la que
cree. No hay modo de convencerla de lo contrario. Lo he probado de todas las
maneras, hasta llorando. El mismo Benny Polan, una persona a la que todo el
mundo respeta, Benny Polan lo intentó. Benny estaba empeñado en casarse
con ella, pero a ella no le apetecía, y Benny debió de gastarse miles de dólares
mandándola a diversos comecocos. Y hasta ese tan famoso, el que sólo habla
alemán, acabó arrojando la toalla. No hay quien la convenza de lo falsas que
son esas -cerró el puño, como si tratase de estrujar lo intangible- ideas.
Pruébelo algún día. Pídale que le explique todas esas cosas en las que cree.
Aunque -dijo- esa niña me gusta. Le gusta a todo el mundo, pero hay mucha
gente que no la soporta. A mí me gusta. Esa niña me gusta, de verdad. Porque
soy una persona sensible. Hay que tener sensibilidad para poder apreciarla en
lo que vale, un ramalazo de poeta. Pero le diré la verdad. Por mucho que se
rompa la cabeza tratando de ayudarla, ella sólo le devolverá un chasco tras
otro. Le daré un ejemplo: viéndola hoy, ¿quién diría que es? Pues ni más ni
menos que una chica que saldrá en los periódicos cuando llegue al fondo de un
frasco de Seconal. No sería la primera vez que me encuentro con una cosa así,
ni la segunda. Y esas crías ni siquiera estaban chifladas. Mientras que ella lo
está.
–Pero es joven. Y aún le queda mucha juventud por delante.
–Si con eso quiere decir que tiene futuro, vuelve a equivocarse. Mire, hace
un par de años, cuando vivía en la Costa, hubo una época en la que todo
hubiese podido ser diferente. Un ángel la vigilaba, logró que la gente se
interesara por ella, le hubiesen podido rodar las cosas muy bien. Pero, en un
mundo como aquél, cuando alguien abandona ya no puede dar un paso atrás y
regresar. Pregúnteselo, si no, a Luise Rainer. Y la Rainer era una estrella.
Holly no lo era, por supuesto; apenas si llegaron a hacerle algunas fotos. Pero
eso fue antes de lo de The Story of Dr. Wassell. Entonces sí que hubieran
podido rodarle bien las cosas. Lo sé, sabe, porque el que le dio el empujón fui
yo. – Se señaló con el habano-. O. J. Berman.
Esperaba que el nombre me sonara, y no me importó fingir que así era,
aunque jamás había oído hablar de O. J. Berman. Resultó que era un agente
artístico de Hollywood.
–Fui el primero que la vio. En Santa Anita. Todos los días rondaba por el
hipódromo. Me interesó, profesionalmente. Averigüé que andaba con un
jockey, que vivía con ese escuchimizado. Hice que le dijeran al jockey:
Déjalo, o vendrán a verte los chicos de la patrulla contra el vicio; sólo tiene
quince años. Pero qué elegante, qué fotogénica; estaba seguro de que serviría.
Incluso cuando se ponía esas gafas tan gruesas; incluso cuando abría los labios
y no sabías si era una palurda, o si venía de Oklahoma, o qué. Sigo sin saberlo.
Apostaría algo a que nadie llegará jamás a saber de dónde salió. Es tan
embustera que quizá ni ella se acuerde ya. Pero nos costó un año entero
suavizarle el acento. ¿Sabe cómo lo hicimos al final? Le dimos clases de
francés: en cuanto logró imitar el acento francés, no le costó mucho imitar el
inglés. La arreglamos para que diera el tipo de Margaret Sullavan, pero ella
supo añadirle algún toque personal, la gente comenzó a interesarse por ella,
gente importante, y, para redondear la operación, Benny Polan, un tipo muy
respetado, Benny quería casarse con ella.
¿Qué más podía pedir un agente? Y entonces, ¡pam! The Story of Dr.
Wassell ¿Ha visto esa película? Cecil B. DeMille. Gary Cooper. La leche. Me
mato a trabajar, todo está listo: van a hacerle una prueba para el papel de
enfermera del doctor Wassell. Bueno, una de las enfermeras. Y entonces,
¡pam! Suena el teléfono. – Descolgó un teléfono que flotaba en el aire, y se lo
llevó a la oreja-. Soy Holly, me dice, hola cariño, le digo yo, estoy en Nueva
York, dice, ¿qué coño estás haciendo en Nueva York, le digo, si es domingo y
mañana mismo tienes la prueba? Estoy en Nueva York, dice ella, porque
nunca había estado en Nueva York. Ya puedes aposentar tu culo en un avión,
le digo, y volver ahora mismo. No quiero, dice ella. ¿Qué te pasa, niña?, le
digo yo. Y ella me dice, para que las cosas salgan bien tienes que querer
hacerlas, y yo no quiero. Bien, le digo, qué diablos quieres, y ella me dice,
serás el primero en saberlo en cuanto lo averigüe. ¿Me entiende? No te
devuelve más que un chasco tras otro.
El gato rojo bajó de un salto de la caja de embalaje, y fue a frotarse contra
su pierna. Berman levantó el gato sobre la puntera de su zapato, y lo alejó de
una patada, lo cual hubiera sido francamente detestable por su parte si no
hubiera sido porque estaba tan metido en su propia irritabilidad que ni se
enteró de la existencia del gato.
–¿Es esto lo que quiere? – dijo, abriendo desesperadamente los brazos-.
¿Una pandilla de tipos a los que no ha invitado? ¿Vivir de propinas? ¿Andar
por ahí con desarrapados? ¿Para poder quizá casarse con Rusty Trawler?
¿Cree ella que tendríamos que condecorarla por comportarse así?
Esperó, con la mirada llameante.
–Disculpe, pero no conozco a ese señor.
–Si no conoce a Rusty Trawler, difícilmente puede saber nada de la niña.
Lástima -dijo, haciendo chasquear la lengua dentro de su enorme cabezota-.
Yo esperaba que tuviese usted cierta influencia. Que pudiese hablarle
sinceramente antes de que sea demasiado tarde.
–Pero, por lo que dice, ya es demasiado tarde.
Exhaló un anillo de humo y dejó que se desvaneciera antes de sonreír; la
sonrisa le alteró el rostro, hizo que se le suavizara.
–Podría conseguir que todo volviese a rodar. Ya se lo he dicho -dijo, y
parecía sincero-, esa niña me gusta de verdad.
–¿Qué chismorreas, O. J.?
Holly entró chorreando en la habitación, con una toalla más o menos
envuelta en torno al cuerpo, y los pies goteantes dejando sus huellas en el
suelo.
–Lo de siempre. Que estás chiflada.
–Fred ya está enterado de eso.
–Pero tú no.
–Enciéndeme un pitillo, anda -dijo, arrancándose de la cabeza el gorro de
ducha y sacudiendo el pelo-. No te hablaba a ti, O. J. Eres un desgraciado.
Siempre hablas más de la cuenta.
Recogió el gato y se lo montó en el hombro. El gato se instaló allí, tan
buen equilibrista como un pájaro, con las uñas enredadas en el cabello de
Holly, como si fuese un ovillo de lana; sin embargo, pese a esta actitud
amistosa, era un gato sombrío con ca ra de pirata asesino; tenía un ojo ciego y
viscoso, y el otro moteado de malicia.
–O. J. es un desgraciado -me dijo Holly, cogiendo el pitillo que yo acababa
de encenderle-. Pero sabe una endiablada cantidad de teléfonos. ¿Cuál es el
número de David O. Selznick, O. J.?
–Anda por ahí.
–No es broma. Quiero que le llames y le digas que Fred es un genio. Ha
escrito montañas de historias maravillosas. No te sonrojes, Fred; no eres tú
quien ha dicho que eres un genio, he sido yo. Venga, O. J. ¿Qué vas a hacer
para que Fred gane una fortuna?
–Pongamos que dejas que yo mismo arregle ese asunto con Fred, ¿eh?
–No lo olvides -dijo Holly, dejándonos-. Yo soy su agente. Otra cosa, si
grito, ven a subirme la cremallera. Y si llama alguien, que pase.
Llamó una multitud. Durante el siguiente cuarto de hora el apartamento fue
asaltado por un montón de hombres con cara de ir a una despedida de soltero,
entre ellos varios tipos de uniforme. Conté dos oficiales de la Marina y un
coronel de las Fuerzas Aéreas; pero les superaban en número los tipos canosos
con la mili terminada hacía mucho tiempo. Aparte de la falta de juventud, no
había ningún tema común entre los invitados, parecían desconocidos entre
desconocidos; de hecho, cada uno de los rostros se había esforzado, en el
momento de entrar, por ocultar la decepción sentida al ver allí a los demás. Era
como si la anfitriona hubiese repartido las invitaciones mientras recorría en
zigzag varios bares; y seguramente había sido así. Tras los iniciales gestos
ceñudos, sin embargo, todos fueron mezclándose sin musitar ni una queja,
sobre todo O. J. Berman, que explotó ávidamente a los recién llegados para no
tener que hablar conmigo de mi futuro en Hollywood. Quedé abandonado
junto a la librería; de los libros que contenía, más de la mitad trataban de
caballos, y el resto de baseball. Mientras fingía interesarme por cómo
distinguir las razas equinas tuve amplias oportunidades para tomarles las
medidas a los amigos de Holly.
Al poco rato uno de ellos adquirió cierta notoriedad en medio del grupo.
Era un crío de mediana edad que nunca había llegado a desprenderse de sus
michelines infantiles, aunque algún ingenioso sastre se las había arreglado
para camuflar casi por entero aquel rollizo culo al que te daban ganas de
azotar. No había modo de sospechar siquiera la presencia de algún hueso en
todo su cuerpo; la cara, un cero relleno de bonitos rasgos en miniatura, poseía
un aire fresco, virginal: era como si, después de nacer, se hubiese hinchado
simplemente, y tenía la piel tan libre de arrugas como un globo, y en los
labios, aunque prestos a berrear y hacer rabietas, asomaba un mimado y dulce
puchero. Pero no era su aspecto lo que le hizo destacar: los niños crecidos no
son tan infrecuentes. Sino, más bien, su comportamiento; porque actuaba
como si fuese él quien daba la fiesta: a la manera de un pulpo rebosante de
energía, agitaba martinis, hacía presentaciones, se encargaba del tocadiscos.
Para ser justos con él, hay que añadir que sus actividades estaban siendo
dictadas por la anfitriona: Rusty, te importaría; Rusty, hazme el favor. Si
estaba enamorado de ella, era evidente que sostenía con firmeza las riendas de
sus celos. Un hombre celoso hubiese podido perder el control viéndola
deslizarse por la habitación, con el gato en una mano pero con la otra libre
para enderezar una corbata o sacudir la hilacha de una solapa; la medalla que
llevaba el coronel de las Fuerzas Aéreas se vio sometida a un concienzudo
lustrado.
El tipo se llamaba Rutherfurd («Rusty») Trawler. En 1908 había perdido a
sus progenitores; su padre, víctima de un anarquista, y su madre a
consecuencia de la conmoción, y esta doble desgracia convirtió a Rusty en
huérfano, en millonario y en personaje popular, y todo eso a los cinco años de
edad. Desde entonces había sido un socorrido recurso para los suplementos
dominicales, y esta circunstancia alcanzó su huracanada culminación el día en
que, siendo todavía un colegial, consiguió que su padrino y tutor fuese
detenido, acusado de sodomía. Posteriormente, las bodas y los divorcios le
permitieron conservar su lugar bajo el sol de los tabloides. Su primera esposa
se largó, con pensión incluida, a vivir con un rival de Father Divine.
La segunda esposa no parece haber dejado rastro, pero la tercera le puso
una demanda de divorcio en el estado de Nueva York, aportando un buen
montón de testimonios, de esos que resultan vinculantes. Fue él mismo quien
se divorció de la última Mrs. Trawler, y su principal queja consistió en decir
que ella se había amotinado a bordo de su yate, y que el susodicho motín
resultó en el abandono de Rusty en las Dry Tortugas. Aunque desde entonces
se había mantenido soltero, parece ser que antes de la guerra se había
declarado a Unity Mitford, o, como mínimo, se supone que le envió un
telegrama ofreciéndose a casarse con ella en caso de que Hitler no quisiera
hacerlo. Se dijo que éste fue el motivo por el que Winchell solía llamarle nazi;
por eso y porque asistió a varios mítines en Yorkville.
No me enteré de todo eso porque alguien me lo contara. Lo leí en la Guía
del baseball, otro selecto volumen del estante de Holly, y que ella utilizaba,
aparentemente, como álbum de recortes. Metidos entre sus páginas había
artículos de los dominicales, y frases entresacadas de las columnas de
chismorreos. Rusty Trawler y Holly Golightly acudieron juntos al estreno de
«One Touch of Venus». Holly se me acercó por la espalda y me pilló leyendo:
Miss Holiday Golightly, de los Golightly de Boston, hace que todos los días
sean fiesta para Rusty Trawler, el hombre de 24 quilates.
–¿Admiras mi publicidad, o eres aficionado al baseball? – dijo, poniéndose
bien las gafas de sol mientras miraba por encima de mi hombro.
–¿Cuál ha sido el informe meteorológico de esta semana? Me guiñó un ojo,
pero no fue en broma: era una advertencia.
–Me apasionan los caballos, pero detesto el baseball -me dijo, y el
submensaje que transmitía su tono me dijo que quería que me olvidase de que
una vez me había hablado de Sally Tomato-. Detesto escuchar las carreras por
radio, pero tengo que hacerlo, forma parte de mi preparación. Los hombres no
saben hablar de casi nada. A los que no les gusta el baseball, les gustan los
caballos, y si no les gusta ninguna de las dos cosas, bueno, seguro que de
todos modos me he metido en un lío: tampoco les gustan las chicas. ¿Qué tal
te llevas con O.J.?
–Nos hemos separado por mutuo acuerdo.
–Es una oportunidad, créeme.
–Ya me lo imagino. Pero no creo que nada de lo que yo hago pueda
parecerle una oportunidad a él.
–Vete hacia allá -insistió ella-, y convéncele de que no da risa de sólo
verle. Te puede ayudar de verdad, Fred.
–Según tengo entendido, tú no supiste valorar su ayuda. – Me miró algo
desconcertada, hasta que dije-: The Story of Dr. Wassell.
–¿Todavía insiste? – dijo, y dirigió una mirada cariñosa hacia Berman, al
otro lado de la habitación-. En una cosa tiene razón: debería sentirme culpable.
Y no porque hubiesen podido darme el papel ni porque yo hubiese podido ser
buena actriz; ni ellos querían, ni yo quería. Si me siento culpable es, supongo,
porque dejé que él siguiera soñando cuando yo ya había dejado de soñar.
Estuve engañándoles durante un tiempo porque quería pulirme un poco, pero
sabía muy bien que jamás llegaría a ser una estrella de cine. Es demasiado
esfuerzo; y, si eres inteligente, da demasiada vergüenza. Me falta el suficiente
grado de complejo de inferioridad: para ser una estrella de cine hay que ser,
según dice la gente, tremendamente narcisista; de hecho, lo esencial es no
serlo en absoluto. No quiero decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme.
Esas son cosas que ocupan un lugar importante en mis planes, y algún día
trataré de conseguirlas; pero, si las consigo, querría seguir gustándome a mí
misma. Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde
que tengo que desayunar en Tiffany's. Necesitas una copa -dijo, viendo mis
manos vacías-, ¡Rusty! ¿Querrías prepararle un trago a este amigo?
Seguía con el gato en sus brazos.
–Pobre desgraciado -dijo, haciéndole cosquillas en la cabeza-, pobre
desgraciado que ni siquiera tiene nombre. Es un poco fastidioso eso de que no
tenga nombre. Pero no tengo ningún derecho a ponérselo: tendrá que esperar a
ser el gato de alguien. Nos encontramos un día junto al río, pero ninguno de
los dos le pertenece al otro. Él es independiente, y yo también. No quiero
poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las
cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero
sé qué aspecto tiene. – Sonrió, y dejó caer el gato al suelo-. Es como Tiffany's
-dijo-. Y no creas que me muero por las joyas. Los diamantes sí. Pero llevar
diamantes sin haber cumplido los cuarenta es una horterada; y entonces
todavía resulta peligroso. Sólo quedan bien cuando los llevan mujeres
verdaderamente viejas. Maria Ouspenskaya. Arrugas y huesos, canas y
diamantes: me muero de ganas de que llegue ese momento. Pero no es eso lo
que me vuelve loca de Tiffany's. Oye, ¿sabes esos días en los que te viene la
malea?
–¿Algo así como cuando sientes morriña?
–No -dijo lentamente-. No, la morriña te viene porque has engordado o
porque llueve muchos días seguidos. Te quedas triste, pero nada más. Pero la
malea es horrible. Te entra miedo y te pones a sudar horrores, pero no sabes de
qué tienes miedo. Sólo que va a pasar alguna cosa mala, pero no sabes cuál.
¿Has tenido esa sensación?
–Muy a menudo. Hay quienes lo llaman angst.
–De acuerdo. Angst. Pero ¿cómo le pones remedio?
–No sé, a veces ayuda una copa.
–Ya lo he probado. También he probado con aspirinas. Rusty opina que
tendría que fumar marihuana, y lo hice, una temporada, pero sólo me entra la
risa tonta. He comprobado que lo que mejor me sienta es tomar un taxi e ir a
Tiffany's. Me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un
sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos
hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a
billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me
sintiera como me siento en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le
pondría nombre al gato. He pensado que, después de la guerra, Fred y yo… -
Alzó sus gafas de sol, y sus ojos, todos sus diversos colores, los grises y las
motas verdes y azules, habían adquirido una agudeza visionaria-. Una vez
estuve en México. Es un país magnífico para la cría de caballos. Vi un sitio
junto al mar. Fred entiende mucho de caballos.
Se acercó Rusty Trawler con un martini; me lo dio sin mirarme.
–Estoy hambriento -anunció, y su voz, tan aniñada como todo él, emitió un
enervante gemido de mocoso que parecía echarle las culpas a Holly-. Son las
siete y media y estoy hambriento. Ya sabes lo que dijo el médico.
–Sí, Rusty. Sé lo que dijo el médico.
–Pues, entonces, levanta la sesión. Vámonos.
–Me gustaría que te comportaras como es debido, Rusty.
Se lo dijo sin alzar la voz, pero su tono insinuaba esa amenaza de castigo
que pronuncia la institutriz, y provocó en el rostro de Rusty un peculiar
sonrojo de placer, de gratitud.
–No me quieres -se quejó él, como si estuvieran solos.
–Nadie quiere a los niños malos.
Era obvio que Holly había dicho lo que él quería oír; aquello, al parecer, le
excitó y relajó simultáneamente. Pero, como si se tratara de un ritual, Rusty
añadió:
–¿Me quieres?
–Vuelve a tus obligaciones, Rusty. – Le dio unas palmaditas-. Y, cuando yo
esté lista, iremos a cenar donde tú quieras.
–¿A Chinatown?
–Ya sabes que no puedes comer cerdo agridulce. Recuerda lo que dijo el
médico.
Mientras él regresaba con un satisfecho anadeo a sus ocupaciones, no pude
resistir la tentación de recordarle a Holly que no había contestado la pregunta
de Rusty.
–¿Le quieres? – Ya te lo dije: con buena voluntad, se puede querer a
cualquiera. Además, tuvo una infancia repugnante.
–Si tan repugnante fue, ¿por qué se aferra a ella?
–Utiliza los sesos. ¿No ves que Rusty se siente más seguro en pañales que
si tuviera que ponerse falda? Y ésa es en realidad la alternativa, sólo que es
muy susceptible al respecto. Una vez trató de clavarme el cuchillo de la
mantequilla porque le dije que ya era hora de que creciese y se enfrentara al
problema, que sentase la cabeza e hiciera de ama de casa junto a un camionero
amable y paternal. Entretanto, le tengo en mis manos; lo cual está muy bien, es
inofensivo, las chicas no son para él más que muñecas, literalmente.
–Gracias a Dios.
–La verdad, Si pudiera decirse lo mismo de la mayoría de los hombres, yo
al menos no le estaría en absoluto agradecida a Dios.
–Quería decir que gracias a Dios que no tengas intención de casarte con
Mr. Trawler.
Holly enarcó una ceja:
–Por cierto, no he dicho que no sepa lo rico que es. Incluso en México, un
terreno cuesta su dinero. Bien -dijo, empujándome-, vamos a por O. J.
Me resistí, tratando de idear alguna fórmula que me permitiese aplazar el
encuentro. Hasta que lo recordé:
–¿Y por qué eso de Viajera?
–¿Te refieres a mi tarjeta? – dijo ella, desconcertada-. ¿Te parece gracioso?
–Gracioso no. Sólo provocativo.
Holly se encogió de hombros.
–Al fin y al cabo, ¿cómo voy a adivinar dónde estaré viviendo mañana?
Por eso les dije que pusieran Viajera. En fin, lo de las tarjetas fue tirar el
dinero. Pero me parecía que estaba obligada a hacer allí algún gasto. Son de
Tiffany's. – Cogió mi martini, que yo ni siquiera había probado; lo vació de
dos tragos, y me agarró la mano-. Déjate de evasivas. Vas a hacerte amigo de
O. J.
Se produjo un incidente en la puerta. Era una joven, que entró como un
vendaval, una tempestad de foulards y tintineante oro.
–Ho-Holly -dijo, avanzando con un amenazador dedo en alto-, maldita
acaparadora, ¡Cómo se te ocurre coleccionar a toda esta panpandilla de
hombres arrearrebatadores!
Superaba holgadamente el metro ochenta, era más alta que la mayor parte
de los hombres presentes. Todos ellos enderezaron la espalda, encogieron el
estómago; hubo un generalizado concurso, a ver quién igualaba su
tambaleante estatura.
–¿Qué haces aquí? – dijo Holly, y los labios se le contrajeron como un
cordel tensado.
–Na-nada, cariño. He estado trabajando arriba, con Yunioshi. Fotos
navideñas para Ba-bazaar. ¿Te has enfadado, cariño? – Esparció una sonrisa
por entre los presentes-. Y vosotros, chicos, ¿también os ha-habéis enfadado
conmigo por haberme entrometido en vu-vuestra fiesta?
Rusty Trawler soltó una risilla disimulada. Le apretujó el brazo, como si
quisiera admirar su musculatura, y le preguntó si le apetecía una copa.
–Desde luego -dijo ella-. Un bourbon.
–No hay -le dijo Holly. Circunstancia que el coronel de las Fuerzas Aéreas
aprovechó para sugerir que estaba dispuesto a ir por una botella.
–No hace falta ar-armar ningún alboroto, os lo aseguro. Me conformaría
hasta con amoníaco. Holly, chata -dijo, empujándola un poquito-, no te
preocupes por mí. Yo misma me presentaré. – Se agachó hacia O. J. Berman,
cuyos ojos, como suele ocurrirles a los hombres bajos cuando están en
presencia de una mujer alta, se habían velado con un vaho de ambición-. Soy
Mag Wi-Wildwood, de Wild-woo-woo-wood, Arkansas. Una zona montañosa.
Parecía una danza, en la que Berman ejecutaba unos complicados pasos a
fin de impedir que sus rivales pudieran interponerse en su camino. Pero Mag
se le escapó, arrastrada por una cuadrilla de bailarines que comenzaron a
engullir los tartajeantes chistes de la chica como palomas precipitándose sobre
un puñado de maíz tostado. Su éxito era muy comprensible. Era la fealdad
derrotada, que suele ser mucho más cautivadora que la verdadera belleza,
aunque sólo sea por la paradoja que lleva consigo. A diferencia de ese otro
método que consiste en el simple buen gusto acompañado de cuidados
científicos, en este caso el éxito era consecuencia de la exageración de los
defectos; Mag había logrado transformarlos en adornos por el procedimiento
de exagerarlos con la mayor osadía. Unos tacones que realzaban su estatura,
tan altos que le temblaban los tobillos; un corpiño ajustado y plano que
indicaba que hubiera podido ir a la playa vestida sólo con pantalón de baño; el
cabello peinado muy tirante hacia atrás, para acentuar los rasgos enjutos y
magros de su cara de modelo. Incluso el tartamudeo, auténtico, sin duda, pero
también un poco forzado, había sido transformado en virtud. Ese tartamudeo
era el toque maestro; porque gracias a él se las arreglaba para que sus
trivialidades pareciesen de algún modo originales, y, en segundo lugar, porque
servía, a pesar de su estatura, de su aplomo, para inspirar en sus oyentes
masculinos un sentimiento protector. A modo de ilustración: hubo que pegarle
unos cuantos golpes en la espalda a Berman, simplemente porque le oyó decir,
«¿Quién pu-puede decirme dónde está el la-lavabo?»; y después, completando
el ciclo, él mismo le ofreció el brazo para guiarla hasta allí.
–No hace ninguna falta -dijo Holly-. No será la primera vez que lo visite.
Ya sabe dónde está.
Estaba vaciando ceniceros, y después de que Mag Wildwood saliera de la
habitación, vació otro y dijo, o, más bien, gimió:
–En realidad es muy triste. – Hizo una pausa, la prolongó a fin de darse
tiempo para calcular la cantidad de expresiones interrogativas, eran
suficientes-. Y misterioso. Lo raro es que no se le note más. Pero bien sabe
Dios que su aspecto es saludable. Y muy, no sé, sano. Eso es lo más
extraordinario. ¿No dirías -preguntó preocupada, pero sin dirigirse a nadie en
particular-, no dirías que parece estar sana?
Alguien tosió, varios tragaron saliva. Un oficial de la Marina, que sostenía
la copa de Mag Wildwood, la dejó.
–Aunque, claro -dijo Holly-, he oído decir que son muchas las chicas del
sur que tienen el mismo problema.
Se estremeció delicadamente, y se fue a buscar más hielo a la cocina.
Mag Wildwood fue incapaz de comprender, a su regreso, la repentina
frialdad; las conversaciones que ella iniciaba tenían el mismo efecto que la
leña verde, humeaban pero no llegaban a prender. Y, lo que resultaba más
imperdonable incluso, la gente empezaba a irse sin haberle pedido antes su
número de teléfono. El coronel de las Fuerzas Aéreas aprovechó para levantar
el campamento un momento en que ella le daba la espalda, y esto fue la gota
que colmó el vaso: el militar la había invitado a cenar con él esa noche. De
repente, Mag se cegó. Y como la ginebra guarda la misma relación con el
artificio que las lágrimas con el rímel, su atractivo se descompuso de forma
instantánea. Comenzó a meterse con todo el mundo. Tachó a su anfitriona de
degenerada hollywoodiense. Retó a un cincuentón a pelear con ella. Le dijo a
Berman que Hitler tenía razón. Y hasta logró reanimar a Rusty Trawler
acorralándole en un rincón.
–¿Sabes lo que te espera? – le dijo, sin rastro de tartamudeo-. Te haré
correr hasta el zoo y te echaré al yak para que te coma.
El pareció dispuesto a seguir sus planes, pero Mag le decepcionó porque se
dejó caer al suelo y se quedó allí sentada, tarareando una canción.
–Me aburres. Levántate de ahí -le dijo Holly, acabando de ponerse unos
guantes. El resto de la concurrencia esperaba en la puerta, y al ver que Mag no
se levantaba, Holly me dirigió una mirada de disculpa:
–Pórtate como un buen chico, Fred. Métela en un taxi. Vive en Winslow.
–No, en Barbizon. Regent 4-5700. Pregunta por Mag Wildwood.
–Eres un buen chico, Fred.
Y se fueron. La perspectiva de tener que tirar de aquella amazona hasta un
taxi bastó para borrar todo resto de resentimiento que pudiera quedarme. Pero
ella misma resolvió el problema. Levantándose a impulsos de su propio
enfurecimiento, me miró desde su tremenda estatura con tambaleante altivez, y
me dijo:
–Vamos al Stork. Te ha tocado la rifa.
Y a continuación cayó cuan larga era, como un roble talado. Lo primero
que se me ocurrió fue ir por un médico. Pero al examinarla comprobé que su
pulso era normal y su respiración rítmica. Estaba simplemente dormida.
Después de meterle una almohada debajo de la cabeza, la dejé disfrutando de
su sueño.
Al día siguiente por la tarde choqué con Holly en la escalera.
–¡Serás…! – me dijo, sin detener su carrera, cargada con un paquete de la
farmacia-. Ahí está, al borde de la pulmonía. Una resaca de campeonato. Y,
encima, la malea.
Deduje de todo esto que Mag Wildwood seguía en el apartamento, pero
Holly no me dio pie para explorar la sorprendente simpatía que ahora
mostraba por ella. A lo largo del fin de semana el misterio fue oscureciéndose
más aún. En primer lugar, por el tipo de aspecto latino que llamó a mi puerta;
por error, pues preguntó por Miss Wildwood. Me costó un buen rato sacarle de
su engaño, ya que nuestros respectivos acentos parecían mutuamente
incompatibles, pero le bastó ese tiempo para dejarme fascinado. Era una
combinación meticulosamente perfecta, y tanto su oscura tez como su cuerpo
de torero poseían una exactitud, una perfección comparables a las de una
manzana, una naranja, una de esas cosas que la naturaleza hace
impecablemente. A lo cual había que añadir, en calidad de adornos, el traje
inglés, la colonia intensa y, cosa aún menos latina, su timidez. El segundo
acontecimiento del día le tuvo también como protagonista. Atardecía, y le vi
llegar en un taxi cuando salía a cenar. El taxista le ayudó a entrar en el portal
todo un cargamento de maletas. Lo cual me proporcionó un nuevo tema de
reflexión. Cuando llegó el domingo me dolía la cabeza.
A continuación la imagen se hizo simultáneamente más clara y más oscura.
El domingo hizo un día típico del veranillo de San Martín, brillaba el sol
con intensidad, tenía la ventana de mi cuarto abierta, y me llegaban voces
desde la escalera de incendios. Holly y Mag se habían despatarrado abajo
sobre una manta, con el gato entre las dos. Les colgaba el cabello mojado,
recién lavado. Estaban muy atareadas, Holly pintándose las uñas de los pies,
Mag tejiendo un jersey. Hablaba Mag.
–Si quieres saber mi opinión, eres una chica con su-suerte. Como mínimo,
Rusty es norteamericano.
–¡Habrá que felicitarle!
–Chata, que estamos en guerra.
–Pues, en cuanto termine, no volverás a verme el pelo.
–No pienso como tú. Estoy or-orgullosa de mi país. Los hombres de mi
familia siempre fueron grandes soldados. Hay una estatua del abuelo
Wildwood justo en el centro de Wildwood.
–Fred es soldado -dijo Holly-, pero dudo que alguna vez llegue a ser una
estatua. Podría serlo. Dicen que la gente, cuanto más estúpida, más valiente. Y
él es bastante estúpido.
–¿Fred es ese chico del piso de arriba? No me di cuenta de que fuese un
soldado. Pero sí parece estúpido.
–Un soñador, no un estúpido. Lo que más le gusta es estar encerrado en
donde sea, mirando afuera: cualquiera que tenga la nariz aplastada contra un
cristal tiene que parecer estúpido a la fuerza. De todos modos, ése es otro
Fred. Fred es mi hermano.
–¿Y llamas estúpido a alguien que lleva tu misma sangre?
–Si lo es, lo es.
–Quizá, pero es de mal gusto decirlo de un chico que está combatiendo por
ti y por mí y por todos nosotros.
–¿Qué es esto? ¿Un discurso para vender bonos de guerra?
–Simplemente, quiero que sepas lo que pienso. Puedo reírme de cualquier
chiste, pero por dentro soy una persona muy se-seria. Y estoy orgullosa de ser
norteamericana. Por eso me preocupa José.-Abandonó su labor-. ¿Verdad que
te parece guapísimo? – Holly dijo Hmn, y le pasó el pincel de uñas por los
bigotes al gato-. Ojalá consiguiera hacerme a la idea de que voy a casarme con
un brasileño. Y de que yo seré brasileña. Se me hace muy cuesta arriba. Nueve
mil kilómetros, y ni siquiera conozco su idioma…
–Vete a la Berlitz.
–¿Y cómo diablos quieres que den clases de po-portugués? Si casi parece
imposible que haya alguien que hable ese idioma. No, la única solución que se
me ocurre es conseguir que José se olvide de la política y se haga
norteamericano, ¡Cómo se le puede ocurrir a nadie querer ser pre-presidente
nada menos que del Brasil! – Suspiró y volvió a coger la labor-. Debo de estar
locamente enamorada. Tú nos has visto juntos. ¿Crees que estoy locamente
enamorada?
–Te diré… ¿Muerde?
A Mag se le escapó un punto.
–¿Que si muerde?
–Que si te muerde a ti. En la cama.
–Pues no, la verdad. ¿Te parece que debería hacerlo? – Luego añadió, en
tono de censura-. Pero se ríe.
–Bien. Eso me parece correcto. Me gustan los hombres con sentido del
humor, la mayoría no hacen más que jadear y soltar bufidos. Mag retiró su
queja; aceptó el comentario como un halago que se reflejaba en ella. – Sí. Yo
diría que sí. – Bien. No muerde. Ríe. ¿Qué más?
Mag volvió a contar los puntos hasta el que se había saltado, y reanudó
luego la labor. Estaba haciendo punto del revés.
–Te he dicho que qué más.
–Ya te he oído. Y no es que no te lo quiera contar. Pero me cuesta mucho
acordarme. No les doy vu-vueltas a esas cosas. No tanto como pareces hacerlo
tú. Se me olvidan, como los sueños. Estoy segura de que eso es lo cocorriente.
–Puede que sea corriente, pero yo prefiero ser rara. – Holly interrumpió un
momento su tarea, consistente en ir pintando de rojo el resto de los bigotes del
gato-. Mira, si no consigues acordarte, prueba a ver qué pasa si dejas la luz
encendida.
–Entiéndeme, por favor, Holly. Soy una persona super convencionalísima.
–Qué cojones, ¿te parece mal echarle una buena ojeada a un tipo que te
gusta? Los hombres son preciosos, hay muchos que lo son, José lo es, y si ni
siquiera te dignas mirarle, no sé, yo diría que le están sirviendo un plato de
macarrones bastante frío.
–No grites ta-tanto.
–Es imposible que estés enamorada de él. Y bien, ¿responde esto a tu
pregunta?
–No. Porque no soy un plato de macarrones frío. Tengo un corazón muy
cálido. Esa es la esencia misma de mi carácter.
–De acuerdo. Tienes un corazón muy cálido. Pero si yo fuese un hombre
que está yéndose a la cama, preferida llevarme una botella de agua caliente. Es
más tangible.
–José no es de los que chillan -dijo, muy satisfecha, mientras el sol
arrancaba destellos de sus agujas-. Además, estoy enamorada de él. ¿Te has
dado cuenta de que he tejido diez pares de calcetines a cuadros en menos de
tres meses? Y éste es el segundo suéter. – Estiró el suéter y lo echó a un lado-.
¿Para qué?, me pregunto. Sueters en Brasil. Tendría que estar haciendo cascos
para el sol.
Holly se tendió de espaldas y bostezó.
–También debe de haber invierno.
–Es cuando llueve, eso al menos sí lo sé. Calor. Lluvia. Se-selvas.
–Calor. Selvas. ¿Sabes que me gustaría?
–Mucho más que a mí.
–Sí -dijo Holly, en un tono adormilado que no era de sueño-. Mucho más
que a ti.
El lunes, cuando bajé por el correo de la mañana, la tarjeta del buzón de
Holly estaba cambiada: Miss Golightly y Miss Wildwood viajaban ahora
juntas. Esto hubiese podido retener mi interés un momento más, pero había
una carta en mi buzón. Era de una pequeña revista universitaria a la que había
remitido un cuento. Les había gustado; y, aunque me pedían que entendiese
que no podían permitirse el lujo de pagarme, tenían intención de publicarlo.
Publicarlo: lo cual equivalía a letra impresa. Borracho de excitación no es una
simple frase. Tenía que decírselo a alguien: y, subiendo las escaleras de dos en
dos, aporreé la puerta de Holly.
Supuse que mi voz no sería capaz de transmitir la noticia; en cuanto salió a
la puerta, bizqueando de sueño, arremetí con la carta contra ella. Para cuando
me la devolvió, tuve la sensación de que había tardado el tiempo suficiente
como para leer sesenta páginas.
–Yo no se lo autorizaría. Si no pagan, nada -dijo, bostezando. Es posible
que mi expresión bastara para hacerle entender que no lo había comprendido,
que no buscaba consejo sino una felicitación: sus labios pasaron del bostezo a
la sonrisa-. Oh, ya veo. Es maravilloso. Bueno, pasa -dijo-. Haremos café y lo
celebraremos. No. Me vestiré y te invitaré a comer.
Su dormitorio estaba en armonía con la sala: perpetuaba aquel mismo
ambiente de campamento a punto de ser levantado; cajas de embalaje y
maletas, todo cerrado y listo para la partida, como las pertenencias de un
delincuente que sabe que la ley anda pisándole los talones. En la sala no había
muebles propiamente dichos, pero la habitación contaba con una cama, de
matrimonio, por cierto, y espectacular: madera clara, satén con borlas.
Dejó abierta la puerta del baño y charló desde allí; entre chorros y
fregoteos, la mayor parte de lo que dijo resultó ininteligible, pero en esencia
era: me suponía al tanto de que Mag Wildwood se había instalado allí, lo cual
era muy práctico, porque, si necesitas una compañera de habitación, en el
supuesto de que no pueda ser bollera, no hay nada mejor que una chica que sea
absolutamente tonta, que es lo que Mag era en su opinión, porque entonces es
facilísimo dejar que pague ella el alquiler y que vaya ella a la lavandería.
Era evidente que Holly tenía problemas con la lavandería; la habitación,
como un gimnasio de chicas, estaba sembrada de ropa sucia.
–…y, sabes, es una modelo que tiene mucho éxito, ¿no es fantástico? Lo
cual me va muy bien -dijo, saliendo del baño a pata coja, porque al mismo
tiempo se estaba ajustando la faja-. Seguro que no tendré que aguantarla todo
el día. Y no creo que haya muchos problemas en el frente de los hombres.
Está prometida. Buen chico. Aunque hay una leve diferencia de estatura:
un palmo, yo diría, a favor de ella. Dónde diablos…Estaba de rodillas,
metiendo el brazo bajo la cama. Cuando encontró lo que buscaba, unos
zapatos de lagarto, tuvo que buscar una blusa, un cinturón, y me dio que
pensar largamente que, pese a todo aquel desbarajuste, consiguiese al final el
resultado apetecido: un aspecto de persona mimada por la vida, serenamente
inmaculado, como si la hubiesen estado cuidando las doncellas de Cleopatra.
–Escúchame -dijo, y tomó mi barbilla en su palma-. Me alegra lo del
cuento. De verdad.
Aquel lunes de octubre de 1943. Un día precioso, alegre como un pájaro.
Nos tomamos para empezar sendos manhattans en el bar de Joe Bell; y,
cuando éste se enteró de mi buena suerte, cócteles de champán por cuenta de
la casa. Después paseamos hasta la Quinta Avenida, en donde había un desfile.
Las banderas al viento, el retumbar de las bandas militares, no parecían tener
relación alguna con la guerra sino que más bien parecían una fanfarria
organizada exclusivamente en mi honor.
Comimos en la cafetería del parque. Luego, dando un rodeo para no pasar
por el zoológico (Holly dijo que no soportaba la visión de cosas enjauladas),
reímos, corrimos y cantamos por los senderos que conducen al viejo cobertizo
de madera que en aquel entonces albergaba los botes, y que ahora ya ha
desaparecido. En el lago flotaban hojas; un jardinero abanicaba en la orilla una
hoguera de hojarasca, y el humo, alzándose como las señales de los indios, era
la única mancha del aire estremecido. Nunca me han dicho nada los abriles, es
el otoño lo que me parece la estación inaugural, primaveral; y así me sentí
mientras permanecía sentado con Holly en la barandilla de la entrada del
cobertizo. Pensé en el futuro, y hablé del pasado. Porque Holly quiso saber
cosas de mi infancia. Ella habló también de la suya; pero fue un recital
esquivo, sin nombre ni lugar, impresionista, aunque la impresión que recibí era
opuesta a la que me había esperado, pues me hizo unas descripciones casi
voluptuosas de baños veraniegos, árboles navideños, guapos primos, festejos:
en pocas palabras, alegre en un sentido en que ella no lo era, y en modo
alguno, desde luego, el pasado de una chica que se ha fugado de su casa.
¿O, le pregunté, quizá no era cierto que se había largado a vivir por su
cuenta cuando sólo tenía catorce años? Se frotó la nariz.
–Eso es cierto. Lo otro no. Aunque, la verdad, tu descripción de tu infancia
ha sido tan trágica que me ha parecido inoportuno rivalizar contigo.
Bajó de la barandilla dando un salto.
–En fin, esto me recuerda que tendría que mandarle un poco de
mantequilla de cacahuete a Fred.
Nos pasamos el resto de la tarde caminando al este y al oeste,
arrancándoles con añagazas a diversos tenderos numerosas latas de
mantequilla de cacahuete, que iba muy escasa en los años de la guerra;
oscureció sin que hubiésemos obtenido más que media docena de tarros, el
último en una charcutería de la Tercera Avenida, cerca de la tienda de
antigüedades en cuyo escaparate se encontraba aquella palaciega jaula, de
manera que la llevé hasta allí para que la viese, y Holly supo apreciar su
encanto, su fantasía.
–De todos modos, es una jaula.
Cuando pasábamos delante de un Woolworth's, me agarró fuertemente el
brazo:
–Robemos algo -dijo, tirando de mí hacia el interior de la tienda, en donde,
de inmediato, me pareció sentir el acoso de las miradas, como si ya fuésemos
sospechosos-. Venga. No seas gallina.
Exploró un mostrador con montañas de calabazas de papel y máscaras para
la noche de Halloween. La dependienta estaba atareada con un grupo de
monjas que se probaban máscaras. Holly cogió una máscara y se la puso;
eligió otra, y me la puso a mí; luego me tomó de la mano y salimos. Así de
sencillo. Una vez en la calle, corrimos a lo largo de varias manzanas, creo que
sólo para añadirle emoción; pelo también porque, tal como descubrí entonces,
el ladrón se siente eufórico cuando un robo le sale bien. Le pregunté si robaba
a menudo.
–Antes sí -dijo-. No me quedaba otro remedio si quería algo, lo que fuese.
Pero todavía lo hago de vez en cuando, para no desentrenarme.
Aún llevábamos las máscaras puestas cuando llegamos a casa.
Guardo el recuerdo de otros muchos días de andar de acá para allá con
Holly; y es cierto, hubo épocas en las que salíamos mucho juntos; pero el
recuerdo, considerando las cosas en conjunto, es falso. Porque hacia finales de
mes encontré un empleo: ¿hace falta añadir algo más? Mejor cuanto menos
diga, aparte de mencionar que me resultaba imprescindible, y que duraba de
nueve a cinco. Lo cual hizo que nuestros horarios, el de Holly y el mío, fuesen
extremadamente distintos.
A no ser que fuera jueves, su día de Sing Sing, o que se hubiera ido al
parque para montar a caballo, cosa que hacía de vez en cuando, Holly nunca se
había levantado cuando yo regresaba a casa. En ocasiones, entraba en su piso
y compartía su café mientras ella se vestía para la velada. Siempre estaba a
punto de salir, no todas las veces con Rusty Trawler, pero casi todas, y
también casi todas en compañía de Mag Wildwood y su guapo brasileño, cuyo
nombre era José Ybarra-Jaegar: su madre era alemana. Como cuarteto, daban
una nota desafinada, sobre todo por culpa de Ybarra-Jaegar, que parecía tan
desplazado al lado de los otros como un violín en un grupo de jazz. Era un
hombre inteligente, y presentable, y parecía tomarse bastante en serio su
trabajo, que era oscuramente oficial, vagamente importante, y le obligaba a
estar en Washington varios días por semana. ¿Cómo pudo sobrevivir noche
tras noche en La Rue, El Morocco, escuchando el pa-parloteo de Mag
Wildwood y mirando aquella cara de culo desnudo de niño que tenía Rusty?
Es posible que, como la mayoría de la gente que se encuentra en un país
extranjero, fuese incapaz de situar a la gente, de elegir un marco adecuado
para su retrato, cosa que en Brasil le hubiese resultado de lo más sencillo; es
decir, tenía que enjuiciar a todos los norteamericanos bajo una luz
prácticamente uniforme, y desde este punto de vista sus acompañantes debían
de parecerle ejemplos soportables del color local, del carácter nacional. Esto
explicaría muchas cosas; la determinación de Holly explica las demás.
Una tarde, mientras estaba esperando un autobús en la Quinta Avenida, me
fijé en un taxi que aparcaba en la acera de enfrente. Se apeó una chica, que
luego subió corriendo la escalera de la biblioteca pública de la calle Cuarenta
y dos. Entró antes de que la reconociese, cosa disculpable dado que no era
fácil relacionar a Holly con las bibliotecas. Dejé que la curiosidad me
empujara a pasar entre los leones de la entrada, mientras discutía conmigo
mismo sobre qué era más conveniente, si reconocer ante ella que la había
seguido, o fingir que era una coincidencia. Al final no hice ni una cosa ni la
otra, sino que me escondía varias mesas de distancia en la sala de lectura, que
es donde ella se había instalado, parapetada detrás de sus gafas oscuras y una
fortaleza de libros que había amontonado en su pupitre. Pasó a toda velocidad
de un libro a otro, se detuvo intermitentemente en alguna que otra página,
siempre con el ceño fruncido, como si las letras estuvieran impresas del revés.
Tenía un lápiz apoyado en el papel: nada parecía llamar su atención aunque, de
vez en cuando, como si fuera de pura furia, garabateaba laboriosamente.
Cuando la miraba recordé a una compañera de la escuela, Mildred Grossman.
Mildred: su cabello húmedo y sus grasientas gafas, sus dedos manchados que
diseccionaban ranas y llevaban café a los piquetes de huelguistas, y sus ojos
deslustrados que sólo se alzaban hacia las estrellas para calcular su tonelaje
químico. La tierra y el aire no podían ser más opuestos que Mildred y Holly,
pero ambas adquirieron en mis pensamientos cierta semejanza siamesa, y la
idea que las había entrelazado era más o menos la siguiente: los caracteres
suelen ir evolucionando, y cada pocos años nuestros cuerpos experimentan
una remodelación completa; tanto si es deseable como si no lo es, nada más
natural que el que cambiemos. Pues bien, he aquí dos personas que no
cambiarían jamás. Era esto lo que Mildred Grossman y Holly Golightly tenían
en común. No cambiarían jamás porque su carácter se había formado antes de
hora; lo cual, de la misma manera que los enriquecimientos repentinos,
produce desproporciones: la una se había atribuido a sí misma el fachendoso
papel de persona seria y realista; la otra, el de desviacionista romántica. Me las
imaginé en un restaurante del futuro, Mildred dedicada todavía a estudiar la
carta desde el punto de vista del valor nutritivo, y Holly con la misma
glotonería de ahora por todos y cada uno de los platos. Nada cambiaría nunca.
Andarían por la vida, y la abandonarían, con el mismo paso decidido que
apenas toma en cuenta esos acantilados que quedan a la izquierda. Estas
profundas observaciones hicieron que me olvidase del lugar en donde me
encontraba; volví en mí, sobresaltado por la sombría luz de la biblioteca, y
totalmente sorprendido otra vez de encontrar allí a Holly. Eran más de las
siete, y estaba retocándose el carmín de los labios, y modificando, mediante la
adición de un foulard y unos pendientes, el atuendo que le había parecido más
adecuado para una biblioteca a fin de convertirlo en el adecuado para el
Colony. Una vez se hubo ido, me acerqué a la mesa en donde había dejado sus
libros, que eran lo que yo quería ver. El sur del pájaro del trueno. Rincones
desconocidos del Brasil. La mentalidad política latinoamericana. Y así
sucesivamente.
Holly y Mag dieron una fiesta por Nochebuena. Holly me pidió que fuese
temprano para que la ayudase a adornar el árbol. Todavía no entiendo cómo
lograron meter aquel árbol en el apartamento. Sus ramas superiores estaban
aplastadas contra el techo, y las bajas se extendían de pared a pared; en
conjunto era más o menos como el abeto gigante que suelen instalar en la
plaza Rockefeller. Es más, solamente todo un Rockefeller habría podido
adornarlo, pues engullía las bolas y las cintas doradas como si se tratase de
nieve derretida. Holly insinuó que podía ir a Woolworth's y robar allí unos
cuantos globos; así lo hizo: y con ellos el árbol quedó bastante decente.
Brindamos por nuestra labor, y Holly dijo:
–Mira en el dormitorio. Hay un regalo para ti.
También yo tenía un regalo para ella: un paquetito que llevaba en el
bolsillo, y que me pareció más pequeño incluso cuando vi, en medio de la
cama y envuelta con cinta roja, la maravillosa pajarera.
–Pero ¡Holly!!Es horrible!
–Estoy absolutamente de acuerdo contigo; pero me pareció que la querías.
–¡Me refiero al precio! ¡Trescientos cincuenta dólares!
Ella se encogió de hombros.
–Unos cuantos viajes de más al tocador. Pero me has de prometer una cosa.
Me has de prometer que jamás meterás ahí dentro a ningún ser vivo.
Comencé a darle besos, pero ella levantó la mano.
–Dame el mío -dijo, palpando el bulto de mi bolsillo.
–Me temo que no es gran cosa.
Y no lo era; una medalla de San Cristóbal. Pero, como mínimo, era de
Tiffany's.
Holly no era una chica capaz de conservar nada, y a estas alturas seguro
que ya ha perdido la medalla, que la ha abandonado en alguna maleta o en el
cajón de algún hotel. Pero yo sigo conservando la pajarera. La he transportado
a Nueva Orleans, a Nantucket, por toda Europa, Marruecos, el Caribe. Pero
casi nunca me acuerdo de que fue Holly quien me la regaló, porque hubo un
día en que decidí olvidarlo: tuvimos una tremenda pelea, y entre las diversas
cosas que se pusieron a dar vueltas en el ojo de nuestro huracán estuvieron la
pajarera y O.J. Berman y mi cuento, pues le di un ejemplar a Holly cuando
aquella revista universitaria lo publicó.
A mediados de febrero Holly se fue de viaje turístico invernal con Rusty,
Mag y José Ybarra-Jaegar. Nuestro altercado ocurrió poco después de su
regreso. Holly estaba más negra que si se hubiese untado con yodo, el sol le
había aclarado el cabello hasta dejárselo de un blanco fantasmagórico, y se lo
había pasado muy bien:
–Mira, primero estuvimos en Key West, y Rusty se enfureció con unos
marineros, o fue al revés, no sé, la cuestión es que tendrá que llevar una faja
para la espalda durante el resto de sus días. Mi queridísima Mag también
terminó en el hospital. Quemaduras de sol, de primer grado. Repugnante:
ampollas y aceite de citronella por todo el cuerpo. Así que José y yo les
dejamos en el hospital y nos fuimos a La Habana. Él dijo espera a ver Río;
pero, por lo que a mí respecta, me conformo con La Habana para gastarme allí
todo mi dinero. Tuvimos un guía de los que no se olvidan, negro en un ochenta
por ciento, y chino el resto, y aunque no me gusta mucho ni lo uno ni lo otro,
la combinación era francamente fascinante; así que le dejé que jugara a hacer
rodillitas por debajo de la mesa porque, para serte franca, no me pareció en
absoluto vulgar; pero una noche nos llevó a ver una película porno, y ¿qué te
imaginas que pasó? Pues que salía él en la pantalla. Naturalmente, cuando
regresamos a Key West Mag estaba segura de que me había pasado todos los
días acostándome con José. Y Rusty lo mismo: pero a él estas cosas le dan
igual, sólo quiere que se lo cuentes con todo detalle. De hecho, la situación fue
bastante tensa hasta que hablé con Mag de corazón a corazón.
Nos encontrábamos en la sala, en donde, aunque ya estábamos casi en
marzo, el enorme árbol de Navidad, pardo y desprovisto ya de olor, con sus
globos arrugados como las tetas de una vaca vieja, seguía ocupando la mayor
parte del espacio. Una pieza reconocible como mueble había sido añadida: un
camastro militar; y Holly, tratando de conservar su aspecto tropical, estaba
tendida en él bajo una lámpara solar.
–¿Lograste convencerla?
–¿De que no me había acostado con José? Santo Dios, sí. Simplemente le
dije, bueno, ya sabes: fingí que se trataba de una torturada confesión, le dije
que yo era bollera.
–Es imposible que se lo creyese.
–Y un cuerno que no se lo creyó. ¿Por qué crees que se fue a comprar este
catre de campaña? Déjalo en mis manos: cuando se trata de escandalizar a la
gente, no tengo rival. Sé bueno, dame un poco de aceite en la espalda. –
Mientras le hacía este servicio, ella prosiguió-: O. J. Berman ronda por aquí y,
sabes, le he dado tu cuento, el de la revista. Le ha impresionado bastante.
Ahora cree que quizá valga la pena echarte una mano. Pero dice que no vas
por el buen camino. Negros y niños, ¿a quién le importan?
–Deduzco que a Mr. Berman no le interesan.
–Ni a mí. He leído el cuento dos veces. Mocosos y negrazos. Hojas
temblorosas. Descripciones. No me dice nada.
Mi mano, que estaba extendiendo el aceite sobre su piel, pareció reaccionar
por su cuenta: tenía ganas de alzarse para caer sobre las nalgas de Holly.
–Dame un ejemplo -dije sin acalorarme-. Un ejemplo de una historia que,
en tu opinión, diga algo.
–Cumbres borrascosas -dijo ella, sin dudarlo.
Los deseos de mi mano comenzaban a escapar de mi control.
–Compararme con eso es una insensatez. Hablas de una obra genial.
–¿Verdad que lo es? Mi dulce y salvaje Cathy. Dios mío, lloré a mares. La
vi diez veces.
Dije «Ah» con palpable alivio, un «Ah» acompañado de una inflexión de
ignominiosa superioridad, «la película».
Sus músculos se endurecieron, era como tocar una piedra recalentada por
el sol.
–Todo el mundo tiene que sentirse superior a otros -dijo-, pero, antes de
demostrárselo a quien sea, es costumbre ofrecer alguna prueba.
–No estoy comparándome contigo. Ni con Berman. Por lo tanto, puedo
sentirme superior. No buscamos lo mismo.
–¿No quieres ganar dinero?
–Mis planes no llegan tan lejos.
–A eso justamente suenan tus historias. Como si estuvieras escribiéndolas
sin saber el final. Pues mira, te diré una cosa: mejor sería que ganases dinero.
Tienes una imaginación bastante cara. No encontrarás a mucha gente que
pueda comprarte pajareras.
–Lo siento.
–Lo sentirás de verdad como me pegues. Hace un minuto estabas a punto
de hacerlo: te lo he notado en la mano; y ahora también tienes ganas.
Y lo hice, brutalmente; aún me temblaba la mano, y el corazón, cuando
tapé el frasco de aceite solar.
–Pues no, no me arrepiento. Sólo siento que te hayas gastado tanto dinero
conmigo. Es muy duro tener que ganárselo con Rusty Trawler.
Se sentó en el catre, con la cara y los pechos desnudos fríamente azulados
a la luz de la lámpara solar.
–Necesitarás unos cuatro segundos para ir de aquí a la puerta. Te concedo
dos.
Subí directamente a mi piso, cogí la pajarera, la bajé y la dejé delante de su
puerta. Esta parte del asunto quedaba resuelta. O eso imaginé yo hasta la
mañana siguiente, cuando, camino del trabajo, encontré la jaula metida en un
cubo, esperando la llegada de los basureros. No sin vergüenza, la rescaté y
volví a subirla a mi casa, pero esta capitulación no debilitó mi resolución de
apartar totalmente a Holly de mi vida. Decidí que era una «vulgar
exhibicionista», una «pérdida de tiempo», una «farsante»: alguien con quien
jamás volvería a hablar.
Y no lo hice. Durante bastante tiempo. Bajábamos la vista cuando nos
cruzábamos por la escalera. Si ella entraba en el bar de Joe Bell, yo me iba.
Hubo una ocasión en la que Sapphia Spanella, la soprano y aficionada al
patinaje que vivía en el primer piso, hizo circular entre los demás inquilinos de
la casa una demanda de desahucio contra Miss Golightly, que, decía Madame
Spanella, era una persona «moralmente censurable» que «perpetra reuniones
nocturnas que ponen en peligro la seguridad y la salud mental de sus vecinos».
Aunque me negué a firmarla, admití interiormente que las quejas de Madame
Spanella eran justificadas. Pero su demanda fracasó, y, cuando abril se
aproximaba a mayo, las cálidas noches primaverales de ventanas abiertas se
cargaron del espantoso estruendo de los ruidos de las fiestas, el tocadiscos a
todo volumen y las risas de martini que salían del apartamento 2.
No era una novedad, sino todo lo contrario, que hubiese tipos sospechosos
entre los invitados de Holly; pero un día de finales de esa primavera, al entrar
en la casa, me fijé en un hombre muy provocativo que estaba examinando el
buzón de Holly. Un tipo de cincuenta y pocos años, facciones duras y curtidas,
y ojos grises tristes. Llevaba un viejo sombrero gris con manchas de sudor, y
su barato traje de verano, azul pálido, le caía muy holgado sobre su
larguirucho esqueleto; sus zapatos marrones eran nuevos. No parecía tener
intención de llamar al timbre de Holly. Se limitaba a pasar, lentamente, como
si leyera Braille, un dedo por el relieve de las letras de su nombre.
Por la noche, cuando me iba a cenar, volví a verle. Estaba en la acera de
enfrente, apoyado en un árbol y mirando las ventanas de Holly. Por mi cabeza
circularon toda clase de siniestras especulaciones. ¿Podía tratarse de un
detective? ¿Algún enviado de los bajos fondos, relacionado con Sally Tomato,
su amigo de Sing Sing? La situación reavivó mis más tiernos sentimientos por
Holly; era justo que interrumpiese nuestro enfado el tiempo suficiente como
para advertirle que estaban vigilándola. Mientras me encaminaba a la esquina
y dirigía mis pasos hacia el Hamburg Heaven de la esquina de Madison con la
Setenta y nueve, noté que la atención de aquel hombre se centraba en mí. Al
poco rato, sin volver la cabeza, noté que me seguía. Porque le oí silbar. Y no
era una cancioncilla corriente, sino la quejumbrosa canción de las praderas que
Holly tocaba a veces con su guitarra: No quiero dormir, no quiero morir, sólo
quiero seguir viajando por los prados del cielo. Seguí oyendo el silbido por
Park Avenue y Madison arriba. Una vez, mientras esperaba a que el semáforo
cambiase, vi por el rabillo del ojo que se agachaba para acariciar a un sucio
pomeranio.
–Magnífico animal -le dijo al dueño, con una voz rural, afónica.
El Hamburg Heaven estaba vacío. Sin embargo, tomó asiento en el
mostrador, justo a mi lado. Olía a tabaco y sudor. Pidió un café, pero cuando
se lo sirvieron ni lo tocó. En lugar de tomárselo, estuvo mordisqueando un
palillo y estudiándome en el espejo que teníamos delante de nosotros.
–Disculpe -le dije, hablándole por el espejo-, ¿se puede saber qué quiere?
La pregunta no le azoró; pareció aliviado de que se la hubiese hecho.
–Muchacho, necesito un amigo -dijo.
Sacó una cartera. Estaba tan gastada como sus curtidas manos, casi rota; y
en el mismo estado se encontraba la instantánea agrietada, borrosa y frágil que
me tendió. Había siete personas en la foto, amontonadas bajo el hundido
porche de una espantosa casa de madera, y, aparte de él, que le pasaba el brazo
por la cintura a una chica gorda y rubia que se hacía sombra con la mano sobre
los ojos, todos eran niños.
–Ese soy yo -dijo, señalándose-. Esa es ella… -Dio un golpecito sobre la
chica rolliza-. Y ese de ahí -añadió, indicando a un chico alto como un chopo y
con pelo de estopa- es su hermano Fred.
Volví a mirarla a «ella»: y, en efecto, ahora pude encontrar cierto parecido
embriónico con Holly en la chica de gordas mejillas que bizqueaba bajo el sol.
Justo en ese momento comprendí quién debía de ser aquel hombre.
–Usted es el padre de Holly.
El hombre parpadeó, frunció el ceño.
–No se llama Holly. Antes se llamaba Lulamae Barnes. Antes -dijo,
cambiando de sitio el palillo que tenía aún en la boca- de casarse conmigo.
Soy su marido. Doctor Golightly. Soy médico de caballos, veterinario.
También trabajo un poco la tierra. Cerca de Tulip, en Texas. ¿De qué se ríe,
muchacho?
No era una verdadera risa: simple nerviosismo. Tomé un poco de agua, me
atraganté; él me golpeó la espalda.
–Esto no es cosa de risa, muchacho. Soy un hombre cansado. Hace cinco
años que busco a mi mujer. En cuanto recibí la carta de Fred en la que me
decía dónde estaba, compré un billete de la Greyhound. Lulamae debería estar
en casa, con su marido y sus hijos.
–¿Hijos?
–Son ésos -dijo, casi gritando. Se refería a los otros cuatro rostros jóvenes
de la foto, dos niñas descalzas y un par de chicos con mono. Bueno, era obvio:
aquel hombre era un demente.
–Es imposible que Holly sea la madre de esos chicos. Son mayores que
ella. Más altos.
–No he dicho, muchacho -dijo él, explicándomelo con calma-, que los haya
parido ella. La maravillosa madre de estos niños, aquella maravillosa mujer,
que Dios la tenga en su gloria, falleció el cuatro de julio, Día de la
Independencia, de 1936. El año de la sequía. Cuando me casé con Lulamae ya
era 1938, diciembre, ella estaba a punto de cumplir los catorce. Es posible que
una persona corriente, con sólo catorce años, no supiera lo que se hacía. Pero
Lulamae es otra cosa, una mujer excepcional. Sabía muy bien lo que estaba
haciendo cuando me prometió ser mi esposa y la madre de mis hijos. Y nos
rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella manera. – Sorbió un poco
de café ya enfriado, y me miró con interrogadora vehemencia-. Y ahora,
muchacho, ¿dudas de lo que te digo? ¿Crees que lo que te digo es cierto?
Le creí. Era demasiado implausible para no ser cierto; es más, encajaba
con la descripción que había hecho O. J. Berman de la Holly que conoció en
California. «No sabías si era una palurda, o si venía de Oklahoma o qué.» No
se le podían echar las culpas a Berman por no haber adivinado que era una
niña casada, de Tulip, estado de Texas.
–Nos rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella manera -repitió el
médico de caballos-. No tenía por qué. El trabajo de la casa lo hacían las niñas.
Lulamae podía darse la buena vida: revolotear ante los espejos y lavarse el
pelo. Teníamos vacas, teníamos huerto, gallinas, cerdos: muchacho, esa chica
se puso gorda de verdad. Y, mientras, su hermano crecía y crecía hasta
convertirse en un gigante. Todo un mundo de diferencia en comparación a
como estaban cuando se quedaron a vivir con nosotros. Fue Nellie, mi hija
mayor, fue Nellie la que los trajo a casa. Vino una mañana y me dijo: «Papá,
tengo a un par de pilletes encerrados en la cocina. Les he sorprendido afuera,
robando leche y huevos de pava.» Eran Lula mae y Fred. Bueno, pues en su
vida habrá visto dos críos que dieran tanta pena como ellos. Les asomaban las
costillas por todos lados, y tenían las piernas tan canijas que no les sostenían
en pie, y los dientes se les movían tanto que no les servían ni para masticar un
puré. Contaron que su madre había muerto de tuberculosis, lo mismo que su
papá; y que todos los hijos, un buen montón, fueron enviados a vivir con
diversas personas a cuál más mezquina. Pues bien, Lulamae y su hermano
habían estado en casa de algún mezquino don nadie, a ciento cincuenta
kilómetros al este de Tulip. Lulamae tuvo buenos motivos para escaparse de
aquella casa. Y ninguno para irse de la mía. Era su hogar. – Apoyó los codos
en el mostrador y, apretándose los ojos cerrados con los dedos, suspiró-.
Engordó tanto que acabó convirtiéndose en una mujer verdaderamente guapa.
Y muy animada. Locuaz como un arrendajo. Siempre tenía algún comentario
ingenioso sobre el tema que fuese: mejor que la radio. Y antes de que me diera
cuenta ya me había puesto a recoger flores. Domestiqué un cuervo para
regalárselo, y le enseñé a decir Lulamae. Y le di a ella lecciones de guitarra.
De sólo mirarla se me saltaban las lágrimas a los ojos. La noche de mi
declaración lloré como un crío. «¿Por qué lloras, Doc? – me dijo ella-. Pues
claro que podemos casarnos. Sera mi primera boda.» Me hizo reír, la verdad, y
la abracé y la besé: ¡Será mi primera boda! -Rio un poco, y durante un
momento volvió a morder el palillo-, ¡No me diga que no era una mujer feliz!
– dijo, en tono desafiante-. Todos la mimábamos. No tenía que levantar un
dedo, como no fuera para comerse algún pedazo de pastel. Como no fuera para
peinarse y mandar a alguien por todas las revistas. Debieron de entrar revistas
por valor de cien dólares en esa casa. Si quiere saber mi opinión, eso fue lo
que tuvo la culpa. Tanto mirar fotos de gente ostentosa. Tanto leer sueños. Eso
fue lo que la empujó a dar los primeros pasos por el camino. Cada día andaba
un poco más: un kilómetro, y volvía a casa. Dos kilómetros, y volvía a casa.
Un día, simplemente, siguió adelante. – Volvió a posar las manos sobre sus
ojos; su respiración producía un ruido ronco-. El cuervo que le di se volvió
loco y huyó. Seguimos oyéndole todo el verano. En la era. En el huerto. En los
bosques. El maldito pájaro se pasó todo el verano gritando: Lulamae,
Lulamae.
Se quedó encorvado y silencioso, como si estuviera escuchando la canción
de aquel antiguo verano. Llevé la cuenta de los dos a la caja. Mientras yo
pagaba, se me acercó. Salimos juntos y nos fuimos andando hacia Park
Avenue. Era una noche fría, ventosa; la brisa agitaba sonoramente los
fláccidos toldos. Seguimos andando en silencio hasta que yo le dije:
–¿Y su hermano? ¿No se fue?
–No -dijo, carraspeando-. Fred se quedó con nosotros hasta que se lo llevó
el ejército. Buen chico. Bueno para los caballos. Tampoco él entendió qué le
había pasado a Lulamae, cómo había podido abandonar a su hermano y su
marido y sus niños. Pero en cuanto estuvo en el ejército, Fred comenzó a tener
noticias de ella. El otro día me mandó una carta con sus señas. Por eso vine a
buscarla. Sé que lamenta haber hecho lo que hizo. Sé que quiere volver a casa.
Parecía estar pidiéndome que me mostrara de acuerdo con él. Yo le dije
que en mi opinión iba a encontrar bastante cambiada a Holly, o Lulamae.
–Escúchame, muchacho -dijo, cuando llegamos a la escalera del portal-, ya
te he dicho que necesito un amigo. Porque no quiero darle una sorpresa. Nada
de sustos. Por eso he estado esperando. Pórtate como un amigo: dile que he
venido.
La idea de hacer las presentaciones entre Miss Golightly y su marido tenía
aspectos satisfactorios; y, alzando la vista hacia sus iluminadas ventanas,
confié en que estuvieran con ella sus amigos, pues la perspectiva de ver el
momento en que el tejano les estrechara la mano a Mag y Rusty y José, me
resultaba más satisfactoria incluso. Pero la grave y orgullosa mirada de Doc
Golightly, su sombrero sudado, hicieron que me avergonzase de mis
expectativas. Entró detrás de mí en el edificio, y se dispuso a esperar al pie de
la escalera.
–¿Tengo buen aspecto? – susurró, desempolvándose las mangas,
ajustándose el nudo de la corbata.
Holly estaba sola: Abrió enseguida; en realidad estaba a punto de salir: las
zapatillas de satén blanco y las grandes dosis de perfume anunciaban la
inminencia de una fiesta lujosa.
–Lo siento, idiota -me dijo, y, jugando, descargó el bolso contra mí-. Tengo
demasiada prisa para hacer las paces ahora. ¿Te parece que dejemos para
mañana lo de fumar la pipa?
–Claro, Lulamae. Suponiendo que mañana estés todavía por aquí.
Se sacó las gafas oscuras y me miró bizqueando. Era como si sus ojos
fuesen prismas fragmentados, y las notas azules y grises y verdes no fueran
más que pedazos fotos de su antiguo centelleo.
–Tiene que ser él quien te lo ha dicho -me dijo con una vocecilla
temblorosa-. Dímelo, por favor. ¿Dónde está? – Dejándome atrás, se precipitó
escaleras abajo-, ¡Fred! – gritó por el hueco-, ¡Fred! ¿Dónde estás, mi Fred?
Oí los pasos de Doc Golightly, que empezaba a subir los peldaños. Su
cabeza se asomó por la barandilla, y Holly retro- cedió, no tan asustada como
para refugiarse en una concha de desengaño. Hasta que él llegó a su altura,
avergonzado y tímido.
–Caray, Lulamae -comenzó a decir, pero tuvo un momento de vacilación
porque Holly le miraba con desconcierto, como si no consiguiera identificarle
del todo-. Vaya, cariño -añadió por fin-, ¿no te dan de comer por estos pagos?
Qué flaquísima estás. Como el día en que te conocí. Con ojos de loca.
Holly le tocó la cara; palpó con sus dedos la realidad de su mentón, de su
barba de dos días.
–Hola, Doc -dijo Holly con amabilidad, y le besó en la mejilla-. Hola, Doc
-repitió alegremente mientras él la levantaba del suelo con un abrazo capaz de
estrujarle las costillas.
–Caray, Lulamae -dijo él, estremecido por una risa de alivio-. La venida
del Reino.
Ninguno de los dos se fijó en mí cuando me colé por detrás de ellos para
subir a mi habitación. Tampoco parecieron darse cuenta de la presencia de
Madame Sapphia Spanella, que abrió su puerta y chilló:
–¡Callarse! Qué vergüenza. Lárgate a hacer de puta a otra parte.
–¿Divorciarme de él? No me he divorciado. Pero, por Dios, si yo tenía sólo
catorce años. No pudo ser legal. – Holly dio unos golpecitos en su vacía copa
de martini-. Otros dos, Mr. Bell.
Joe Bell, en cuyo bar estábamos sentados, aceptó el pedido de mala gana.
–Es muy temprano para agarrar una curda -se quejó, masticando una
pastilla digestiva. Según el negro reloj de caoba que había al otro lado de la
barra, aún no era mediodía, y ya nos había servido tres rondas.
–Pero si es domingo, Mr. Bell. Los relojes van más lentos los domingos.
Además, todavía no me he acostado -le dijo, y, más confidencialmente, me
confesó-: Al menos para dormir. – Se sonrojó, y desvió la mirada con aire
culpable. Por vez primera desde que la conocía, parecía sentir necesidad de
justificarse-: Mira, tenía que hacerlo. Doc me quiere de verdad, sabes. Y yo le
quiero a él. Es posible que a ti te haya parecido viejo y repulsivo. Pero no
sabes lo dulce que es, la confianza que puede inspirarles a los pájaros y a los
mocosos y a otras cosas frágiles. Cuando alguien te da su confianza, siempre
te quedas en deuda con él. Siempre me he acordado de Doc en mis oraciones.
¡Y deja de burlarte, por favor! – me pidió, aplastando una colilla-. Suelo rezar
mis oraciones.
–No me burlo. Sólo sonrío. Eres la persona más desconcertante del mundo.
–Supongo que sí -dijo, y su rostro, al que la luz de la mañana daba un
aspecto macilento, castigado, se iluminó; se alisó el despeinado cabello, y sus
variados colores brillaron como en un anuncio de champú-. Seguro que tengo
un aspecto terrible. Pero lo mismo le hubiese ocurrido a cualquiera. Nos
hemos pasado el resto de la noche caminando de un lado para otro en una
estación de autobuses. Hasta el último minuto, Doc estaba convencido de que
me iría con él. A pesar de que yo le estaba repitiendo todo el rato: Pero Doc,
ya no tengo catorce años, y no soy Lulamae. Pero lo más terrible, y lo
comprendí mientras estábamos esperando allí, es que lo soy. Todavía ando
robando huevos de pava y corriendo entre zarzales. Con la diferencia de que
ahora lo llamo tener la malea.
Joe Bell dejó desdeñosamente los nuevos martinis delante de nosotros.
–No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell -le aconsejó
Holly-. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a su casa seres
salvajes. Halcones con el ala rota. Otra vez trajo un lince rojo con una pata
fracturada. Pero no hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto
más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo
suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un
árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted, Mr.
Bell, si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el
cielo.
–Está borracha -me informó Joe Bell.
–Un poco -confesó Holly-. Pero Doc me entiende. Se lo he explicado con
todo detalle, y eran cosas que podía entender. Nos hemos dado la mano, nos
hemos abrazado, y me ha deseado buena suerte. – Echó una mirada al reloj-. A
esta hora ya debe de estar en los Montes Azules.
–¿De qué habla? – me preguntó Joe Bell.
Holly alzó su martini:
–Deseémosle suerte a Doc -dijo, haciendo chocar su copa contra la mía-.
Buena suerte, y créeme, queridísimo Doc, es mejor quedarse mirando al cielo
que vivir allí arriba. Es un sitio tremendamente vacío. No es más que el país
por donde corre el trueno y todo desaparece.
QUINTA BODA DE TRAWLER. Vi el titular cuando iba en metro por
Brooklyn. El periódico que lo desplegaba en bandera era de otro pasajero. El
único fragmento del texto que yo alcanzaba a leer decía:
Rutherfurd «Rusty» Trawler, el playboy millonario que ha sido acusado
frecuentemente de simpatizar con los nazis, se fugó ayer a Greenwich para
casarse con una guapa…
No sentía deseos de leer nada más. Así que Holly se había casado con él,
vaya, vaya. Sentí deseos de que me arrollara un tren. Pero ya había deseado
eso mismo antes de haber avistado el titular. Por un puñado de razones. No
había vuelto a ver a Holly, a hablar con ella, desde nuestro ebrio domingo en
el bar de Joe Bell. Las semanas transcurridas desde entonces me habían
provocado mi propia malea. En primer lugar, me habían despedido de mi
empleo: merecidamente, y por un divertido ejemplo de mala conducta, tan
complicado que no puedo referirlo aquí. Además, el centro de reclutamiento
que me correspondía estaba demostrando un fastidioso interés por mi persona;
y, tras haberme librado tan recientemente de la estricta normatividad de una
ciudad pequeña, la idea de someterme a otra forma de vida disciplinada me
desesperaba. Entre la incertidumbre respecto a mi presunta movilización, y mi
carencia de experiencias laborales concretas, no parecía haber modo de
encontrar otro trabajo. Eso era lo que estaba haciendo en aquel metro de
Brooklyn: regresar de una decepcionante entrevista con el director de un
periódico ya fallecido, el PM. Todo esto, combinado con el agobiante calor de
la ciudad en verano, me había dejado reducido a un estado de inercia nerviosa.
De modo que cuando deseaba que me arrollase un tren lo hacía bastante en
serio. El titular hizo que ese deseo se reafirmara. Si Holly era capaz de casarse
con aquel «absurdo feto», me daba igual que me atropellase todo el ejército de
injusticias que andaba rampante por el mundo. A no ser, y la pregunta era
evidente, que mi escandalizado enfurecimiento fuese en parte consecuencia de
que también yo estaba enamorado de Holly. En parte. Porque sí lo estaba. De
la misma manera que años atrás me había enamorado de la vieja cocinera
negra de mi madre, y de un cartero que me permitía acompañarle en su ronda,
y de toda una familia, los McKendrick. También esa clase de amor genera
celos.
Cuando llegué a mi parada compré el periódico; y, al leer el final de
aquella frase, descubrí que la novia de Rusty era una guapa modelo de las
colinas de Arkansas, Miss Margaret Thatcher Fitzhue Wildwood. ¡Mag! Tenía
las piernas tan flojas de alivio que tuve que tomar un taxi para que me llevase
el trecho que quedaba hasta mi casa.
Madame Sapphia Spanella me recibió en el portal, con mi- rada demente y
retorciéndose las manos.
–Corra -dijo-. Vaya por la policía, ¡Esa chica está matando a alguien!
¡Alguien está matándola a ella!
Sonaba verídico. Como si varios tigres anduvieran sueltos por el
apartamento de Holly. Un jaleo de cristales rotos, rasgaduras y caídas y
muebles volcados. Pero la ausencia de gritos en medio de todo aquel ruido le
daban al estruendo un aspecto antinatural.
–¡Corra! -chilló Madame Spanella, empujándome-, ¡Dígale a la policía que
ha habido un asesinato!
Corrí; pero hacia arriba, en dirección a la puerta de Holly. Aporreándola,
logré un resultado: el estruendo amenguó su intensidad. Paró del todo. Pero
nadie respondió a mis súplicas pidiendo que me dejara entrar, y mis esfuerzos
por derribar la puerta sólo culminaron en un buen cardenal en mi hombro.
Luego oí a Madame Spanella que, abajo, le ordenaba a otro recién llegado que
fuera por la policía.
–Cállese -le dijeron-. Y apártese de mi camino.
Era José Ybarra-Jaegar, cuyo aspecto no era en absoluto el del elegante
diplomático brasileño, sino el de una persona sudorosa y asustada. A mí
también me ordenó que le dejara el paso libre. Y, con su propia llave, abrió la
puerta.
–Por aquí, doctor Goldman -dijo, cediendo el paso al hombre que le
acompañaba.
Como nadie me lo impidió, les seguí al interior del apartamento, que
estaba terriblemente destrozado. Por fin había sido desmantelado, literalmente,
el árbol navideño: sus secas ramas pardas estaban esparcidas por entre una
confusión de libros con las páginas arrancadas, lámparas rotas, y discos de
gramófono. Hasta la nevera había sido vaciada, y su contenido desperdigado
por toda la habitación: por las paredes resbalaban huevos crudos, y, en medio
de los escombros, el gato sin nombre de Holly lameteaba tranquilamente un
charco de leche.
En el dormitorio sentí deseos de vomitar tan pronto como percibí el olor de
los rotos frascos de perfume. Pisé las gafas oscuras de Holly; estaban en el
suelo, con los cristales ya rotos y la montura partida por la mitad.
Quizá era ésta la razón por la cual Holly, aquella figura rígida de la cama,
miraba tan cegatamente a José, y no parecía haber visto al médico que,
mientras le tomaba el pulso, canturreaba:
–Jovencita, está usted muy cansada. Mucho. Ahora querrá dormir, ¿verdad
que sí? Ande, duérmase.
Holly se frotó la frente, y se dejó una mancha de sangre porque se había
cortado un dedo.
–Dormir -dijo, y sollozó como un crío exhausto, inquieto-. Sólo él me
dejaba dormir. Y abrazarle las noches frías. Vi una finca en México. Con
caballos. Junto al mar.
José desvió la mirada, la visión de la aguja hipodérmica le mareaba.
–¿Su enfermedad sólo es pesar? – preguntó, y su defectuoso conocimiento
del idioma dio un matiz de involuntaria ironía a la pregunta-. ¿Sólo es pena?
–¿Verdad que no le ha dolido? ¿Verdad que no? – preguntó el médico,
frotando el brazo de Holly con un poco de algodón.
Holly despertó lo suficiente como para enfocar la imagen del médico.
–Todo duele. ¿Dónde están mis gafas? Pero no las necesitaba. Estaban
cerrándosele los ojos por su propia cuenta.
–¿Sólo es pena? – insistió José. – por favor -el médico le trató secamente-,
déjeme solo con la paciente.
José se retiró a la otra habitación, en donde dio rienda suelta a su enfado
contra la presencia fisgona de Madame Spanella, que había entrado de
puntillas.
–¡No me toque, o llamaré a la policía! – gritó la mujer amenazadoramente
mientras él la expulsaba hacia la puerta con maldiciones en portugués.
También consideró la posibilidad de expulsarme a mí; o eso deduje de su
expresión. Pero me invitó a una copa. La única botella entera que logramos
encontrar era de vermut seco.
–Tengo una preocupación -dijo-. Tengo la preocupación de que esto cause
escándalo. Que lo haya roto todo. Que haya hecho locuras. No debo tener
escándalos públicos. Es muy delicado: mi nombre, mi trabajo.
Pareció reanimarse cuando supo que yo no veía motivo alguno de
«escándalo»; destruir las propias pertenencias era, presumiblemente, un asunto
particular de cada uno.
–Es sólo cuestión de pesar -declaró firmemente-. Cuando vino la tristeza,
primero tira la copa que bebe. La botella. Los libros. Una lámpara. Entonces
me asusto. Corro por un médico.
–Pero ¿por qué? – quise saber-. ¿Por qué ha tenido que darle este ataque
por Rusty? En su lugar, yo lo hubiera celebrado.
–¿Rusty?
Yo llevaba todavía el periódico. Le enseñé el titular.
–Ah, eso. – Soltó una sonrisa desdeñosa-. Rusty y Magnos han hecho un
gran favor. Nos hace reír mucho: que ellos crean romper nuestros corazones
cuando lo que nosotros queremos es que se vayan. Se lo aseguro, cuando llegó
la pena estábamos riendo. – Sus ojos recorrieron el estropicio esparcido por el
suelo; recogió un papel amarillo arrugado-. Esto -dijo.
Era un telegrama de Tulip, estado de Texas: Recibida noticia joven Fred
muerto en combate ultramar stop tu marido e hijos compartimos dolor mutua
pérdida stop sigue carta te quiero Doc.
Holly no habló nunca más de su hermano, con una sola excepción. Es más,
dejó de llamarme Fred. Durante junio, julio y los demás meses cálidos estuvo
hibernando como un animal que no se hubiese enterado de que la primavera
había llegado y hasta terminado. Se le oscureció el cabello, engordó. Comenzó
a vestir desaliñadamente: bajaba a la charcutería con el impermeable puesto
directamente encima de la piel. José se mudó a su apartamento, y su nombre
reemplazó al de Mag Wildwood en la tarjeta del buzón. De todos modos,
Holly se pasaba sola muchas horas, porque José se quedaba en Washington
tres días a la semana. Durante sus ausencias Holly no recibía visitas y apenas
salía del apartamento como no fuera los jueves, para su viaje semanal a
Ossining.
Lo cual no quiere decir que la vida hubiese dejado de interesarle; todo lo
contrario, parecía más contenta, muchísimo más alegre que desde que yo la
conocía. Aquel entusiasmo hogareño tan intenso e impropio de ella que de
repente la embargó produjo como resultado una serie de compras también
impropias de ella: en una subasta celebrada en Parke-Bernet adquirió un tapiz
que representaba a un ciervo acorralado, y, de entre las antiguas propiedades
de William Randolph Hearst, una sombría pareja de incómodos sillones
góticos; se compró la Modern Library entera, numerosos discos con los que
llenó varios anaqueles, innumerables reproducciones del Metropolitan
Museum (entre ellas, una escultura china que representaba un gato, y que su
propio gato detestaba y trataba de acobardar con bufidos, para finalmente
destruirla), una batidora, una olla a presión, y toda una biblioteca de libros de
cocina. Hizo de ama de casa durante tardes enteras que dedicó a ordenar de
forma en absoluto sistemática la sauna que era su cocina:
–Dice José que cocino mejor que el Colony. La verdad, ¿cómo hubiese
nadie podido adivinar que yo poseía ese talento natural? Hace un mes ni
siquiera era capaz de hacer unos huevos revueltos.
Y, si vamos a eso, seguía siendo incapaz de hacerlos. Los platos más
sencillos, un bisté, una ensalada como Dios manda, estaban fuera de su
alcance. En lugar de eso solía servirle a José, y también a mí algunas veces,
sopas outré (tortuga negra al brandy servida en cortezas de aguacate), fantasías
neronianas (faisán asado, relleno de granada y placaminero), y otras equívocas
innovaciones (pollo y arroz al azafrán servidos con salsa de chocolate: «Es un
clásico caribeño, cariño»). El racionamiento bélico del azúcar y la crema de
leche suponían un estorbo para su imaginación a la hora de preparar postres;
no obstante, una vez consiguió hacer una cosa llamada tapioca de tabaco;
mejor será no describirlo.
Ni describir tampoco sus intentos de aprender portugués, una ordalía tan
tediosa para ella como para mí, ya que siempre que iba a verla tenía girando en
el gramófono uno de los discos de la Linguaphone. En esa época, además, no
empleaba casi ninguna frase que no empezara por «Cuando ya estemos
casados…, o bien «Cuando vivamos en Río… Y eso a pesar de que José no
había hablado nunca de matrimonio. Cosa que ella reconocía.
Pero, al fin y al cabo, él sabe que estoy embarazada. Sí, guapo, lo estoy.
Seis semanas. No entiendo por qué tiene que sorprenderte una cosa así A mí
no me ha sorprendido. Ni un peu. Estoy encantada. Quiero tener nueve, como
mínimo. Estoy segura de que habrá unos cuantos que saldrán bastante
morenos, José tiene algo de le nègre, ya lo habrás adivinado, ¿no? Pero a mí
me está bien: ¿puede haber algo más bonito que Un recién nacido mulato y
con unos preciosos ojos verdes? Me hubiera gustado, por favor, no te rías, me
hubiera gustado haber sido virgen cuando él me conoció, haber sido virgen
para él. No es que me haya liado con auténticas multitudes, como dicen
algunos: y no culpo a esos bastardos por decirlo, siempre he vivido en plan
loco. Aunque, la verdad, la otra noche eché cuentas y sólo he tenido once
amantes, sin contar lo que pudiera haber ocurrido antes de cumplir los trece
años porque, al fin y al cabo, eso no cuenta. Once. ¿Basta eso para
convertirme en una puta? Fíjate en Mag Wildwood. O en Honey Tucker. O en
Rose Ellen Ward. Han tenido gonorrea tantas veces que ya han perdido la
cuenta. Desde luego, no tengo nada contra las putas. Menos una sola cosa: las
hay que no tienen mala lengua, pero no hay ninguna que tenga buen corazón.
Quiero decir que no puedes follarte a un tío y cobrar sus cheques sin al menos
intentar convencerte a ti misma de que le quieres. Yo lo he intentado siempre.
Incluso con Benny Shacklett y toda esa pandilla de roedores. Logré
hipnotizarme a mí misma hasta convencerme de que aun siendo absolutamente
ratoniles, no carecían de cierto encanto. En realidad, aparte de Doc,
suponiendo que quieras contar a Doc, José es mi primer amor no ratonil. Oh,
no vayas a creer que es mi tipo ideal. Dice mentirijillas y siempre anda
preocupado por lo que pueda pensar la gente, y se baña unas cincuenta veces
al día: los hombres deberían oler, un poco. Es demasiado mojigato, demasiado
prudente para ser mi hombre ideal; siempre se vuelve de espaldas para
desnudarse, y hace demasiado ruido al comer y no me gusta verle correr
porque corre de una forma un tanto ridícula. Si tuviese la libertad de elegir una
persona de entre todas las que hay en el mundo, chasquear los dedos y decir
eh, tú, ven para acá, no elegiría a José. Nehru se aproxima bastante más a lo
que yo pido. O Wendell Wilkie.
Me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que
poder casamos con hombres o mujeres o… Mira, si me dijeras que pensabas
liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en
serio. Habría que permitir toda clase de amor. Soy absolutamente partidaria de
eso. Sobre todo ahora que ya me he hecho una idea bastante aproximada de lo
que es. Porque sí, quiero a José; dejaría de fumar si me lo pidiese. Se porta
como un amigo, es capaz de provocarme la risa hasta incluso cuando tengo la
malea, aunque ahora ya no me viene casi nunca, sólo a veces, e incluso esas
veces no es tan espantosa como para que me dé por tragarme frascos de
Seconal o por ir a Tiffany's: llevo un traje a la tintorería, o preparo unas setas
rellenas, y ya me siento bien, en forma. Otra cosa, he tirado todos los
horóscopos. Debo de haberme gastado un dólar por cada una de las malditas
estrellas que hay en el maldito planetario. Es un fastidio, pero la solución
consiste en saber que sólo nos ocurren cosas buenas si somos buenos.
¿Buenos? Mas bien quería decir honestos. No me refiero a la honestidad en
cuanto a las leyes (podría robar una tumba, hasta le arrancaría los ojos a un
muerto si creyese que así me alegraría un día), sino a ser honesto con uno
mismo. Me da igual ser cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa en
cuestión de sentimientos, o puta: prefiero tener el cáncer que un corazón
deshonesto. Y esto no significa que sea una beata. Soy simple- mente una
persona práctica. De cáncer se muere a veces; de lo otro, siempre. Oh, a la
mierda con este asunto. Anda, pásame la guitarra, voy a cantarte un fado en un
portugués perfecto.
Aquellas últimas semanas, las del final del verano y el comienzo de otro
otoño, aparecen borrosas en mi memoria, quizá debido a que nuestra
comprensión mutua llegó a esos maravillosos extremos en los que llegas a
comunicarte más a menudo por medio del silencio que con palabras: cierta
afectuosa calma reemplaza las tensiones; el parloteo nervioso y la persecución
mutua que suelen producir los momentos más espectaculares, más
superficialmente aparentes de una amistad. Con frecuencia, cuando él no
estaba en Nueva York (acabé sintiendo hostilidad contra él, y raras veces
pronunciaba su nombre), nos pasábamos juntos veladas enteras durante las
cuales apenas si decíamos entre los dos más de cien palabras; en una ocasión
bajamos hasta Chinatown, tomamos una cena a base de chowmein,
compramos farolillos de papel y robamos una caja de incienso, y luego
cruzamos lentamente el Puente de Brooklyn, y desde el puente, mientras
veíamos a los buques que salían hacia alta mar deslizarse por entre acantilados
de incendiados rascacielos, ella me dijo:
–Dentro de unos cuantos años, de muchísimos años, uno de esos barcos me
traerá de regreso con mis mocosos brasileños. Porque, sí, tienen que ver esto,
estas luces, el río… Adoro Nueva York, aunque esta ciudad no sea tan mía
como pueden llegar a serlo algunas cosas, un árbol o una calle o una casa,
algo, en fin, que sea mío porque yo le pertenezco.
Y yo le dije: «Cierra el pico», porque me sentía enfurecedoramente
excluido, apenas un remolcador en el muelle seco mientras ella, deslumbrante
viajera de seguro destino, salía del puerto entre estruendosas sirenas y flotante
confeti.
De modo que los días, esos últimos, revolotean en mi memoria neblinosa,
otoñales, tan iguales los unos a los otros como hojas: hasta que llegó un día
completamente distinto de todos los que he vivido.
Fue por azar el treinta de septiembre, el día de mi cumpleaños, hecho que
no tuvo efecto alguno en los acontecimientos, aparte de que, como yo estaba
esperando la visita de alguna forma de recordatorio pecuniario por parte de mi
familia, me encontraba aguardando con impaciencia la llegada del cartero de
las mañanas. De hecho, bajé a esperarle en la calle. Si no me hubiese
encontrado haraganeando por allí, Holly no me habría pedido que fuese con
ella a montar a caballo; y, en consecuencia, no le hubiese dado aquella
oportunidad de salvarme la vida.
–Anda -me dijo cuando me encontró esperando al cartero-. Ven conmigo al
parque, alquilaremos un par de caballos. – Se había puesto un chaquetón,
tejanos y zapatillas de tenis; se dio una palmada en el estómago, para subrayar
lo plano que lo tenía-. No creas que voy a perder al heredero. Pero es que hay
una yegua, mi queridísima Mabel Minerva… No puedo irme sin haberme
despedido de Mabel Minerva.
–¿Despedido?
–El sábado de la semana próxima. José ya ha comprado los billetes. –
Completamente en trance, dejé que me arrastrara hasta la acera-. Haremos
transbordo de avión en Miami. Luego sobrevolaremos el mar. Y los Andes.
¡Taxi!
Sobrevolar los Andes. Mientras el taxi nos llevaba hacia Central Park tuve
la sensación de estar también yo volando, flotando desoladamente sobre picos
nevados, territorios peligrosos.
–Pero no deberías irte. Al fin y al cabo, para qué. Y bien, para qué. Mira,
no puedes largarte y abandonar a todo el mundo.
–No creo que nadie me eche de menos. No tengo amigos.
–Yo sí. Te echaré de menos. Y también Joe Bell. Y, oh, habrá millones de
personas que te echen de menos. Por ejemplo, Sally. El pobre Mr. Tomato.
–Cómo me gustaba el viejo Sally -dijo, y suspiró-. ¿Sabes que hace todo un
mes que no voy a verle? Cuando le dije que iba a irme se portó como un ángel.
De hecho -dijo, frunciendo el ceño-, pareció encantado de que me fuera al
extranjero. Dijo que mejor que mejor. Porque tarde o temprano habría líos. En
cuanto descubriesen que yo no era su sobrina. Ese abogado gordo,
O'Shaughnessy, me mandó quinientos dólares. Por si acaso. Es el regalo de
bodas de Sally.
Sentí deseos de mostrarme antipático:
–También tendrás un regalo mío. Cuando se celebre la boda, suponiendo
que os caséis.
Ella se rio.
–Pues claro que se casará conmigo. Por la Iglesia. Y con toda su familia
presente. Por eso esperamos a llegar a Río para la boda.
–¿Sabe él que ya estás casada?
–¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quieres echarme el día a perder? Es un día
precioso, no lo estropees.
–Pero sería perfectamente posible…
–No lo es. Ya te lo he dicho. Aquello no fue legal. Es imposible que lo
fuera. – Se frotó la nariz, y me miró de soslayo-. Como se lo cuentes a alguien
te colgaré de los pies, te aliñaré y te asaré como un cerdo.
Las cuadras -creo que ahora hay allí unos estudios de televisión- estaban
en la calle Sesenta y seis oeste. Holly eligió para mí una vieja yegua blanca y
negra de balanceante espinazo.
–No te preocupes, es más segura que la cuna de un bebé.
Lo cual, en mi caso, era una garantía imprescindible, pues mi experiencia
ecuestre no pasaba de los paseos de diez centavos en pony durante las fiestas
de mi infancia. Holly me ayudó a encaramarme sobre la silla, montó luego en
su propio caballo, un animal plateado que se adelantó al mío en cuanto
sorteamos el tráfico de Central Park West y entramos en el camino especial
para jinetes, moteado por las hojas que la brisa hacía bailar en el aire.
–¿Lo ves? – gritó ella-, ¡Es fantástico!
Y de repente lo fue. De repente, mientras miraba el centelleo del multicolor
cabello de Holly a la luz amarillo rojiza que filtraban las hojas, la amé tanto
como para olvidarme de mí mismo, de mis autocompasivas desesperaciones, y
contentarme pensando que iba a ocurrir una cosa que a ella la hacía feliz. Los
caballos adoptaron un trote suave, comenzaron a salpicamos, a fustigamos el
rostro olas de viento, fuimos sucesivamente zambulléndonos en charcos de sol
y de sombra, y cierto júbilo, cierta alegría de vivir intensísima se puso a
brincar en mi interior como si me hubiese tomado una copita de nitrógeno.
Esto duró un minuto; el siguiente dio paso a la farsa, macabramente
disfrazada.
Porque de súbito, como si se tratara de una emboscada de salvajes en la
selva, una pandilla de muchachos negros surgió de entre los matorrales y se
plantó en mitad del camino. Los chicos, soltando abucheos, maldiciones, se
pusieron a tirarles piedras a los caballos y a fustigar con palos sus grupas.
El mío, la yegua blanca y negra, se levantó sobre sus patas traseras,
gimoteó, se balanceó como un funámbulo en la cuerda, y luego salió disparado
como un rayo por el camino, dando tumbos que hicieron que se me salieran
los pies de los estribos, y dejándome así muy mal sujeto a él. Sus cascos
arrancaban chispas de la gravilla. Se inclinó el cielo. Los árboles, un estanque
con veleros de juguete, las estatuas, iban pasando como una exhalación. Las
niñeras corrían a rescatar a los críos para salvarles de nuestra terrible carrera;
los hombres, los vagabundos, y otras personas me gritaban: «¡Tire de las
riendas!» y «¡So, caballo, so!» y «¡Salte!». Sólo más tarde llegué a recordar
esas voces; en aquel momento sólo tenía conciencia de Holly, de su veloz
galopar de cowboy en pos de mí, sin jamás llegar a alcanzarme, repitiéndome
gritos de ánimo a cada momento. Sin parar: cruzamos el parque y salimos a la
Quinta Avenida: desbocada, la yegua se metió en medio del tránsito de
mediodía, por entre taxis y autobuses que giraban brusca, chirriantemente,
para esquivarme. Pasé delante de la mansión Duke, el museo Frick, el Pierre y
el Plaza. Pero Holly fue ganando terreno; es más, un policía a caballo también
andaba persiguiéndome: flanqueando, uno a cada lado, a mi desbocada yegua,
sus caballos llevaron a cabo un movimiento de pinza que la obligó, envuelta
en vapor, a detenerse. Fue entonces cuando, por fin, me caí de la silla. Me caí,
me levanté y me quedé allí plantado, sin saber muy bien en dónde estaba. Se
formó un gran corro. El policía resopló y tomó unos datos; luego se mostró
más amable, sonrió, y dijo que ya se encargaría él de que nuestros caballos
fuesen devueltos a su cuadra.
Holly paró un taxi.
–¿Cómo te encuentras? – Bien.
–Pero si no tienes pulso -dijo, palpándome la muñeca.
–Entonces, será que me he muerto.
–No seas idiota. Esto es grave. Mírame.
El problema era que no podía verla; veía, más bien, varias Hollys, un trío
de rostros sudorosos y tan empalidecidos de preocupación que me sentí a la
vez conmovido y azorado.
–De verdad. No me pasa nada. Sólo que me da vergüenza.
–¿Estás seguro? Por favor, dime la verdad. Podrías haberte matado.
–Pero no ha sido así. Y gracias. Por salvarme la vida. Eres maravillosa.
Unica. Te amo.
–Maldito imbécil.
Me besó en la mejilla. Luego vi cuatro Hollys, y caí desmayado.
Aquella tarde salieron fotos de Holly en la primera plana de la última
edición del Journal-American y en las primeras ediciones del Daily News y
del Daily Mirror. Tanta publicidad carecía por completo de relación con
caballos desbocados. Tenía que ver con un asunto muy diferente, tal como
revelaban los titulares: PLAYGIRL DETENIDA EN UN ESCANDALO POR
NARCOTRAFICO (Journal-American), ACTRIZ DETENIDA POR
CONTRABANDO DE DROGAS (Daily News), DESARTICULADA UNA
RED DE TRAFICANTES. LA POLICIA INTERROGA A UNA JOVEN DEL
GRAN MUNDO (Daily Mirror).
El News era el que publicaba la foto más impresionante: Holly, entre dos
musculosos policías, un hombre y una mujer, en el momento de entrar en la
comisaría. En aquel ambiente tan vil, incluso su forma de vestir (seguía
llevando la ropa de montar a caballo, el chaquetón y los tejanos) hacía pensar
que se trataba de la fulana de algún gángster: y las gafas oscuras, el pelo
revuelto, y el pitillo de marca Picayune que colgaba de sus malhumorados
labios no contribuían precisamente a borrar aquella impresión. El pie de foto
decía:
Holly Goligbtly, de veinte años, guapa starlet y conocida personalidad del
mundillo elegante, ha sido acusada por el fiscal del distrito de ser una de las
figuras clave de una banda dedicada al contrabando internacional de drogas
cuyo jefe parece ser el gángster Salvatore «Sally» Tomato. Los inspectores
Patrick Connor (izq.) y Sheilah Fezzonetti (der.) aparecen en la imagen
conduciéndola a la comisaría de la calle Sesenta y siete. Más información en la
pág. 3.
La información, acompañada por la foto de un hombre identificado como
Oliver «Father» O'Shaughnessy (que ocultaba el rostro bajo un sombrero
flexible), ocupaba tres columnas. Parcialmente condensados, éstos son los
párrafos pertinentes:
Los miembros de la sociedad elegante se quedaron hoy pasmados ante la
detención de la deslumbrante Holly Golightly, una starlet de Hollywood que
cuenta veinte años de edad y que es una de las más conocidas figuras del gran
mundo neoyorquino. A la misma hora, las dos de la tarde, la policía sorprendió
a Oliver O'Shaughnessy, de cincuenta y dos años, alojado en el Hotel Seabord
de la calle Cuarenta y nueve oeste, cuando salía del Hamburg Heaven de
Madison Avenue. Según el fiscal del distrito, Frank L. Donovan, ambos son
figuras destacadas de una red internacional de traficantes cuyo jefe es
Salvatore «Sally» Tomato, el famoso führer de la mafia, que actualmente
cumple en Sing una condena de cinco años por un delito de soborno político…
O'Shaughnessy, un sacerdote que colgó la sotana y que en los círculos de la
delincuencia es conocido por los motes de «Father» y «El Padre», tiene un
historial de detenciones que se remonta a 1934, fecha en la que cumplió dos
años de cárcel en su condición de director de un falso manicomio, El
Monasterio, instalado en Rhode Island. Miss Golightly, que no tiene
antecedentes penales, fue detenida en su magnífico apartamento, situado en un
barrio de lujo del East Side… Aunque la oficina del fiscal del distrito no ha
emitido aún ningún comunicado oficial, fuentes bien informadas aseguran que
la bella actriz rubia, hasta hace poco compañera permanente del
multimillonario Ruthetfurd Trawler, había sido el «enlace» entre Tomato y su
principal lugarteniente, O'Shaughnessy… Fingiendo ser pariente de Tomato,
Miss Golightly visitaba semanalmente, según esas fuentes, la cárcel de Sing
Sing, desde donde Tomato le facilitaba mensajes en clave que ella transmitía
luego a O'Shaughnessy. Gracias a este correo, Tomato, de quien se dice que
nació en Cefalú, Sicilia, en 1874, pudo controlar personalmente una mafia
mundial dedicada al contrabando de narcóticos, con agentes esparcidos por
México, Cuba, Sicilia, Tánger, Teherán y Dakar. Pero la oficina del fiscal del
distrito se ha negado no sólo a ampliar detalles sobre estas acusaciones sino
también a confirmarlas.,. Avisados con antelación, un gran número de
periodistas se encontraban en la comisaría de la calle Sesenta y siete este
cuando los dos acusados han llegado allí para prestar declaración.
O'Shaughnessy, un fornido pelirrojo, se ha negado a hablar con la prensa y le
ha propinado una patada en los riñones a uno de los fotógrafos. En cambio,
Miss Golightly, frágil y despampanante, aunque vestida como un muchacho,
con vaqueros y chaquetón de cuero, no parecía en absoluto preocupada. "A mí
no me pregunten de qué diablos va todo esto" les dijo a los periodistas. "Parce
que je ne sais pas, mes chers" (Porque yo no lo sé, amigos), añadió. «Es cierto,
he visitado a Sally Tomato. Iba a verle cada semana. ¿Acaso tiene eso algo de
malo? Sally cree en Dios, y yo también.»
Más adelante, bajo un ladillo que decía ADMITE SER DROGADICTA:
Miss Golightly sondó cuando uno de los periodistas le preguntó si ella
tomaba drogas. «He probado alguna vez la marihuana. No es ni la mitad de
perjudicial que el brandy. Y sale más barata. Por desgracia, yo prefiero el
brandy. No, Mr. Tomato no me ha hablado nunca de drogas. Me enfurece que
ande persiguiéndole todo ese atajo de desdichados. Es una persona sensible,
religiosa. Un anciano encantador.»
Hay un error especialmente grave en esta información: no la detuvieron en
su «magnífico apartamento». Fue en mi cuarto de baño. Yo estaba tratando de
aliviar mis dolores de jinete en una bañera llena de agua hirviendo con sales de
Epsom; Holly, como una buena enfermera, permanecía sentada en el borde de
la bañera, dispuesta a frotarme con linimento Sloan y meterme en la cama.
Llamaron a la puerta. Como no estaba cerrada, Holly gritó «Pase». Y entró
Madame Sapphia Spanella, seguida por un par de inspectores vestidos de
paisano, uno de los cuales era una mujer que llevaba un par de gruesas trenzas
rubias sujetas en lo alto de la cabeza.
–Ahí está. ¡Ella es la de la orden de busca y captura! – dijo con voz
atronadora Madame Spanella, invadiendo el baño y alzando un dedo acusador
primero contra Holly y luego contra mi propia desnudez-. Ya lo ven. La muy
puta.
El policía pareció azorarse, por culpa de Madame Spanella y de la
situación; pero un austero goce puso en tensión el rostro de su colega, que dejó
caer la mano sobre el hombro de Holly y, con una voz sorprendentemente
aniñada, dijo:
–Ven, chica. Tú y yo nos vamos de paseo.
A lo cual Holly le contestó, con la mayor frialdad:
–Ya puedes sacarme de encima esas manos de palurda, bollera repugnante,
marimacho ridículo.
Esto contribuyó a que la mujer se enfureciese todavía más: le dio a Holly
una tremenda bofetada. Tan tremenda que le hizo volver la cara hacia el otro
lado, y la botella de linimento, que salió despedida, se hizo añicos contra el
suelo, que fue donde yo, que había salido corriendo de la bañera dispuesto a
echar mi cuarto a espadas en la reyerta, la pisé, y a punto estuve de rebanarme
los dos pulgares. Desnudo, y dejando un rastro de huellas ensangrentadas,
seguí el desarrollo de los acontecimientos hasta el mismo portal de la calle.
–Y no te olvides -se las arregló Holly para pedirme mientras los
inspectores la empujaban escaleras abajo- de darle de comer al gato, por favor.
Creí, naturalmente, que Madame Spanella tenía toda la culpa: no era la
primera vez que reclamaba la presencia de las autoridades para quejarse de
Holly. No se me ocurrió que el asunto pudiera tener dimensiones mucho más
calamitosas hasta que, por la tarde, apareció Joe Bell blandiendo los
periódicos. Estaba demasiado nervioso para hablar con sensatez; mientras yo
leía las informaciones, estuvo armando jaleo en mi habitación, golpeándose un
puño contra el otro.
Hasta que por fin dijo:
–¿Crees que es verdad? ¿Es posible que estuviera mezclada en un asunto
tan repugnante?
–Pues sí.
Se metió una pastilla digestiva en la boca y, lanzándome una mirada
llameante, se puso a masticarla como si estuviera triturando mis huesos.
–¿No te da vergüenza? Y decías que eras amigo suyo. ¡Hijo de puta!
–Eh, espera un momento. No he dicho que estuviera mezclada en eso a
sabiendas. Ella no lo sabía. Pero es cierto que lo hacía. Transmitía mensajes y
qué se yo qué más…
–Así que te lo tomas con toda la calma del mundo, ¿eh? – dijo él-. Joder,
pero si podrían caerle diez años. O más. – Me arrancó los periódicos de las
manos-. Tú conoces a sus amigos. Los ricachones ésos. Baja conmigo al bar.
Empezaremos a telefonear. Nuestra amiga necesitará uno de esos abogados
tramposos de postín, y no creo que a mí me alcance para pagarle.
Me encontraba tan dolorido y tembloroso que no hubiera sido capaz de
vestirme solo; tuvo que ayudarme Joe Bell. Una vez en su bar, me empujó
hasta el teléfono, provisto de un martini triple y una copa de brandy repleta de
monedas. Pero no se me ocurría a quién recurrir. José estaba en Washington, y
yo no tenía ni la más remota idea de dónde localizarle allí. ¿Y Rusty Trawler?
¡Ni pensarlo, era un cabrón! Pero ¿qué otros amigos de Holly conocía? Quizá
ella había tenido razón al decir que no tenía ninguno, ningún amigo de verdad.
Puse una conferencia con Crestview 5-6958, de Beverly Hills, el número
en el que me había dicho que podría localizar a O. J. Berman. La persona que
contestó dijo que a Mr. Berman le estaban dando un masaje y que no se le
podía molestar, que lo sentía y que probara más tarde. Joe Bell se puso hecho
una furia, me dijo que tendría que haber dicho que era un asunto de vida o
muerte; y se empeñó en que llamara a Rusty. Hablé primero con el
mayordomo de Mr. Trawler: Mr. y Mrs. Trawler, me comunicó, estaban
cenando, ¿quería que les transmitiera algún recado? Joe Bell gritó en el
auricular:
–Esto es urgente, jefe. De vida o muerte.
El resultado fue que me encontré hablando con, o, mejor dicho,
escuchando a, la chica que de soltera se había llamado Mag Wildwood:
–¿Estás chiflado? – me preguntó-. Mi marido y yo demandaremos, y te lo
digo en serio, a cualquiera que trate de relacionar nuestros nombres con esa asasquerosa,
con esa de- degenerada. Siempre supe que era una drodrogota con
menos sentido ético que una perra en celo. Debería estar en la cárcel. Y mi
esposo está completamente de acuerdo conmigo. Demandaremos, te lo
aseguro, a cualquiera que…
Mientras colgaba, me acordé de Doc, allá en Tulip, estado de Texas. Pero
no, a Holly no le gustaría que le llamase, me mataría.
Volví a marcar el número de California; las líneas estaban ocupadas,
siguieron estándolo, y para cuando O. J. Berman se puso al teléfono, me había
tomado tantos martinis que tuvo que preguntarme por qué le llamaba:
–Es por lo de la niña, ¿no? Ya me he enterado. Ya he hablado con Iggy
Fitelstein. Iggy es el mejor picapleitos de Nueva York. Le he dicho que cuide
de ella, que me mande la minuta, pero que no mencione mi nombre, entiendes.
Bueno, estoy un poco en deuda con la niña. Aunque, si vamos a eso, tampoco
es que le deba nada. Está loca. Es una farsante. Pero una farsante auténtica, ¿lo
recuerdas? En fin, sólo pedían diez mil de fianza. No te preocupes, Iggy la
sacará esta noche. No me extrañaría que ya estuviese en casa.
Pero no lo estaba; tampoco había regresado a la mañana siguiente, cuando
bajé a darle de comer al gato. Como no tenía la llave de su apartamento, bajé
por la escalera de incendios y me colé por una ventana. El gato estaba en el
dormitorio, y no se encontraba solo: había también un hombre agachado junto
a una maleta. Pensando los dos que el otro era un ladrón, cruzamos sendas
miradas inquietas en el momento en que yo entraba por la ventana. Era un
joven de rostro agradado y pelo engominado que se parecía a José; es más, la
maleta que estaba preparando contenía la ropa que José solía tener en casa de
Holly, todos aquellos zapatos y trajes que solían provocar las protestas de ella,
pues siempre tenía que estar enviándolos a arreglar y limpiar. Convencido de
que así era, le pregunté:
–¿Le ha enviado Mr. Ybarra-Jaegar?
–Soy el primo -dijo, con una sonrisa cautelosa y un acento meramente
comprensible.
–¿Dónde está José?
El repitió la pregunta, como si la estuviera traduciendo a otro idioma.
–¡Ah! ¡Dónde está ella! Ella espera -dijo y, como si con esto me hubiera
despedido, reanudó sus actividades de ayuda de cámara.
De modo que el diplomático tenía intención de esfumarse. Bueno, no me
sorprendía; ni tampoco lo lamenté en lo más mínimo. Pero qué decepción.
–Merecería que le azotaran con una fusta.
El primo soltó una sonrisilla boba, estoy seguro de que me entendió. A
continuación cerró la maleta y se sacó una carta del bolsillo:
–Mi primo, ella me pide que deje esto para su amiga. ¿Hará usted el favor?
En el sobre había garabateado: Para Miss H. Golightly.
Me senté en la cama de Holly, abracé su gato contra mí, y sentí por ella
tanta, tantísima pena como la que ella podía estar sintiendo por sí misma.
–Sí, le haré el favor.
Y se lo hice: sin el menor deseo de hacérselo. Pero no tuve valor para
romper la carta; ni la fuerza de voluntad suficiente como para guardármela en
el bolsillo cuando Holly preguntó, en tono muy poco seguro, si, por
casualidad, me había llegado alguna noticia de José. Esto ocurrió al cabo de
dos días, por la mañana; yo estaba sentado junto a su cama en una habitación
que olía a yodo y bacinillas, una habitación de hospital. Se encontraba allí
desde la noche de su detención.
–Pues, chico -me saludó cuando me acerqué de puntillas, con un cartón de
Picayune y un ramito de violetas frescas de otoño-, me quedé sin mi heredero.
Con su pelo vainilla peinado hacia atrás y sus ojos, desprovistos por una
vez de las gafas oscuras, transparentes como agua de lluvia, parecía que no
tuviese ni doce años: no daba la sensación de que hubiese estado tan grave.
Pero era cierto:
–Señor, por poco la palmo. En serio, esa gorda casi me mata. Menudo
escándalo que armó. Me parece que no llegué a hablarte de la gorda. A1 fin y
al cabo, ni yo misma la conocí hasta después de que muriese mi hermano.
Estaba justo pensando dónde estaría Fred, qué significaba eso de que hubiese
muerto; y entonces la vi, estaba conmigo en la habitación, y tenía a Fred en
sus brazos, acunándole, la muy puta, la malea en persona meciéndose con Fred
en su regazo, y riendo como toda una banda de música, ¡Cómo se burlaba de
mí! Pero eso es lo que nos aguarda a todos, amigo mío: esa comediante que
espera para darnos la bronca. ¿Entiendes ahora por qué enloquecí y me puse a
romperlo todo?
Aparte del abogado que contrató O. J. Berman, yo era la única visita
autorizada. Holly compartía su habitación con otros pacientes, un trío de
mujeres que parecían trillizas y me examinaban con un interés que, sin ser
enemistoso, era absolutamente concentrado; estaban siempre susurrando entre
ellas en italiano.
–Creen que eres mi pervertidor. El tipo que me llevó por el mal camino -
me explicó Holly. Y cuando le sugerí que las sacara de su error, replicó-:
Imposible. No saben inglés. De todos modos, no me gustaría echarles a perder
su diversión.
Fue entonces cuando me preguntó por José.
En cuanto vio la carta se puso a bizquear, se le arquearon los labios en una
sonrisilla de entereza que la avejentó inconmensurablemente.
–¿Te importaría -me dijo- abrir ese cajón y darme mi bolso? Para leer esta
clase de cartas hay que llevar los labios pintados.
Guiándose con el espejito de la polvera, se empolvó y se pintó hasta borrar
todo vestigio de su rostro de niña de doce años. Usó un lápiz para los labios, y
otro para colorearse las mejillas. Se marcó los bordes de los ojos, sombreó de
azul sus párpados, se roció el cuello con 4711; se adornó las orejas con perlas
y se puso las gafas oscuras; provista de esta armadura, y tras un insatisfactorio
repaso al descuidado aspecto de su manicura, rasgó el sobre y leyó la carta de
un tirón. Su pétrea sonrisilla fue empequeñeciéndose y endureciéndose por
momentos. Al final me pidió un Picayune.
–Qué fuerte. Pero está divino -me dijo, después de dar una calada; y,
entregándome la carta, añadió-: Quizá te sirva, si alguna vez escribes alguna
historia de amores repugnantes. No seas avaricioso: léela en voz alta. Quiero
oírla.
Empezaba así:
«Queridísima pequeña…
Holly me interrumpió inmediatamente. Quería saber qué opinión me
merecía su letra. No me merecía ninguna; una letra apretada, muy legible, en
absoluto excéntrica.
–Es clavada a él. Abotonada hasta el cuello y restreñida -declaró Holly-.
Sigue.
«Queridísima pequeña:»
Te he amado a sabiendas de que no eres como las demás. Pero piensa en la
desesperación que habré sentido al descubrir de forma tan brutal y pública lo
diferente que eras de la clase de mujer que un hombre de mi religión y mi
carrera necesita como esposa. Lamento sincera y profundamente la desdicha
de las circunstancias en las que ahora te encuentras, y mi corazón no es capaz
de añadir mi propia condena a la condena que te rodea. Tengo que proteger mi
familia, y mi nombre, y cada vez que están en juego esas instituciones me
convierto en un cobarde. Olvídame, bella chiquilla. Ya no vivo aquí. Me he
vuelto a casa. Pero que Dios siga siempre contigo y con tu hijo. Que Dios no
se porte tan mal como José.»
–¿Y bien?
–En cierto modo parece una carta muy honesta. Y hasta conmovedora.
–¿Conmovedora? ¡Toda esa sarta de mentiras acojonadas!
–Pero al menos reconoce que es cobarde; y, desde su punto de vista,
tendrías que comprender…
Holly no quiso admitir que comprendía nada; su rostro, no obstante, a
pesar de su disfraz cosmético, lo confesaba.
–De acuerdo, tiene motivos para ser una rata. Una rata tamaño gigante, a lo
King Kong, igual que Rusty. O que Benny Schacklett. Pero, qué caray, maldita
sea -dijo, llevándose todo el puño a la boca como un crío con una rabieta-, yo
le quería. Quería a esa rata.
El trío de italianas imaginó que aquello era una crise amorosa y,
atribuyendo las quejas de Holly al motivo que según ellas la causaba, me
sacaron la lengua. Me sentí adulado: orgulloso de que alguien creyese que yo
le importaba tanto a Holly. Cuando le ofrecí otro pitillo se tranquilizó un poco.
Tragó el humo y me dijo:
–Bendito seas, chico. Y bendito seas por ser tan mal jinete. Si no hubiese
tenido que hacer de Calamity Jane, ahora estaría esperando que me trajesen la
comida en alguna residencia para madres solteras. Gracias al exceso de
ejercicio, eso se acabó. Pero he acojonado a todo el departamento de policía
porque les dije que fue por culpa de la bofetada que me pegó Miss Bollera. Sí,
señor, puedo demandarles por varios cargos, entre ellos el de detención
indebida.
Hasta ese momento habíamos evitado toda mención de sus más siniestras
tribulaciones, y esta alusión en tono humorístico me pareció descorazonadora,
patética, en la medida en que revelaba de forma definitiva su incapacidad para
hacerse cargo de la negra realidad que la aguardaba.
–Mira, Holly -dije, pensando: sé fuerte, maduro, como un tío suyo-. Mira,
Holly. No podemos hacer como si esto fuera un chiste. Hemos de idear algún
plan.
–Eres demasiado joven para adoptar esos aires de seriedad. Demasiado
bajito. Y, por cierto, y ¿a ti qué te importa lo que me pase a mí?
–Podría no importarme. Pero eres amiga mía, y estoy preocupado. Quiero
averiguar qué piensas hacer.
Ella se frotó la nariz, y concentró la mirada en el techo.
–Hoy es miércoles, ¿no? Pues supongo que dormiré hasta el sábado, pienso
concederme un buen schluffen. El sábado por la mañana pasaré un momento
por el banco. Luego iré a casa, recogeré un par de camisones y mi
Mainbocher.
Tras lo cual, pasaré por Idlewild. Como sabes, me espera allí una
magnífica reserva para un magnífico avión. Y, siendo como eres un buen
amigo, tú vendrás a despedirme. Deja de decir que no con la cabeza, por favor.
–Holly, Holly. No deberías hacer nada de eso.
–Et pourquoi pas? No voy a ir corriendo en pos de José, si es eso lo que
temes. De acuerdo con mi censo, José es un simple ciudadano del limbo. Pero
¿por qué desperdiciar un billete tan magnífico, y que ya está pagado? Además,
no he estado nunca en Brasil.
–¿Se puede saber qué clase de píldoras han estado suministrándote aquí?
¿No comprendes que estás pendiente de una grave acusación? Si te pillan
saltándote las normas de la fianza a la torera, te encerrarán y luego tirarán la
llave. Y aunque no te pillen, jamás podrás regresar a tu país.
–Bien, y qué, aguafiestas. De todas maneras, tu país es aquél en donde te
sientes a gusto. Y aún estoy buscándolo.
–No, Holly, es una estupidez. Eres inocente. Tienes que aguantar hasta que
esto acabe.
Me dijo «Ra, ra, ra», y me sopló el humo a la cara. No obstante, había
conseguido impresionarla; sus ojos estaban dilatados por visiones de desdicha,
al igual que los míos: celdas de hierro, pasillos de acero en los que iban
cerrándose sucesivas puertas.
–No te jode -dijo, y aplastó el pitillo con rabia-. Tengo bastantes
probabilidades de que no me pillen. Sobre todo si tú mantienes la bouche
fermée. Mira, guapo, no me subvalores. – Apoyó su mano en la mía y me la
apretó con repentina e inmensa sinceridad-. No tengo mucho en donde elegir.
Lo he hablado con el abogado; bueno, a él no le dije nada de lo de Río, sería
capaz de avisar él mismo a la bofia antes que perder sus honorarios, y toda la
pasta que O. J. Berman tuvo que poner para la fianza. Bendito sea O. J.; pero
una vez, en la costa del Pacífico, le ayudé con más de diez mil en una mano de
póquer: estamos empatados. No, en realidad el problema es éste: lo único que
la bofia quiere de mí es que les sirva gratis un par de presas, y que les preste
mis servicios como testigo de la acusación contra Sally. Nadie piensa
juzgarme a mí, no tienen ni la más mínima posibilidad de condenarme. Mira,
guapito, quizá esté podrida hasta el fondo mismo de mi, corazón, pero no
estoy dispuesta a dar testimonio contra un amigo. No pienso hacerlo, aunque
logren demostrar que Sally dopó a una monja. Trato a las personas como ellas
me tratan a mí, y el viejo Sally, de acuerdo, no fue del todo sincero conmigo,
digamos que se aprovechó un poco de mí, pero de todos modos sigue siendo
un buen tipo, y prefiero que esa policía gorda me secuestre antes que ayudar a
que esos leguleyos fastidien a Sally. – Alzando el espejo de la polvera frente a
su rostro, y arreglándose el carmín con un pañuelo arrugado, prosiguió-: Y,
para serte sincera, eso no es todo. Hay cierto tipo de focos que son muy
perjudiciales para la tez de una chica. Aunque el jurado me otorgara el título
del Corazón Más Generoso del Año, en este barrio no tendría futuro: me
cerrarían igualmente las puertas de todos los sitios, desde La Rue hasta el
Perona's Bar and Grill. Créeme, me recibirían tan bien como a la peste. Y si
tuvieras que vivir del tipo de talento que tengo yo, cariño, comprenderías muy
bien a qué clase de bancarrota estoy refiriéndome. En absoluto, no me hace
ninguna gracia una escena final en la que yo apareciese bailando un agarrado
en el Roseland con algún patán del West Side, mientras la elegante señora de
Trawler pasea su tartamudeo por Tiffany's. No lo soportaría. Prefiero
enfrentarme a la gorda.
Una enfermera, que se coló sigilosamente en la habitación, me dijo que la
hora de visita se había terminado. Holly comenzó a quejarse, pero no pudo
seguir porque le metieron un termómetro en la boca. Pero, cuando yo me
despedí, se lo quitó para decirme:
–Hazme un favor, anda. Llama al New York Times o adonde haya que
llamar, y consígueme una lista de los cincuenta hombres más ricos del Brasil:
da igual la raza o el color. Otro favor: busca en mi apartamento esa medalla
que me diste, y no pares hasta encontrarla. La de San Cristóbal. La necesitaré
para el viaje.
La noche del viernes el cielo estaba rojo, tronaba, y el sábado, fecha de la
partida, la ciudad entera zozobraba bajo una verdadera tempestad marina. No
hubiera sido de extrañar que apareciesen tiburones nadando por el cielo, pero
parecía improbable que ningún avión consiguiera atravesarlo.
Pero Holly, haciendo caso omiso de mi animado convencimiento de que el
vuelo no despegaría, siguió haciendo sus preparativos, aunque debo añadir que
la mayor parte de esa carga la hizo recaer sobre mis hombros. Porque había
decidido que no sería prudente de su parte acercarse siquiera al edificio de
piedra arenisca. Y tenía toda la razón: estaba vigilado, no se sabía si por
policías, reporteros u otros posibles interesados: había, simplemente, algún
hombre, a veces varios, rondando siempre por allí. De modo que Holly se fue
directamente del hospital a un banco, y luego al bar de Joe Bell.
–Cree que no la han seguido -me dijo Joe Bell cuando llegó con el recado
de que Holly quería que me reuniese allí con ella lo antes posible, al cabo de
media hora como máximo, cargado con-: Las joyas. La guitarra. Cepillo de
dientes y todo eso. Y una botella de un brandy de hace cien años, dice que la
encontrarás escondida en el fondo del cesto de la ropa sucia. Sí, ah, y el gato.
Quiere el gato. Aunque, diablos -dijo-, no estoy muy seguro de que esté bien
que la ayudemos. Habría que protegerla de sí misma. A mí me vienen ganas de
decírselo a la poli. Podría volver al bar y darle unas cuantas copas, a lo mejor
la emborracho lo suficiente como para que se quede.
A trompicones, subiendo y bajando a toda velocidad la escalera de
incendios entre su apartamento y el mío, azotado por el viento y calado hasta
los huesos (y también arañado hasta esos mismos huesos, porque al gato no le
gustó la idea de la evacuación, sobre todo con un tiempo tan inclemente) me
las arreglé para reunir con notable eficacia las pertenencias que Holly quería
llevarse. Incluso encontré la medalla de San Cristóbal. Lo amontoné todo en el
suelo de mi habitación hasta construir una conmovedora pirámide de
sujetadores y zapatillas y fruslerías, que luego metí en la única maleta que
Holly poseía. Introduje los montones de cosas que no cupieron allí en bolsas
de papel de las de la tienda de comestibles. No se me ocurría cómo llevar el
gato, hasta que decidí hundirlo en una funda de almohada.
No importa ahora el porqué, pero en una ocasión me recorrí a pie todo el
camino que va desde Nueva Orleans hasta Nancy's Landing (Mississippi), casi
ochocientos kilómetros. Pues bien, aquello fue una nadería en comparación
con el viaje hasta el bar de Joe Bell. La guitarra se llenó de lluvia, la lluvia
ablandó las bolsas de papel, las bolsas se rompieron y se derramó el perfume
por la acera y las perlas cayeron rodando en las alcantarillas, y todo eso
mientras el viento me empujaba y el gato lanzaba arañazos y maullidos; pero
lo peor de todo era que tenía muchísimo miedo: yo era tan cobarde como José;
me parecía que aquellas calles batidas por la tempestad se encontraban
infestadas de presencias invisibles que de un momento a otro me atraparían,
me encarcelarían por estar ayudando a una delincuente.
–Llegas tarde, chico -dijo la delincuente-. ¿Has traído el brandy?
Y el gato, una vez en libertad, saltó y se instaló sobre su hombro, desde
donde comenzó a balancear la cola como si se tratase de una batuta dirigiendo
alguna rapsodia. También Holly parecía habitada por cierta melodía, airoso
chumpachum-pachum de bon voyage. Abrió la botella de brandy y me dijo:
–Tenía que haber formado parte de mi ajuar de novia. Mi idea era pegarle
un trago en cada aniversario. Gracias a Dios, jamás llegué a comprarme el
baúl donde meterlo todo. Mr. Bell, tres copas.
–Sólo harán falta dos -le dijo él-. No pienso beber por el éxito de esta
locura.
Cuanto más trataba ella de camelarle («Ay, Mr. Bell. No todos los días
desaparece la dama. ¿Seguro que no quiere brindar por ella?»), de peor humor
iba poniéndose él:
–No pienso participar en nada de esto. Si piensa irse al infierno, tendrá que
hacerlo sin mi ayuda.
Una afirmación, por cierto, inexacta: pues al cabo de unos segundos de
haberla pronunciado frenó delante del bar una limousine con chófer, y Holly,
la primera que se fijó, dejó su copa en la barra y enarcó las cejas como si
creyese que iba a apearse el fiscal del distrito en persona. Lo mismo me
ocurrió a mí. Y cuando vi que Joe Bell se azoraba no tuve más remedio que
pensar, Santo Dios, de modo que sí ha llamado a la policía. Hasta que, con las
orejas al rojo, anunció:
–No os preocupéis. Sólo es uno de esos Cadillac de la Carey. Lo he
alquilado yo. Para que la lleve al aeropuerto.
Nos dio la espalda y se puso a manipular uno de sus ramos.
–Tenga la amabilidad, querido Mr. Bell -le dijo Holly-. Vuélvase a
mirarme.
Él se negó a hacerlo. Sacó las flores del jarrón y se las tiró a Holly; pero
falló el blanco, y se esparcieron por el suelo.
–Adiós -dijo Joe Bell; y, como si estuviera a punto de vomitar, se escabulló
en dirección al retrete de caballeros. Oímos correr el cerrojo.
El chófer de la Carey era un espécimen con mucho mundo que aceptó
nuestro chapucero equipaje de la forma más cortés, y que mantuvo su
expresión pétrea cuando, mientras la limousine se deslizaba hacia la parte alta
de la ciudad bajo una lluvia no tan torrencial como antes, Holly se desnudó de
la ropa de montar a caballo que aún no había tenido oportunidad de cambiarse,
y logró ponerse con no pocas contorsiones un ajustado vestido negro. No
dijimos nada: hablar nos habría conducido a discutir; y, por otro lado, Holly
parecía demasiado preocupada como para sostener una conversación. Tarareó
para sí, dio algunos tragos de brandy, estuvo acercándose una y otra vez a la
ventanilla para mirar afuera, como si buscara unas señas; o, según acabé
deduciendo, para llevarse una última impresión de unos escenarios que quería
recordar. Pero no lo hacía por ninguna de esas dos cosas. Sino por esta otra:
–Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una
calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las
guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría
los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el
viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el
cielo.
Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la
cabeza y preguntó:
–¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro
como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que
formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como
él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal
vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly
dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!
El gato se frotó contra su pierna.
–¡Te digo que te largues por ahí a tomar por…! – gritó Holly, y entró en el
coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.
Me quedé pasmado.
–La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.
Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.
–Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está.
Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada.
Nunca… -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida
hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en
rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.
Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había
nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba
meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que
cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas
mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría
de un lado para otro gritando:
–Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.
Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó
hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:
–¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.
La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia
el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por
encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere
por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se
estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer. – Joder. Éramos el
uno del otro. Era mío.
Le dije que yo volvería a buscarlo.
–Y cuidaré de él. Te lo prometo.
Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de
alegría.
–Pero ¿y yo? – dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho
miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no
saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer
gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de
escupir aunque me fuera en ello la vida. – Subió al coche, se hundió en el
asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.
DESAPARECE LA CHICA DE TOMATO. Y: SE TEME QUE LA
ACTRIZ COMPLICADA EN EL CASO DE LOS TRAFICANTES HAYA
SIDO VICTIMA DE LA MAFIA. Sin embargo, pasado algún tiempo la prensa
informó: APARECE EN RIO LA PISTA DE LA ACTRIZ DESAPARECIDA.
Las autoridades norteamericanas no hicieron, al parecer, ningún esfuerzo por
recobrarla, y el caso fue perdiendo importancia hasta quedar reducido a alguna
que otra mención en las columnas de cotilleo; como gran noticia, sólo resucitó
una vez: por Navidad, pues Sally Tomato murió de un ataque cardíaco en Sing
Sing. Transcurrieron los meses, todo un invierno, sin que me llegara ni una
sola palabra de Holly. El propietario del edificio de piedra arenisca vendió las
pertenencias que ella había abandonado: la cama de satén blanco, el tapiz, sus
preciosos sillones góticos; un nuevo arrendatario alquiló el apartamento, se
llamaba Quaintance Smith y reunía en sus fiestas un número de caballeros
ruidosos tan elevado como Holly en sus mejores tiempos, pero en este caso
Madame Spanella no puso objeciones, es más, idolatraba al jovencito, y le
proporcionaba un filet mignon cada vez que aparecía con un ojo a la funerala.
Pero en primavera llegó una postal: «Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires
es aún mejor. No es Tiffany's, pero casi. Tengo pegado a la cadera a un
«Señor» divino. ¿Amor? Creo que sí. En fin, busco algún lugar adonde irme a
vivir (el Señor tiene esposa, y siete mocosos) y te daré la dirección en cuanto
la sepa. Mille tendresses.» Pero la dirección, suponiendo que llegase a haberla,
jamás me fue remitida, lo cual me entristeció, tenía muchísimas cosas que
decirle: vendí dos cuentos, leí que los Trawler habían presentado sendas
demandas de divorcio, estaba a punto de mudarme a otro lugar porque la casa
de piedra arenisca estaba embrujada. Pero, sobre todo, quería hablarle de su
gato. Había cumplido mi promesa; le había encontrado. Me costó semanas de
rondar, a la salida del trabajo, por todas aquellas calles del Harlem latino, y
hubo muchas falsas alarmas: destellos de pelaje atigrado que, una vez
inspeccionados detenidamente, no eran suyos. Pero un día, una fría tarde
soleada de invierno, apareció. Flanqueado de macetas con flores y enmarcado
por limpios visillos de encaje, le encontré sentado en la ventana de una
habitación de aspecto caldeado: me pregunté cuál era su nombre, porque
seguro que ahora ya lo tenía, seguro que había llegado a un sitio que podía
considerar como su casa. Y, sea lo que sea, tanto si se trata de una choza
africana como de cualquier otra cosa, confío en que también Holly la haya
encontrado.
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